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Después de comer, salieron a la terraza. Luego fueron a jugar al lawn te

Por la noche, cuando Daria Aleksándrovna se fue a la cama y cerró los ojos, vio a Vásenka Veslovski corriendo de un lado para otro por el croquetground.

Durante el partido no se había sentido contenta. Le molestaba el tono burlón con que seguían hablándose Vásenka Veslovski y A

Había ido a casa de A

Cuando Daria Aleksándrovna entró en su habitación, después del té vespertino y de un paseo nocturno en barca, se quitó el vestido y se puso a peinar sus escasos cabellos, se sintió muy aliviada.

Hasta le desagradaba la idea de que A

 

XXIII

Dolly se disponía ya a meterse en la cama cuando A

A lo largo del día había intentado en varias ocasiones hablar con ella de asuntos íntimos, pero cada vez se había interrumpido después de pronunciar unas pocas palabras: «Ya tendremos tiempo de ocuparnos de todo esto más tarde, cuando estemos solas. Tengo tantas cosas que contarte».

Ahora estaban solas y A

—Bueno, ¿cómo está Kitty? —preguntó, emitiendo un profundo suspiro y mirando a Dolly con aire culpable—. Dime la verdad, Dolly, ¿sigue enfadada conmigo?

—¿Enfadada? No —respondió Daria Aleksándrovna con una sonrisa.

—Pero ¿me odia, me desprecia?

—¡Pues claro que no! Pero ya sabes que hay cosas que no se perdonan.

—Sí, sí —dijo A

—Pues la verdad es que no lo sé. Pero dime...

—Sí, sí, pero primero acabemos con Kitty. ¿Es feliz? Según he oído, es un hombre excelente.

—Eso es poco decir. No conozco otro mejor.

—¡Ah, cuánto me alegro! ¡Me alegro tanto! Eso es poco decir —repitió.

Dolly sonrió.

—Háblame de ti. Tenemos muchas cosas que decimos. He hablado con... —Dolly no sabía cómo referirse a Vronski. Le resultaba tan embarazoso llamarlo conde como Alekséi Kiríllovich.

—Con Alekséi —dijo A

—¿Y cómo puedo decírtelo, así de pronto? La verdad es que no sé.

—Bueno, dímelo de todas formas... Ya has visto cómo vivo. Pero no olvides que ahora, en verano, no estamos solos... Hemos llegado a principios de la primavera, hemos vivido completamente solos, y así seguiremos. No puedo desear nada mejor. Pero imagina lo que sería mi vida aquí sola, sin él. Y eso es algo que acabará sucediendo... Todo indica que sus ausencias se repetirán, que pasará fuera de casa la mitad del tiempo —dijo, levantándose y sentándose más cerca de Dolly—. Desde luego, no lo retendré a la fuerza —añadió, interrumpiendo a Dolly, que se disponía a hacer algún comentario—. Tampoco lo hago ahora. Cuando se organiza una carrera en la que participan sus caballos, no deja de asistir. Y yo me alegro de que se divierta. Pero ponte en mi lugar, imagínate mi situación... En cualquier caso, ¿para qué hablar? —agregó con una sonrisa—. Entonces, ¿de qué habéis estado hablando?

—Me habló de un tema que yo misma quería abordar contigo, así que me resulta muy fácil desempeñar el papel de abogado suyo. ¿No habría alguna posibilidad, no sería posible... —Daria Aleksándrovna vaciló— mejorar tu situación, arreglarla de algún modo? Ya sabes cuál es mi punto de vista... pero, de todos modos, si fuera posible, tendrías que casarte...

—Es decir, ¿pedir el divorcio? —dijo A

—Me dijo que sufre por ti y también por él. Llámalo egoísmo, si quieres. Pero ¡qué egoísmo tan legítimo y tan noble! En primer lugar, quiere reconocer a su hija, ser tu marido, tener derecho sobre ti.

—¿Qué esposa, qué esclava puede ser más devota que yo, en la situación en que me encuentro? —la interrumpió A

—Lo más importante es que desea... desea que no sufras.

—¡Eso es imposible! ¿Qué más?

—Luego está ese deseo tan legítimo: que vuestros hijos lleven su apellido.

—¿Qué hijos? —preguntó A

—A

—Puede estar tranquilo. No tendré más hijos.

—¿Cómo puedes decir eso?

—No los tendré porque no quiero.

A pesar de su agitación, A

—Después de mi enfermedad, el médico me dijo...

—¡No puede ser! —exclamó Dolly, con los ojos como platos.

En su caso, aquellas palabras suponían toda una revelación, cuyos efectos y consecuencias le parecían tan inmensos que en un primer momento no fue capaz de sacar ninguna conclusión, más allá de la certeza de que tendría que reflexionar mucho sobre el particular.

La revelación, que de pronto le aclaraba por qué había matrimonios que sólo tenían uno o dos hijos, algo hasta entonces incomprensible, despertó tantas ideas, consideraciones y sentimientos contradictorios que no supo qué decir y se limitó a mirar a A