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—Sí. Si usted nos lo dice, ésa es la Regla.

—Pero id con astucia. No luchéis. Escapaos.

—Eso es inteligente. Está muy bien, sera.

—Y nunca, nunca, contéis nada de mí, y no importa quién os pregunte. Mentid si es necesario. Portaos bien, como niños obedientes, y después contadme lo que os hayan preguntado.

—Sí, sera. —Los dos asintieron con firmeza.

—Os voy a contar un gran secreto. Nunca le digo nada a nadie. Como en mi examen esta mañana. Podría haber contestado mejor. Pero no quiero. No dejéis que nadie más que yo averigüe lo que sabéis en realidad.

—¿Es una Regla?

—Es una Regla muy importante. Hay un chico que se llama Sam: antes yo jugaba con él. Es el que me dio el bicho. No es muy inteligente pero todo el mundo lo quiere... y me doy cuenta de que casi siempre debe de ser más fácil ser Sam. Así consigo que mucha gente se porte mejor; así hasta la gente tonta puede entender lo que necesito que entiendan si quiero Trabajarlos. Pero no deben saber que no soy así en realidad, no hay que dejar que nadie se entere. Así que no os descuidéis. Aprendí eso de Sam y del tío Denys. Él lo hace. Es muy inteligente, siempre usa palabras fáciles y cortas y sabe cómo hacer que la gente lo entienda. Ésta es una de las cosas que hay que hacer. Y no debemos dejar que ellos sepan que lo estamos haciendo a menos que eso forme parte del plan. No vamos a dejar que lo sepan. Así que esto es lo que vamos a hacer. Vamos a portarnos muy bien con Giraud. Pero no ahora mismo. Primero vamos a fastidiarlo. Después lo dejamos que grite y actuaremos como si hubiera gritado demasiado y después hacemos que haga algo por nosotros para disculparse. Después no va a sorprenderse cuando nos portemos bien porque pensará que él nos está Trabajando a nosotros. Así es como se Trabaja a un mayor.

—Es astuto —dijo Catlin y sonrió, sí, sonrió.

—Os voy a contar otro gran secreto. He estado contando los «¿Qué Es Raro?» Es Raro que la gente Desaparezca. Es Raro que mamá no me dijera que se iba y que no se despidiera. Es Raro que Nelly vaya al hospital tantas veces. Es Raro que una niña CIUD tenga dos azi y sea supervisor. Es Raro que tengan que hacerme análisis de sangre con tanta frecuencia. Es Raro que vaya a fiestas de mayores y otros niños no. Es Raro que yo sea tan inteligente. Es Raro que vosotros tengáis un trabajo cuando todavía sois unos niños. Y podría seguir contando. Creo que hay muchos. Demasiados. Quiero que penséis y me digáis lo que se os ocurra. Y decidme cómo podéis conseguir cosas sin que os atrapen.

VI

El avión aterrizó, frenó y se deslizó hacia la terminal, y Grant soltó un suspiro de alivio, un alivio intenso mientras lo observaba por las ventanas.

Todavía tenía que esperar un buen rato: estaba el procedimiento de Descon para todo lo que procedía del otro hemisferio, no sólo los pasajeros, que debían pasar por Descontaminación, sino el equipaje, al que había que tratar y registrar, y el avión mismo, que tenían que lavar y fumigar.

Todo el proceso estaba empezando cuando Grant abandonó las ventanas y se dirigió a la sección de Descon y se colocó al otro lado de las puertas blancas, las manos apretadas entre las rodillas, flexionándose, aferrándose, un tic nervioso, claro. Estás demasiado tenso, le habría dicho un supervisor si lo hubiese visto.

Un supervisor podía decir eso de cualquier CIUD en cualquier momento, pensó Grant. El pensamiento contradictorio alimentaba estas reacciones. El grupo mental de los azi decía: no hay suficientes datos para resolver el problema, y los azi cuerdos y sensatos lo archivaban y lo olvidaban para poder encargarse de otros asuntos. Un CIUD se arrojaba sobre un problema con datos insuficientes una y otra vez, exploraba las contradicciones en sus percepciones y los matices de valores en sus opiniones, y alteraba su sistema endocrino, que a su vez disparaba un aprendizaje capaz de contradicciones, proceso que convertía en hiperactivos los procesos de integración en la contradicción. Últimamente él actuaba de esta forma con demasiada frecuencia, y no le gustaba. Odiaba el grado de tensión con que vivían los CIUD.

