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—Se me ha hecho tarde —respondió Vronski—. ¡Vete! Ahora te alcanzo —le gritó a Yashvín.

A

—Espera, tengo que decirte algo. —Y apretó la corta mano de él contra su cuello—. ¿Te parece mal que lo haya invitado?

—No, ha sido una idea estupenda —contestó Vronski, con una sonrisa serena que dejó al descubierto sus impecables dientes, y a continuación besó la mano de A

—Alekséi, ¿ya no sientes lo mismo por mí? —le preguntó A

—Pronto, muy pronto. No puedes imaginarte lo incómodo que me encuentro en esta ciudad —dijo Vronski, retirando la mano.

—¡Bueno, vete, vete! —replicó A

 

XXXII

Cuando Vronski regresó al hotel, no encontró a A

Pusieron la mesa para cuatro. Se habían reunido ya todos y estaban a punto de pasar al pequeño comedor cuando se presentó Tushkévich con un mensaje de Betsy para A

—Lo siento, pero me es imposible ir a esa hora —dijo A

—La princesa lo lamentará mucho.

—Yo también.

—Supongo que irá usted a oír a la Patti —dijo Tushkévich.

—¿A la Patti? Me ha dado usted una idea. Si pudiera conseguir un palco, iría.

—Yo puedo conseguírselo —afirmó Tushkévich.

—Se lo agradecería muchísimo —replicó A

Vronski se encogió ligeramente de hombros. No entendía nada de lo que hacía A

—¿De verdad se propone usted ir al teatro? —preguntó Vronski, tratando de no mirarla.

—¿Y por qué me lo pregunta con esa expresión atemorizada? —respondió A

Era como si no hubiera entendido lo que él quería decirle.

—Claro, no hay ninguna razón para que no vaya —replicó Vronski, frunciendo el ceño.

—Eso es lo que digo yo —dijo A

—¡A

—No entiendo lo que pretende usted de mí.

—Sabe usted perfectamente que no puede ir.

—¿Por qué? No voy sola. La princesa Varvara me acompañará. Ha ido a vestirse.

Vronski se encogió de hombros, con una expresión en la que se entremezclaban la incredulidad y la desesperación.

—Pero es que no se da cuenta... —empezó a decir.

—¡No quiero saber nada! —le interrumpió A

Vronski levantó los ojos. Vio toda la belleza de su rostro y de su atavío, que tanto la favorecía. Pero en ese momento esa hermosura y esa elegancia era precisamente lo que le irritaba.

—Ya sabe usted que mis sentimientos no pueden cambiar, pero le ruego, le imploro que no vaya —replicó él en francés, con voz tierna y suplicante, pero con frialdad en la mirada.

A

—Y yo le suplico que me diga por qué no debo ir.

—Porque puede causarle... —empezó, pero no terminó la frase.

—No entiendo nada. Yashvín n'est pas comprometant, 95y la princesa Varvara no es peor que otras. Aquí está.

 

XXXIII

Esta obstinada negativa en comprender la situación en la que se encontraba hizo que Vronski sintiera por A

No podía decirle eso. «Pero ¿cómo es posible que no lo entienda? ¿Qué es lo que le pasa?», se decía. Se daba cuenta de que, al tiempo que disminuía su respeto por ella, aumentaba la conciencia de su belleza.

Volvió a su habitación con el ceño fruncido, se sentó al lado de Yashvín, que había extendido las largas piernas en una silla y bebía coñac con agua de seltz, y pidió que le trajeran lo mismo.

—Me estabas hablando de Poderoso, el caballo de Landovski. Es un animal excelente. Te aconsejo que lo compres —dijo, echando un vistazo al rostro sombrío de su amigo—. Tiene la grupa un poco baja, pero las patas y la cabeza no pueden ser mejores.