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Por un instante A
—De verdad que no te entiendo, Alekséi Aleksándrovich —dijo—. Explícame lo que encuentras...
—Espera, déjame terminar. Te quiero. Pero no estoy hablando de mí. En este caso las personas más importantes sois tú misma y nuestro hijo. Te lo repito: puede que mis palabras te parezcan completamente i
Alekséi Aleksándrovich, sin darse cuenta él mismo, estaba diciendo algo completamente distinto de lo que había preparado.
—No tengo nada que decirte. Además... —exclamó de repente, reprimiendo a duras penas una sonrisa—, es hora de irse a la cama.
Alekséi Aleksándrovich suspiró y, sin añadir nada más, se dirigió al dormitorio.
Cuando A
—Es tarde, tarde —murmuró A
X
A partir de esa noche empezó una vida nueva para Alekséi Aleksándrovich y su mujer. En apariencia, no había pasado nada. A
XI
Lo que durante casi un año entero había constituido para Vronski el único fin de su vida, sustituyendo a todos los deseos anteriores, y para A
—¡A
—¡Dios mío! ¡Perdóname! —decía ella entre sollozos, y apretaba la mano de Vronski contra su pecho.
Se sentía tan culpable y criminal que lo único que le quedaba era humillarse y pedirle perdón. Ya no tenía en el mundo a nadie más, por eso imploraba su gracia. Al mirar a Vronski, su humillación se le hacía tan evidente que no se le ocurría decir otra cosa. En cuanto a él, parecía un asesino al pie de su víctima. Ese cuerpo al que había arrebatado la vida era su amor, la primera etapa de su amor. No podía pensar sin amargura y repugnancia en lo que acababa de comprar al precio de esa espantosa vergüenza. La conciencia de su desnudez espiritual abrumaba a A
Entonces, igual que el asesino se abalanza sobre el cadáver con animosidad, casi con pasión, lo arrastra y lo despedaza, Vronski cubría de besos el rostro y los hombros de A
—Todo ha terminado —dijo—. Tú eres lo único que tengo. Recuérdalo.
—No puedo olvidar lo que constituye el único objeto de mi vida. Por un instante de esta felicidad...
—¡Menuda felicidad! —exclamó A
Tenía la impresión de que en esos momentos no era capaz de expresar con palabras el sentimiento de vergüenza, alegría y horror que la embargaba al iniciar esa nueva vida y, antes de pronunciar palabras triviales e imprecisas, prefería guardar silencio. Pero tampoco al día siguiente ni al otro encontró palabras para expresar la complejidad de sus sentimientos; ni siquiera sus pensamientos reflejaban las impresiones de su alma.
Se decía: «No, ahora no puedo pensar en eso; más tarde, cuando esté más tranquila». Pero esa serenidad de espíritu no llegaba nunca. Cada vez que recordaba lo que había sucedido y pensaba en lo que sería de ella y en lo que debía hacer, se desesperaba y rechazaba esas ideas.
—Más tarde, más tarde —decía—. Cuando esté más tranquila.
Pero en sueños, cuando perdía cualquier dominio sobre el curso de sus reflexiones, su situación se le aparecía en toda su descarnada desnudez. Casi todas las noches soñaba lo mismo: los dos eran sus maridos y le prodigaban sus caricias. Alekséi Aleksándrovich lloraba, le besaba las manos y decía: «¡Qué felices somos ahora!». Alekséi Vronski también estaba allí y también era su marido. Y A