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—¡Ah, sí! —exclamó A
Al cabo de media hora, Alekséi Aleksándrovich se acercó a su mujer y le propuso que volvieran juntos a casa, pero ella, sin mirarle, le respondió que iba a quedarse a cenar. Alekséi Aleksándrovich se despidió y se marchó.
El viejo y grueso cochero tártaro de A
—Usted no me ha prometido nada. Supongamos que yo tampoco le haya pedido nada —decía—, pero usted sabe que no es amistad lo que necesito. Toda la felicidad de mi vida depende de esa palabra que tan poco le gusta a usted... Sí, del amor...
—El amor... —repitió A
Le tendió la mano, pasó con pasos rápidos y decididos frente al porte ro y desapareció en el interior del coche.
Esa mirada y ese apretón de manos enardecieron a Vronski. Se besó la palma en el lugar que A
VIII
A Alekséi Aleksándrovich no le pareció extraño o impropio que su mujer charlara animadamente con Vronski en una mesa aparte, pero cuando se dio cuenta de que los demás invitados lo juzgaban inusitado e inconveniente, también se lo pareció a él. En suma, decidió que debía hablar con su mujer.
Al volver a casa, entró en su despacho, como tenía por costumbre, se sentó en un sillón, abrió un libro sobre el papado por la página marcada por la plegadera y se quedó leyendo hasta la una, igual que cualquier otra velada. De vez en cuando se pasaba la mano por la alta frente y sacudía la cabeza como queriendo expulsar un pensamiento inoportuno. A la hora habitual se levantó y se preparó para irse a la cama. A
Cuando decidió que debía hablar con su mujer, le había parecido sencillo y fácil. Pero ahora, al analizar la cuestión, lo encontraba complicado y difícil.
Alekséi Aleksándrovich no era un hombre celoso. En su opinión, los celos constituían una ofensa para la esposa, en quien había que tener confianza. Jamás se había preguntado en qué se basaba esa confianza, porque tenía la plena seguridad de que su mujer lo amaría siempre. Pero lo cierto es que no albergaba dudas, creía en su fidelidad y estaba seguro de que así debía ser. Y he aquí que de pronto, a pesar de estar convencido de que los celos eran un sentimiento vergonzoso y de que no debía renunciar a lesa confianza, se daba cuenta de que se enfrentaba a una situación ilógica y absurda, y no sabía qué hacer. Alekséi Aleksándrovich se hallaba cara a cara con la vida, ante la posibilidad de que su esposa se hubiera enamorado de otro hombre, y eso le parecía incomprensible y desatinado porque era la vida misma. Ocupado siempre de sus obligaciones profesionales, sólo le había llegado un reflejo de la vida. Y cada vez que se topaba con la vida de verdad, se echaba a un lado. Las sensaciones que le embargaban ahora se asemejaban a las de un hombre que está atravesando tranquilamente un precipicio por un puente y de pronto advierte que el puente se desmorona y que bajo sus pies se abre el abismo. Ese abismo era la vida real, y el puente la vida artificial que había llevado Alekséi Aleksándrovich.
Por primera vez se puso a pensar en la posibilidad de que su mujer se hubiera enamorado de otro hombre y se sintió horrorizado.
Sin desvestirse, se paseaba ahora arriba y abajo por el sonoro parqué del comedor, iluminado por una sola lámpara, por la alfombra del salón oscuro, donde la luz sólo se reflejaba en un retrato suyo de gran tamaño, recién terminado, que colgaba por encima del sofá, y por el despacho de A
Entre tantas idas y venidas, a veces hacía un alto, sobre todo al pasar por el comedor iluminado, y se decía: «Sí, es necesario tomar una decisión y acabar con esto de una vez. Tengo que exponerle mi punto de vista y la resolución que he adoptado. —Y proseguía su paseo—. Pero ¿qué le voy a decir? ¿Acaso he decidido algo? —prosiguió al llegar al salón, sin encontrar una respuesta—. Y a fin de cuentas, ¿qué ha sucedido? —se preguntó al dar la vuelta en el despacho—. Nada. Ha estado un buen rato hablando con él. ¿Y qué? Las mujeres hablan a menudo con hombres en sociedad. Por lo demás, si me dejo ganar por los celos, la humillaré a ella y me humillaré a mí mismo —se dijo al entrar en el despacho de A
Al posar la vista en el escritorio, con su carpeta de malaquita y un billete a medio escribir, sus reflexiones tomaron un curso distinto. Se puso a pensar en ella, se preguntó qué ideas y sentimientos podía albergar. Por primera vez se imaginó vivamente su vida personal, sus pensamientos y sus deseos, y la posibilidad de que también ella tuviera una existencia propia le pareció tan terrible que se apresuró a desecharla. Era ese abismo que tanto le espantaba contemplar. Alekséi Aleksándrovich no estaba habituado a sopesar los pensamientos y sentimientos de un alma ajena, y lo consideraba un acto perjudicial, una fantasía peligrosa. «Y lo más terrible de todo —se decía— es que esta inquietud insensata se apodera de mí en el preciso instante en que estaba a punto de acabar mi labor —se refería al proyecto en el que estaba trabajando—, cuando más necesito disfrutar de serenidad y disponer de todas las fuerzas de mi espíritu. Pero ¿qué puedo hacer? No soy de esos hombres que sucumben a las inquietudes y las preocupaciones sin tener el valor de enfrentarse a ellas.»