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N'est ce pas inmoral? 153—fue lo único que acertó a preguntar, después de una pausa.

—¿Por qué? En lo que a mí respecta, sólo tengo dos posibilidades: estar embarazada, es decir, enferma, o ser la amiga y la compañera de mi marido, porque es como si lo fuera —dijo A

—Claro, claro —replicó Daria Aleksándrovna, al oír los mismos argumentos que ella misma había estado sopesando, aunque ahora ya no los encontraba tan convincentes.

—En tu caso y en el de otras mujeres —dijo A

Extendió sus blancos brazos por delante de su vientre.

Los pensamientos y los recuerdos se sucedían con sorprendente rapidez en la cabeza de Daria Aleksándrovna, como suele suceder en los momentos de gran agitación. «Yo no he hecho nada por atraer a Stiva —se decía—. Se ha apartado de mí y ha buscado la compañía de otras. La primera mujer con la que me engañó tampoco consiguió retenerlo, a pesar de su belleza y alegría. La abandonó y se buscó otra. ¿Conseguirá A

A modo de respuesta, Dolly suspiró. Consciente de que era un modo de manifestar su disconformidad, A

—¿Te parece que no está bien? Pero reflexiona un momento —continuó—. Te olvidas de mi situación. ¿Cómo puedo desear tener hijos? Ya no hablo de los sufrimientos, pues eso no me da ningún miedo. Pero ¿te has parado a pensar en lo que sería de mis hijos? Los pobres tendrían que llevar un apellido ajeno. Sólo por el hecho de nacer, estarían obligados a avergonzarse de su madre, de su padre, de su venida al mundo.

—Por eso es necesario que solicites el divorcio.

Pero A

—¿Para qué se me ha dado la razón si no la empleo para darme cuenta de que es mejor no traer seres desdichados a este mundo? —miró a Dolly, pero, sin esperar su repuesta, prosiguió—: Siempre me sentiría culpable delante de esos infelices —dijo—. Si no existen, al menos no son desdichados; pero, si son desdichados, sólo yo tengo la culpa.

Eran los mismos argumentos que Dolly había estado considerando esa misma mañana; pero, al escucharlos ahora en boca de A

—No sabría decirte por qué, pero me parece que eso no está bien —fue lo único que acertó a decir, con una expresión de repugnancia.

—Sí, pero no te olvides de lo que eres tú y de lo que soy yo... Además —añadió A

Daria Aleksándrovna no replicó. De pronto comprendió que estaba muy lejos de A

 

XXIV

—Razón de más para que regularices tu situación, si es posible —dijo Dolly.

—Sí, si es posible —replicó A

—¿Acaso es imposible obtener el divorcio? Me han dicho que tu marido está de acuerdo.

—¡Dolly! No quiero hablar de ese tema.

—Bueno, pues lo dejamos —se apresuró a decir Daria Aleksándrovna, notando la expresión de sufrimiento en el rostro de A

—¿Yo? En absoluto. Estoy muy contenta y satisfecha. Como ves, je fais des passions. 154Veslovski...

—Si te soy sincera, no me gusta nada el tono de Veslovski —objetó Daria Aleksándrovna, deseando cambiar de conversación.

—¡Ah, no tiene la menor importancia! Halaga el amor propio de Alekséi, no hay nada más. No es más que un muchacho y hago con él lo que se me antoja. Para mí, es igual que tu Grisha... ¡Dolly! —exclamó de pronto, volviendo al tema de antes—. Dices que lo veo todo demasiado negro. Pero tú no puedes entenderlo. Mi situación es horrible. La verdad es que procuro no pensar demasiado.

—Pues, en mi opinión, es necesario que lo hagas. Es preciso hacer cuanto sea posible.

—¿Y qué se puede hacer? Nada. Me hablas como si yo no hubiera pensado en casarme con Alekséi. Pero ¡si no pienso en otra cosa! —exclamó, y sus mejillas se cubrieron de arrebol. Se levantó, irguió el pecho, emitió un profundo suspiro y se puso a recorrer la habitación de un extremo al otro con pasos ligeros, deteniéndose de vez en cuando—. ¡Si no pienso en otra cosa! No hay un solo día, una sola hora en que no me asalte ese pensamiento y en que no me cubra de reproches por albergar esas ideas... porque van a acabar volviéndome loca. Volviéndome loca —repitió—. Cuando me pongo a pensar en esa cuestión, soy incapaz de dormir sin morfina. Pero qué más da. Hablemos con calma. Me aconsejan que me divorcie. En primer lugar, élno consentirá. Ahora está bajo la influencia de la condesa Lidia Ivánovna.

Daria Aleksándrovna, después de erguirse en la silla, volvió la cabeza y siguió las idas y venidas de A

—Hay que intentarlo —dijo en voz baja.

—Supongamos que lo intento. ¿Qué sucedería? —era evidente que estaba expresando ideas que había sopesado miles de veces y que se había aprendido de memoria—. Pues que tendría que rebajarme a escribir a ese hombre al que odio, a pesar de que lo considero magnánimo y me reconozco culpable ante él... Supongamos que, haciendo un esfuerzo, redacto esa carta. En tal caso recibiría bien su consentimiento, bien una respuesta ofensiva. Imaginémonos por un momento que me da su consentimiento... —En ese momento A