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Daria Aleksándrovna experimentó un inmenso alivio cuando en la habitación entró A
La criada, que al parecer se alegraba mucho de su llegada, no paraba de hablar. Dolly advirtió que quería comunicarle su opinión sobre la situación de su señora y, en particular, sobre el amor y la devoción del conde por ella, pero la interrumpía en cuanto se ponía a hablar del asunto.
—Me he criado con A
—Por favor, que me laven esto, si es posible —la interrumpió Daria Aleksándrovna.
—Muy bien, señora. Tenemos dos lavanderas que se ocupan especialmente de las prendas pequeñas; pero la ropa blanca se lava toda a máquina. El conde en persona se ocupa de esas cosas. La verdad es que es un marido...
Dolly se alegró de la aparición de A
A
—Una vieja conocida —dijo A
Ya no se sentía turbada. Estaba serena y daba muestras de un completo dominio de sí misma. Dolly vio que se había repuesto por completo de la impresión que le había causado su llegada y que había adoptado ese tono indiferente y superficial con el que parecía cerrar la puerta del departamento en el que guardaba sus pensamientos y sentimientos más íntimos.
—¿Qué tal está tu hija, A
—¿A
—¿Y cómo habéis arreglado lo del...? —empezó a decir Dolly, con intención de preguntarle por el apellido de la niña, pero, al ver que el rostro de A
Pero A
—No es eso lo que querías preguntar. Querías saber cómo hemos resuelto la cuestión del apellido, ¿no es verdad? Es algo que atormenta a Alekséi. La niña no tiene apellido. Es decir, se llama Karénina —dijo A
El lujo que tanto había sorprendido a Daria Aleksándrovna al recorrer la casa le pareció aún más asombroso en la habitación de la niña. Había cochecitos traídos de Inglaterra, aparatos para aprender a andar, un sofá con forma de mesa de billar, diseñado especialmente para andar a gatas, columpios y bañeras de modelos nuevos y especiales. Todos esos artilugios eran ingleses, sólidos, de buena calidad y, sin duda, carísimos. La habitación era espaciosa, muy luminosa, de techo alto.
Cuando entraron, la niña, vestida sólo con una camisita, estaba sentada a la mesa, en un sillón pequeño, y tomaba un caldo que le había mojado todo el pecho. Le daba de comer una muchacha rusa que estaba a su servicio y que, por lo visto, comía al mismo tiempo que ella. Ni la nodriza ni la niñera estaban en la habitación. Ambas se encontraban en un cuarto contiguo, de donde llegaba una conversación en un francés extraño, la única lengua en la que podían comunicarse.
Al oír la voz de A
— Yes, my lady.
La niña, coloradota, de cejas y pelo negros, con el cuerpecillo sonrosado y rechoncho cubierto de piel de gallina, gustó mucho a Daria Aleksándrovna, a pesar de la mirada severa con que acogió a esa persona extraña. Hasta le envidió su saludable aspecto. También le gustó mucho su manera de gatear. Ninguno de sus hijos lo había hecho así. Cuando la pusieron en la alfombra, con el vestidito recogido por detrás, le pareció verdaderamente encantadora. Como un animalillo, miraba a los mayores con sus enormes y brillantes ojos negros, sin duda complacida de que la admiraran, sonreía, separaba las piernas, se apoyaba enérgicamente en las manos, alzaba rápidamente el trasero y volvía a avanzar las manitas.
Pero Daria Aleksándrovna quedó muy descontenta del ambiente general de la habitación y, sobre todo, de la inglesa. ¿Cómo era posible que A
Pero lo que más le sorprendió fue que, cuando preguntó cuántos dientes tenía la niña, A
—A veces me da pena que mi presencia aquí sea tan i
—Y yo que había pensado que sería al revés —dijo Daria Aleksándrovna tímidamente.
—¡Oh, no! ¿Sabes que he visto a Seriozha? —preguntó A