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Cuando se quedó sola, Dolly dijo sus oraciones y se fue a la cama. Mientras hablaba con A
En cuanto a A
Cuando entró en la habitación, Vronski la miró atentamente. Buscaba indicios de la conversación que debía de haber tenido con Dolly, dado el tiempo que había pasado en su habitación. Pero en su expresión excitada y contenida, que ocultaba algo, no encontró nada más que esa belleza a la que ya estaba acostumbrado, pero que seguía seduciéndole, la conciencia de su hermosura y el deseo de que actuase sobre él. No quiso preguntarle de qué habían estado hablando, pero albergaba la esperanza de que ella misma le contara algo. Pero A
—Me alegro de que Dolly te haya gustado. Porque te cae bien, ¿verdad?
—Pero si la conozco desde hace mucho tiempo. En mi opinión es una mujer muy bondadosa, pero excesivement terre-à-terre. 155En cualquier caso, me alegro mucho de su visita.
Vronski cogió la mano de A
Ella, interpretando esa mirada en otro sentido, le sonrió.
A la mañana siguiente Daria Aleksándrovna se dispuso a partir, por más que insistieron los dueños en que se quedara. La calesa de guardabarros parcheados y caballos desparejados, conducidos con aire sombrío y resuelto por el cochero de Levin, que llevaba un caftán ya bastante usado y un gorro parecido al de los postillones, apareció en la entrada cubierta de arena.
Despedirse de la princesa Varvara y de los hombres no resultó nada agradable para ella. Después de pasar un día juntos, tanto Dolly como los dueños de la casa se daban perfecta cuenta de que no congeniaban y de que lo mejor era separarse. Sólo A
Una vez en campo abierto, Daria Aleksándrovna experimentó una agradable sensación de alivio. Estaba a punto de preguntarles a sus compañeros de viaje qué impresión les había causado la casa de Vronski, cuando el cochero Filipp dijo de pronto:
—Puede que sean muy ricos, pero sólo nos han dado tres medidas de avena. Los caballos se las zamparon antes de que cantara el gallo. ¿Qué son tres medidas? Poco más que un bocado. En las estaciones de postas venden la avena a cuarenta y cinco kopeks. En nuestra casa, cuando recibimos visita, damos a los caballos toda la avena que quieren.
—Un señor avaro —confirmó el administrador.
—¿Y qué me dices de los caballos? ¿Te han gustado? —preguntó Dolly.
—Los caballos eran excelentes. Y la comida estaba bastante bien. Pero lo he encontrado todo un poco aburrido, Daria Aleksándrovna. No sé lo que pensará usted —dijo, volviendo hacia ella su rostro agraciado y bonachón.
—A mí me ha pasado lo mismo. ¿Y qué? ¿Llegaremos al atardecer?
—Seguro.
Una vez en casa, donde encontró a todos bien de salud y más encantadores que nunca, Daria Aleksándrovna les contó con gran animación su viaje, la cordial acogida que le habían dispensado, el lujo y el buen gusto que reinaba en el lugar, las diversiones con que se entretenían los Vronski, y no permitió que nadie los criticara.
—Hay que conocer a A
XXV
Vronski y A
Habían decidido que no irían a ningún sido; pero los dos sabían que, cuanto más tiempo pasaran solos, sobre todo en otoño, sin invitados, menos capaces serían de soportar esa vida, en la que tendrían que introducir algún cambio.
En apariencia, cabría pensar que no podía desearse una vida mejor. No carecían de nada, gozaban de buena salud, tenían una hija y ambos se dedicaban a sus propias ocupaciones. A
El equipamiento del hospital también interesaba a A