Страница 192 из 256
Pero A
—¡No, no! Dime lo que piensas de mi situación. ¿Qué opinión tienes? —preguntó.
—Creo...
En ese momento Vásenka Veslovski, que había conseguido que la jaca se lanzara al galope con la pata derecha, pasó a su lado embutido en su chaqueta corta, dando tumbos en la silla de cuero.
—¡Ya va, A
A
—No tengo ninguna opinión —dijo—. Siempre te he querido, y, cuando se quiere a una persona, se la quiere por lo que es, no por lo que a uno le gustaría que fuera.
A
—Si tienes pecados en tu conciencia —dijo—, todos te serán perdonados por esta visita y estas palabras.
Dolly, viendo que algunas lágrimas asomaban a sus ojos, le apretó la mano en silencio.
—¿Qué son esos edificios? ¡Cuántos hay! —dijo al cabo de un rato, repitiendo su pregunta.
—Son las casas de los empleados, la fábrica y las cuadras —respondió A
—¡Qué bonita! —exclamó Dolly con involuntario asombro, al divisar la magnífica casa con columnas, que se destacaba sobre el fondo de los seculares árboles del jardín, con sus distintos matices de verde.
—¿Verdad que sí? Y desde lo alto hay una vista magnífica.
La calesa entró en un patio cubierto de grava y adornado con macizos de flores, donde dos jardineros rodeaban un parterre de un borde de piedras porosas sin labrar, y se detuvo delante de un pórtico.
—¡Ah, ya han llegado! —exclamó A
—¿Dónde vas a instalar a la princesa? —preguntó Vronski en francés, dirigiéndose a A
—¡Ah, no, está demasiado lejos! Mejor en la de la esquina, así podremos vernos más. Bueno, vamos —dijo A
— Pardon, j'en ai tout plein les poches 130—respondió éste con una sonrisa, metiendo los dedos en el bolsillo del chaleco.
— Mais vous venez trop tard 131—replicó A
—Es que lo he prometido, y los niños... —replicó Dolly, sintiéndose turbada porque tenía que sacar de la calesa su maletín y porque sabía que tenía la cara llena de polvo.
—No, Dolly, querida... Bueno, ya veremos. ¡Vamos, vamos! —Y A
No era una habitación tan distinguida como la que Vronski le había ofrecido, por lo que A
—¡Ah, querida, cuánto me alegro de verte! —exclamó A
—Sí, ha crecido mucho —se limitó a responder Dolly, sorprendida de que pudiera hablar con tanta frialdad de sus hijos—. Estamos muy a gusto en casa de los Levin —añadió.
—Si hubiera sabido que no me desprecias... —dijo A
—Sí, pero estamos tan bien... —respondió Dolly, turbándose.
—Claro, claro. Estoy tan contenta que sólo digo tonterías. ¡Ah, cuánto me alegro de verte, querida! —dijo A
XIX
Una vez sola, Daria Aleksándrovna examinó su habitación con mirada de ama de casa. Todo lo que había visto cuando se acercaban a la casa y la recorrían, y todo lo que veía ahora en la estancia, le produjo una impresión de opulencia y distinción, y le trajo a la cabeza ese nuevo lujo europeo que sólo conocía por las novelas inglesas, pues nunca lo había visto en Rusia y mucho menos en el campo. Todo era nuevo, desde el empapelado francés de las paredes hasta la alfombra, que cubría toda la habitación. La cama tenía un colchón de muelles, una cabecera especial y unas almohadas pequeñas con fundas de seda cruda. Todo era nuevo y de la mejor calidad: el lavabo de mármol, el tocador, la otomana, las mesas, el reloj de bronce sobre la chimenea, las cortinas y los portieres.
La emperejilada doncella que fue a ofrecerle sus servicios, vestida y peinada más a la moda que Dolly, tenía un aire tan moderno y elegante como toda la habitación. A Daria Aleksándrovna le encantaron su cortesía, su pulcritud y su diligencia, pero se sintió incómoda en su presencia. Le daba apuro sacar la camisa de noche llena de remiendos que se había traído de casa por equivocación. Esos mismos zurcidos y remiendos de los que tanto se enorgullecía en casa ahora la avergonzaban. Según sus cálculos, para confeccionar seis camisas de noche se necesitaban diecisiete metros de nansú a sesenta y cinco kopeks, lo que ascendía a quince rublos, sin contar los adornos y el trabajo; de modo que ésa era la suma que se ahorraba. Pero ante la doncella se sentía, si no avergonzada, al menos incómoda.