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—Creo que lo compraré —repuso Vronski.
La conversación sobre caballos le interesó, pero no dejó de pensar en A
—A
Yashvín vertió una copa más de coñac en el agua burbujeante, y, después de apurarla, se puso en pie y se abrochó el uniforme.
—Bueno, ¿nos vamos? —preguntó con una discreta sonrisa, que apenas se perfiló por debajo del bigote, con la que quería darle a entender que comprendía la causa de su enfado, pero que no le concedía la menor importancia.
—Yo no voy —respondió Vronski con aire sombrío.
—Pues yo tengo que ir, porque lo he prometido. Adiós, entonces. También puedes ir al patio de butacas. Ocupa el lugar de Krasinski —añadió Yashvín desde la puerta.
—No, tengo cosas que hacer.
«Si ya tiene uno quebraderos de cabeza con una esposa, con una amante ni te cuento», iba pensando Yashvín, cuando salió del hotel.
Una vez solo, Vronski se levantó y se puso a recorrer la habitación de un extremo al otro.
«¿Qué toca hoy? La cuarta función de abono... Yegor acudirá con su mujer y probablemente también mi madre. En resumidas cuentas, estará todo San Petersburgo. Ya habrá entrado, se habrá quitado el abrigo, habrá hecho su aparición en la sala. Tushkévich, Yashvín, Varvara... —se imaginó—. ¿Y yo? Dirán que tengo miedo o que he encargado a Tushkévich que la proteja. Se mire por donde se mire, es una estupidez... ¿Por qué me pone en esa situación?», se preguntó, haciendo un gesto tan brusco con la mano que golpeó la mesita con el agua de seltz y la garrafita de coñac y estuvo a punto de derribarla. Trató de sujetarla, antes de que se viniera abajo, pero no lo consiguió. Enfadado, le pegó un puntapié y llamó al criado.
—Si quieres seguir a mi servicio —le dijo—, cumple con tu obligación. Que no vuelva a repetirse. Tendrías que haber retirado todo esto.
El ayuda de cámara, que no se consideraba culpable, quiso justificarse, pero, al ver la cara de su señor, comprendió que era mejor callar, y, después de unas disculpas apresuradas, se arrodilló sobe la alfombra y se puso a separar las copas y las botellas intactas de las rotas.
—No te corresponde a ti hacer eso. Dile al criado que venga a recogerlo y prepárame el frac.
Vronski entró en el teatro a las ocho y media. El espectáculo estaba en su apogeo. El viejo acomodador le ayudó a quitarse la pelliza y, al reconocerlo, lo llamo «su excelencia» y le dijo que no era necesario que cogiera número, bastaba con que a la salida llamara a Fiódor. Además del acomodador y de dos criados con sendas pellizas al brazo, que escuchaban al lado de la puerta, en el pasillo inundado de luz no había nadie. Al otro lado de la puerta entornada se oían los acordes de la orquesta, que acompañaba con un discreto staccatouna voz femenina que pronunciaba una frase musical con exquisita precisión. En ese momento la puerta se abrió del todo, dando paso a un acomodador, y la frase musical, ya en su final, hirió el oído de Vronski. No obstante, la puerta se cerró en seguida, y Vronski no pudo oír el final de la frase ni de la cadencia, pero por los atronadores aplausos que le llegaban del otro lado comprendió que había terminado. Cuando entró en la sala, brillantemente iluminada por arañas y lámparas de gas de bronce, el estruendo aún continuaba. En el escenario la cantante, deslumbrante con su ristra de diamantes y sus hombros desnudos, saludaba, sonreía y, con la ayuda del tenor, que la sujetaba de la mano, cogía las flores que le arrojaban con bastante torpeza por encima de las candilejas; luego se acercó a un señor peinado con raya al medio, los cabellos brillantes de pomada, que extendió los largos brazos y le ofreció algo. El público, tanto en el patio de butacas como en los palcos, se agitaba, se inclinaba hacia delante, gritaba y aplaudía. El director de orquesta, desde su podio, hacía cuanto podía para que el regalo llegara a su destinataria, al tiempo que se arreglaba la corbata blanca. Vronski llegó al centro del patio de butacas, se detuvo y echó un vistazo a su alrededor. Prestaba menos atención que de costumbre al ambiente, tan conocido y habitual, al escenario, al bullicio, a la muchedumbre abigarrada, anodina y familiar que abarrotaba el teatro.
En los palcos estaban las mismas señoras de siempre, con los mismos oficiales detrás; las mismas mujeres con vestidos multicolores (sólo Dios sabía quiénes eran), los mismos uniformes, las mismas levitas, la misma muchedumbre sucia en el gallinero; entre toda esa gente que copaba los palcos y las primeras filas sólo había cuarenta hombres y mujeres de verdad. Vronski fijó inmediatamente su atención en esos oasis y se puso a saludar a unos y a otros.
Como el acto había concluido, antes de entrar en el palco de su hermano, se dirigió a la primera fila de butacas. Serpujovski, que estaba apoyado en las candilejas, la rodilla doblada, dando golpecitos en la pared con el tacón, lo había visto de lejos y lo había llamado con una sonrisa.
Vronski aún no había visto a A
—¡Qué poco te ha quedado de tu pasado militar! —le dijo Serpujovski—. Pareces un diplomático, un artista o algo por el estilo.
—Sí, nada más volver a Rusia, me he puesto el frac —respondió Vronski, sonriendo y sacando lentamente los gemelos.
—Reconozco que en ese sentido te envidio. Cuando vuelvo del extranjero y me pongo esto —dijo Serpujovski, tocándose las charreteras—, me da pena de mi libertad perdida.
Hacía ya tiempo que Serpujovski había dejado de preocuparse de la carrera militar de Vronski, pero seguía apreciándole lo mismo que antes, y en esa ocasión se mostró especialmente amable con él.
—Qué lástima que te hayas perdido el primer acto.
Vronski, sin prestar demasiada atención a lo que decía, recorría con los gemelos el patio de butacas y los palcos. De pronto vio la cabeza de A
Cuando volvió a dirigir los gemelos hacia allí, advirtió que la princesa Varvara, muy colorada, se reía de un modo muy poco natural, sin dejar de mirar el palco de al lado. A