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A pesar de que A

No había tenido tiempo de sacar del coche los juguetes, elegidos con tanto cariño y tristeza la víspera en la tienda, así que no le quedó más remedio que llevárselos al hotel.

 

XXXI

Por más que había deseado ver a su hijo, por más que se había preparado para ese momento, jamás se imaginó que esa entrevista fuera a causarle una impresión tan intensa. De vuelta en su habitación solitaria, pasó un buen rato antes de que fuera capaz de comprender qué estaba haciendo allí. «Sí, todo ha terminado, de nuevo estoy sola», se dijo y, sin quitarse el sombrero, se sentó en un sillón que había al pie de la chimenea. Con la mirada fija en el reloj de bronce que había encima de la mesa, entre las dos ventanas, se sumió en sus pensamientos.

La doncella francesa que se había traído del extranjero entró para preguntarle si quería vestirse. A

—Más tarde.

A continuación se presentó la nodriza italiana, que acababa de cambiar a la niña, y se la dio. La pequeña, rolliza y bien alimentada, al ver a su madre, le tendió los bracitos desnudos, como siempre, y, sonriendo con su boquita desdentada, se puso a mover las manitas, como un pez las aletas, con las palmas vueltas hacia abajo, haciendo ruido cuando rozaba los pliegues almidonados de su faldón bordado. Era imposible no sonreírle, no besarla, no alargarle un dedo, al que se agarraba gritando y estremeciéndose con todo el cuerpo; no ofrecerle los labios, que apretaba con su boca, como si los estuviera besando. A

Después de devolver la niña a la nodriza y de despedir a ambas, abrió el medallón en el que guardaba un retrato de Seriozha, cuando tenía más o menos la misma edad que la niña. Se levantó, se quitó el sombrero y tomó de la mesa un álbum con fotografías de su hijo a distintas edades. Quería comparar las fotografías y empezó a sacarlas del álbum. Sólo dejó una, la última y también la mejor. Seriozha, con una camisa blanca, sentado a horcajadas sobre una silla, fruncía el ceño y sonreía. Esta expresión peculiar era la que más le gustaba. Con sus ágiles y pequeñas manos, cuyos dedos blancos y finos parecían especialmente tensos ese día, tiró varias veces de la punta de la fotografía, pero ésta se había enganchado y no conseguía sacarla. Como no tenía a mano una plegadera, cogió la fotografía que había al lado (un retrato de Vronski, hecho en Roma, con sombrero hongo y cabellos largos), y, valiéndose de ella, extrajo la fotografía de su hijo. «¡Sí, aquí está!», se dijo, contemplando el rostro de Vronski, y de pronto recordó que él era el culpable de sus sufrimientos actuales. No se había acordado de él en toda la mañana. Pero ahora, al ver sus rasgos nobles y varoniles, tan familiares y queridos, sintió que una inesperada oleada de amor inundaba su corazón.

«¿Dónde estará? ¿Cómo es posible que me deje sola con mi dolor?», se preguntó con amargura, olvidando que ella misma le había ocultado todo lo relativo a su hijo. Envió recado de que fuera a verla en seguida, y se quedó esperándolo con el corazón encogido, pensando en las palabras con que se lo contaría todo y en las expresiones de amor con que él la confortaría. El criado volvió con la respuesta: el señor tenía un invitado, pero no tardaría en subir; le preguntaba si podía recibirlo con el príncipe Yashvín, que acababa de llegar a San Petersburgo. «No vendrá solo, y eso que no lo veo desde la comida de ayer —pensaba—. No podré decirle nada, porque vendrá con Yashvín.» Y de pronto se le pasó por la cabeza una idea extraña: ¿y si había dejado de quererla?

Al repasar los acontecimientos de los últimos días, le pareció ver en todo una confirmación de esa terrible sospecha: la víspera no había comido con ella, había insistido en que se alojaran por separado en San Petersburgo y ahora iba a verla en compañía de otra persona, como si temiera una entrevista cara a cara.

«Pero debe decírmelo. Necesito saberlo. Y, cuando me entere, ya veré lo que hago», se dijo, incapaz de imaginarse lo que sería de ella si la indiferencia de Vronski se confirmaba. Al pensar que había dejado de quererla, se sintió casi desesperada y fue presa de una agitación extrema. Llamó a la doncella y pasó a su tocador. Prestó mucha mayor atención a su atavío que en esos últimos días, como si Vronski, que había dejado de quererla, pudiera volver a enamorarse de ella porque luciera el traje y el peinado que más le favorecían.

Cuando sonó el timbre todavía no estaba lista.

Al hacer su aparición en el salón no la recibió la mirada de Vronski, sino la de Yashvín. Vronski contemplaba las fotografías de Seriozha que A

—Ya nos conocemos —dijo A

—Pues lo lamento mucho porque mis gustos son cada vez peores —replicó Yashvín, mordiéndose la guía izquierda del bigote.

Después de charlar un rato, y advirtiendo que Vronski consultaba el reloj, Yashvín preguntó a A

—Creo que no —respondió A

—Entonces, ¿no nos veremos más? —preguntó Yashvín, levantándose y dirigiéndose a Vronski—. ¿Dónde vas a comer?

—Vengan a comer conmigo —dijo A

—Encantado —dijo Yashvín con una sonrisa, por la que Vronski dedujo que A

Yashvín se despidió y salió. Vronski se dispuso a seguirle.

—¿Tú también te vas? —le preguntó A