Y aquí estaba, sentado, preocupado por cuatro o cinco problemas a la vez, simplemente porque se había convertido en un adicto a la adrenalina.

Las puertas blancas se abrieron. Parte de la tripulación pasó por su lado. Lo ignoraron. Se alejaron por el gran salón. Luego volvieron a abrirse las puertas y salió Justin. Grant se puso en pie, captó el alivio y la alegría en la expresión de Justin y fue y lo abrazó porque Justin lo esperaba con los brazos abiertos.

—¿Estás bien? —preguntó Grant.

—Muy bien. Jordan está bien. —Justin se hizo a un lado para no cortar el paso a otros que salían por la puerta y caminó. Grant lo seguía—. Tengo que ir a buscar mi portafolios y la maleta —dijo y caminaron hacia Equipajes, donde las dos cosas esperaban, fumigadas, irradiadas, suponía Grant, controladas y fotografiadas cuidadosamente.

—Yo las llevo —dijo Grant.





—Ya las tengo —dijo Justin, cogiéndolas. Echaron a andar hacia las puertas, hasta el autobús que los llevaría a la Casa.

—¿Has tenido un buen viaje? —preguntó Grant cuando estuvieron donde probablemente no había micrófonos espías, entre las puertas, hacia la oscuridad.

—Sí —dijo Justin y le dio las maletas al azi que llevaba los equipajes.

Seguridad estaba en el autobús, pasajeros normales como ellos, desde ese punto. Se sentaron, los últimos. El conductor cerró las puertas y Justin se dejó caer en el asiento cuando el autobús arrancó del pórtico iluminado de la terminal y se dirigió a la Casa.

—Hablé con Jordan. Estuvimos despiertos toda la noche, hablando. Los dos hubiéramos querido que estuvieras allí.

—Yo también.

—Es mucho mejor de lo que había supuesto. Mucho peor en algunos sentidos, y mucho mejor en otros. El personal es bueno. Gente realmente buena. Se está arreglando mucho mejor de lo que yo creía. Y Paul está muy bien. Los dos. —Justin estaba un poco afónico. Exhausto. Inclinó la cabeza contra el respaldo del asiento y dijo—: Va a estudiar mis proyectos. Dice que al menos ahí hay algo que los ordenadores no pueden manejar. Que le interesa mucho y que no me dice eso sólo para que vaya. Hay posibilidades de que pueda volver antes de que termine el año. Tal vez tú también. O tú solo. Desea mucho verte.

—Me alegro —dijo Grant.

No había mucho más que pudieran decir, en detalle. Grant se alegraba sinceramente. Se sintió contento cuando se detuvieron en el pórtico de la Casa, atravesaron la puerta principal y Justin insistió en llevar su propio equipaje, obstinado, siempre el mismo, a pesar del cansancio.

—Tú no vas a llevar mis maletas —le ladró, afónico.

Porque Justin odiaba que pareciera un criado en público, incluso cuando se trataba sólo de hacerle un favor.

Pero le dejó llevarlas y ponerlas contra la pared cuando entraron en el apartamento y se quitó la chaqueta y se dejó caer en el sillón con un suspiro.

—Fue hermoso —dijo—. Todo el tiempo. Me resulta difícil creer que he estado allí de verdad. O que he vuelto. Es diferente por completo.

—¿Whisky?

—Un poco. He dormido en el avión. En realidad estoy rendido.

Grant le sonrió y Justin asintió a medias un poco después, como con retraso. Grant fue a servir el whisky, ahora ya no importaba que pareciera un criado. Preparó dos vasos.

—¿Cómo estuvo todo por aquí? —preguntó Justin, y hubo un salto desagradable en el estómago de Grant.

—Bien —respondió—. Bien. —Se sintió peor cuando le terminó de preparar la bebida y puso el vaso en manos de Justin.

Justin lo cogió. A Grant le temblaba la mano mientras tomaba un sorbo, y Justin lo miró con los ojos terribles, agotados. Y sonrió con la misma expresión mientras levantaba el vaso en un brindis seco. No había forma de averiguar a ciencia cierta si alguno de los dos había sido manipulado, eso era evidente.