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—Sí, dicen que ya está todo decidido.

—Me sorprende que los padres consientan. Dicen que se casan por amor.

—¿Por amor? ¡Qué ideas tan antediluvianas! ¿Quién se casa por amor en los tiempos que corren? —dijo la mujer del embajador.

—¡Qué se le va a hacer! Esa moda estúpida y antigua no acaba de desaparecer —dijo Vronski.

—Tanto peor para quienes se atienen a ella. Los únicos matrimonios felices que conozco son los de conveniencia.

—Sí, pero sucede a menudo que la felicidad de esos matrimonios por conveniencia se disuelve como polvo precisamente cuando aparece ese amor en el que no creían —dijo Vronski.

—Consideramos matrimonios por conveniencia aquellos en que ambas partes se han corrido sus buenas juergas. Es como la escarlatina, hay que pasarla.

—En ese caso habría que encontrar un medio de inocular el amor, como sucede con la viruela.

—Cuando yo era joven, me enamoré de un sacristán —dijo la princesa Miágkaia—. No sé si eso me serviría de mucha ayuda.

—Bromas aparte, creo que para conocer el amor es necesario equivocarse y luego enmendar el error —terció Betsy.

—¿Incluso después del matrimonio? —preguntó en broma la mujer del embajador.

—Nunca es tarde para arrepentirse —dijo el diplomático, citando un proverbio inglés.

—En efecto —apuntó Betsy—. Primero hay que equivocarse y luego enmendar el error. ¿Y usted qué opina? —añadió, dirigiéndose a A

—Creo —respondió A

Vronski, con los ojos clavados en A

A

—Acabo de recibir una carta de Moscú. Me escriben que Kitty Scherbátskaia está muy enferma.

—¿Es posible? —preguntó Vronski, frunciendo el ceño.

A

—¿Es que no le interesa?

—Al contrario, me interesa mucho. ¿Y qué es lo que le dicen en concreto, si se puede saber? —preguntó.

A

—Deme una taza de té —dijo, deteniéndose detrás de su silla.

Mientras Betsy le servía el té, Vronski se acercó a A

—¿Qué le han escrito? —repitió.

—A menudo pienso que los hombres no saben lo que es la nobleza, aunque siempre están hablando de esa cuestión —dijo A

—No acabo de entender el significado de sus palabras —dijo Vronski, entregándole la taza.

A

—¿Cree usted que no lo sé? Pero ¿quién tiene la culpa de que haya actuado de ese modo?

—¿Por qué me dice eso? —preguntó A

—Bien lo sabe usted —respondió Vronski con alborozo, enfrentando con valentía, sin bajar los ojos, la mirada de A

En contra de lo esperado, fue ella quien se turbó.

—Lo único que demuestra su comportamiento es que no tiene usted corazón —dijo A

—En el caso al que acaba usted de referirse no puede hablarse de amor. Sólo fue una equivocación.

—Recuerde que le he prohibido pronunciar esa odiosa palabra —dijo A

Vronski la miraba, sorprendido de la nueva belleza espiritual que asomaba a su rostro.

—¿Qué quiere usted que haga? —preguntó con sencillez y gravedad.

—Que vaya a Moscú y le pida perdón a Kitty —respondió A

—No quiere usted eso —dijo.

Vronski se daba cuenta de que esas palabras se las había dictado el sentido del deber, no su propio deseo.

—Si me ama tanto como dice —murmuró A

El rostro de Vronski resplandeció.

—¿Es que no sabe que usted lo es todo para mí? Pero desconozco qué la tranquilidad, así que no puedo procurársela. Puedo entregarle mi amor, mi vida entera... Eso sí. No puedo pensar en nosotros dos por separado. Para mí somos una misma cosa. Y no veo la manera de que ni usted ni yo gocemos de cierta serenidad en el futuro. No contemplo más que desesperación y desgracia... Aunque también podríamos ser felices, muy felices... ¿Por qué no? —añadió, moviendo apenas los labios, pero ella le oyó.

Hizo acopio de todas sus fuerzas para ofrecer a Vronski la respuesta que le dictaba un sentimiento del deber, pero en lugar de eso se le quedó mirando con ojos llenos de amor, sin pronunciar palabra.

«¡Será posible! —pensó entusiasmado—. Cuando ya empezaba a desesperarme y no contemplaba ninguna salida, me encuentro con esto. Me quiere. Me lo ha confesado.»

—Le ruego que no vuelva a hablarme así. Seamos buenos amigos —dijo A

—Nunca seremos amigos, lo sabe usted de sobra. Seremos las personas más felices o las más desdichadas. De usted depende. —A

—No pretendo echarlo de ningún sitio.

—Lo único que le pido es que no cambie nada. Déjelo todo como está —dijo Vronski con voz trémula—. Ahí está su marido.

En efecto, en ese momento Alekséi Aleksándrovich entraba en el salón con su paso tranquilo y torpe.

Después de dirigir una mirada a su mujer y a Vronski, se acercó a la dueña de la casa, se sentó delante de una taza de té y empezó a burlarse de alguien, con su acostumbrado tono irónico y su voz lenta y bien timbrada.

—Su Ramboillet 26está al completo —dijo, echando un vistazo a su alrededor—. Se han dado cita las Gracias y las Musas.

Pero la princesa Betsy no podía soportar ese tono jocoso, sneering, como decía ella, y, en su condición de anfitriona experimentada, le arrastró a una conversación seria sobre el servicio militar obligatorio. Alekséi Aleksándrovich no tardó en interesarse por el tema y, ya sin asomo de burla, empezó a defender de los ataques de la princesa Betsy el nuevo proyecto de ley.

Vronski y A

Al percatarse de la mala impresión que la situación causaba en sus invitados, la princesa Betsy cedió su lugar a otra persona y se acercó a A

—Nunca dejará de sorprenderme la precisión y claridad con que se expresa su marido —dijo—. Hasta los conceptos más trascendentales se vuelven comprensibles para mí cuando él los expone.