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Cuando el coche se detuvo, los jinetes aminoraron la marcha. A
En un primer momento le pareció inconveniente que A
Al lado de A
Un hombrecillo vestido de jockeycerraba la marcha. Sviazhski y la princesa, en un charabán nuevecito tirado por un trotón negro de gran tamaño, estaban a punto de alcanzar a los jinetes.
En el momento en que A
—¡Pensaba que eras tú, pero no acababa de creérmelo! ¡Qué felicidad! ¡No puedes imaginarte la alegría que me has dado! —decía, tan pronto acercando su rostro al de Dolly y besándola como apartándose y contemplándola con una sonrisa—. ¡Qué alegría, Alekséi! —añadió, volviéndose hacia Vronski, que se había apeado del caballo y se aproximaba a ellas.
Vronski se acercó a Dolly con el sombrero de copa gris en la mano.
—No sabe lo mucho que nos alegramos de verla —dijo, concediendo una importancia especial a cada una de sus palabras, y a continuación esbozó una sonrisa que dejó al descubierto sus dientes blancos y fuertes.
Vásenka Veslovski, sin apearse del caballo, se quitó la gorra escocesa y saludó a la recién llegada, agitando jovialmente las cintas por encima de la cabeza.
—Es la princesa Varvara —dijo A
—¡Ah! —exclamó Daria Aleksándrovna, sin poder ocultar su contrariedad.
La princesa Varvara era la tía de su marido. Dolly la conocía desde hacía tiempo y no la respetaba. Sabía que la princesa se había pasado toda la vida abusando de la hospitalidad de sus parientes ricos. Que ahora se hubiera instalado en casa de Vronski, un hombre que no era nada suyo, la ofendió, pues al fin y al cabo era familia de su marido. Al notar la expresión de Dolly, A
Daria Aleksándrovna se acercó al charabán, que se había detenido, y saludó con frialdad a la princesa Varvara. También conocía a Sviazhski. Éste le preguntó qué tal le iba a su extravagante amigo con su joven esposa y, después de echar un vistazo al abigarrado grupo de caballos y a los guardabarros cubiertos de parches, propuso a las señoras que tomaran asiento en el charabán.
—El caballo es manso y la princesa conduce muy bien —dijo—. Yo iré en este vehículo.
—No, quédense donde están. Iremos nosotras en la calesa —intervino A
Daria Aleksándrovna miró con asombro el carruaje, de una elegancia nunca vista, los magníficos caballos, los rostros radiantes y distinguidos que la rodeaban. Pero lo que más le sorprendió fue el cambio que se había operado en su querida A
Cuando se acomodaron en la calesa, las dos mujeres se sintieron de pronto turbadas: A
Todos los campesinos se levantaron y contemplaron con curiosidad y alegría la acogida que los anfitriones dispensaron a la invitada, al tiempo que hacían observaciones.
—Están contentos, porque hace mucho tiempo que no se ven —dijo el anciano de pelo rizado, con la tira de corteza en la frente.
—Mira ese potro negro, tío Guerásim. ¡Qué bien nos vendría para llevar las gavillas!
—¿Has visto eso? ¿Es una mujer con calzones? —preguntó uno de ellos, señalando a Vásenka Veslovski, que en ese momento se subía a la silla de señora de la jaca de A
—No, es un hombre. ¡Con qué ligereza ha montado!
—Entonces, muchachos, ¿no vamos a echar un sueñecito?
—¡Cómo vamos a dormir a estas horas! —replicó el anciano, mirando de soslayo el sol—. ¡Ya es más de mediodía! ¡Coged las guadañas y a trabajar!
XVIII
A
—Me miras y te preguntas cómo puedo ser feliz en mi situación. Pues verás: aunque me dé vergüenza reconocerlo, soy imperdonablemente feliz. Me ha sucedido algo mágico, como cuando despiertas de una pesadilla, aterrorizada y angustiada, y de pronto comprendes que todos esos horrores no existen. Pues yo me he despertado. He pasado momentos muy dolorosos y amargos, pero hace ya tiempo que soy muy feliz, sobre todo desde que nos trasladamos aquí —dijo, mirando a Dolly con una sonrisa tímida e inquisitiva.
—¡Cuánto me alegro! —replicó ésta sonriendo, aunque con una frialdad mayor de lo que habría querido—. Me alegro mucho por ti. ¿Por qué no me has escrito?
—¿Por qué?... Porque no me atrevía... Te olvidas de mi situación...
—¿Que no te atrevías a escribirme a mí? Si hubieras sabido lo mucho que... Considero... —Daria Aleksándrovna quiso hacerle partícipe de las reflexiones que la habían ocupado por la mañana, pero, por alguna razón, le pareció que no era el momento—. Pero ya hablaremos de eso más tarde. ¿Qué son esos edificios? —preguntó, deseando cambiar de tema, al tiempo que señalaba unos tejados rojos y verdes, que se divisaban a través de un seto de acacias y lilas—. Parece una pequeña ciudad.