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—Tengo que reflexionar, tomar una resolución y acabar con esto de una vez —dijo en voz alta.
«No es de mi incumbencia analizar sus sentimientos y lo que pase o deje de pasar en su alma. Eso es asunto de su conciencia y pertenece al ámbito de la religión —se dijo, aliviado de haber encontrado una norma que pudiera aplicarse a esa nueva situación—. En definitiva —prosiguió—, todas las cuestiones relacionadas con sus sentimientos pertenecen a su conciencia, no es asunto mío. Mis obligaciones están claramente definidas. Como cabeza de familia, entra dentro de mis atribuciones guiar su conducta; por tanto, soy en cierta manera responsable. Debo señalarle el peligro que veo, prevenirla e incluso hacer uso de mi autoridad. Es preciso que hable con ella.»
Y en la cabeza de Alekséi Aleksándrovich fueron tomando forma las razones que esa misma noche le diría a su mujer. Mientras meditaba en las palabras que le dirigiría, lamentaba tener que emplear su tiempo y su inteligencia en un asunto doméstico tan intrascendente; en cualquier caso, la forma y la secuencia de su discurso fue perfilándose, adquiriendo la claridad y precisión de un informe. «Debo decirle lo siguiente: en primer lugar, explicarle la importancia de la opinión pública y de las conveniencias sociales; en segundo, recordarle el sentido religioso del matrimonio; en tercero, en caso de que sea necesario, hablarle de las desgracias que puede acarrearle a nuestro hijo; en cuarto, aludir a las desgracias que pueden abatirse sobre ella.» Y, entrelazando los dedos, con las palmas hacia dentro, dio un tirón: las articulaciones crujieron.
Este gesto, una mala costumbre —entrelazar los dedos para que crujieran las articulaciones—, siempre le calmaba y le ayudaba a recuperar el equilibrio que tanto necesitaba. Se oyó el ruido de un carruaje en la entrada, y se detuvo en medio del salón.
De la escalera le llegó el ruido de unos pasos de mujer. Alekséi Aleksándrovich, con su discurso preparado, apretaba los dedos cruzados, esperando un nuevo crujido. Y, en efecto, una articulación crujió.
Aunque estaba satisfecho de su discurso, se asustó cuando el rumor creciente de esos pasos ligeros le anunció que A
IX
A
—¿Aún no estás en la cama? ¡Qué milagro! —dijo, quitándose la capucha y, sin detenerse, se dirigió a su tocador—. Es tarde, Alekséi Aleksándrovich —añadió desde el umbral.
—A
—¿Conmigo? —preguntó ella, asomándose a la puerta y mirándole sorprendida.
—Sí.
—¿Qué pasa? ¿De qué se trata? —preguntó, sentándose—. Bueno, hablemos, si es necesario. Pero más valdría que nos fuéramos a dormir.
A
—A
—¿A mí? ¿Por qué? —preguntó ella.
Su mirada era tan franca y alegre que cualquiera que no la conociera tomo su marido no habría notado nada artificioso ni en el timbre ni en el sentido de sus palabras. Pero para él, que no podía irse cinco minutos tarde a la cama sin que ella le preguntara la razón; para él, que era el primero a quien A
—Debo prevenirte —dijo en voz baja— de los comentarios que tu imprudencia y tu ligereza pueden suscitar en sociedad. Tu conversación demasiado animada de esta tarde con el conde Vronski —pronunció ese nombre con firmeza, serenidad y mesura— no ha pasado desapercibida.
Mientras hablaba, contemplaba los ojos risueños de A
—No cambiarás nunca —replicó A
Alekséi Aleksándrovich se estremeció y volvió a apretar las manos para que las articulaciones crujieran.
—¡Ah, por favor, no hagas eso! ¡No lo soporto! —exclamó ella. —A
Alekséi Aleksándrovich guardó silencio y se pasó la mano por la frente y los ojos. Se daba cuenta de que, en lugar de prevenir a su mujer de que no se pusiera en evidencia delante de la sociedad, como había sido su deseo, se inquietaba a su pesar por lo que sucedía en su conciencia y chocaba con un obstáculo tal vez imaginario.
—Lo que quería decirte es lo siguiente. Haz el favor de escucharme —continuó con semblante frío y sereno—. Como bien sabes, considero que los celos son un sentimiento ofensivo y humillante y nunca me dejaré guiar por ellos. Pero hay ciertas conveniencias sociales que no se pueden contravenir impunemente. Reconozco que yo no he advertido nada especial esta noche, pero, a juzgar por la impresión que tu comportamiento ha producido en los demás invitados, tu conducta y tu actitud no han sido las que cabría esperar.
—No entiendo absolutamente nada —dijo A
A
—Bueno, prosigue —dijo con un tono sereno y burlón—. Te escuchan con atención porque me gustaría saber de qué se trata.
Ella misma se sorprendía de poder expresarse con tanta naturalidad y seguridad, así como de la propia elección de las palabras.
—No tengo derecho a entrar en todos los detalles de tus sentimientos, y hasta lo considero inútil y perjudicial —empezó diciendo Alekséi Aleksándrovich—. Al escarbar en nuestras almas, corremos el riesgo de que salgan a la luz cosas que bien podrían quedar ocultas. Tus sentimientos son asunto de tu conciencia. Pero tengo la obligación ante ti, ante mí mismo y ante Dios de recordarte tus deberes. No son los hombres quienes han unido nuestras vidas, sino Dios. Sólo un crimen puede quebrar ese vínculo, y un crimen de ese tipo lleva aparejado un terrible castigo.
—No entiendo nada. ¡Ah, Dios mío! ¡Lo siento, pero me caigo de sueño! —dijo ella, pasándose la mano por los cabellos con un gesto fulgurante, para quitar las horquillas que quedaban.
—A