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Cuando Lisbeth se lo preguntó, Mikael Blomkvist la miró con una atormentada expresión en el rostro.
– Eso es pura cábala -contestó, y siguió clasificando las cuentas bancarias.
Habían salido de la isla de Hedeby por la mañana, muy temprano y a toda prisa, después de que Lisbeth Salander dejaba caer esa bomba informativa que ahora ocupaba todo el tiempo de Mikael Blomkvist. Fueron derechos a casa de Lisbeth y pasaron cuarenta y ocho horas delante del ordenador mientras ella le guiaba por el universo de We
– Lisbeth, ¿cómo es posible que puedas controlar, prácticamente, su ordenador?
– Es un pequeño invento de mi amigo Plague. We
– ¿No tiene cortafuegos?
Lisbeth sonrió.
– Sí, tiene uno. Pero la idea es que el manguito también funciona como una especie de cortafuegos. Por eso piratear el ordenador lleva su tiempo. Pongamos que We
– ¿Y?
– Cuando las últimas piezas están en su sitio, el programa se integra en su navegador de internet. A él le da la impresión de que su ordenador se queda colgado y debe reiniciarlo. Durante el reinicio se instala un programa completamente nuevo. Usa Microsoft Explorer. La siguiente vez que el Explorer se pone en marcha lo que en realidad está arrancando es otro programa, invisible en su escritorio; se parece al Explorer y funciona como él, pero también hace muchas otras cosas. Primero asume el control de su cortafuegos y se asegura de que todo parezca funcionar perfectamente. Luego empieza a escanear el ordenador enviando fragmentos de información cada vez que navega y hace clic con el ratón. Al cabo de un tiempo -depende de lo que navegue por Internet-, nos hemos hecho con un espejo completo del contenido de su disco duro en un servidor que se encuentra en algún sitio. Así llega la hora del HT.
– ¿HT?
– Sorry. Plague lo llama HT: Hostile Takeover.
– De acuerdo.
– Lo realmente ingenioso es lo que ocurre a continuación. Cuando la estructura está lista, We
– Supongo que tu amigo también es un hacker.
– Fue él quien organizó la escucha telefónica de Londres. Es un pelín incompetente socialmente y nunca ve a nadie, pero en la red es toda una leyenda.
– De acuerdo -dijo Mikael, mostrándole una resignada sonrisa-. Segunda pregunta: ¿por qué no me has contado todo esto antes?
– Nunca me lo has preguntado.
– Y si nunca te hubiera formulado la pregunta, pongamos que nunca te hubiese conocido, ¿te habrías guardado la información de que We
– Nadie me ha pedido que descubra a We
– ¿Y si te lo hubiesen pedido?
– Bueno; ya te lo he contado, ¿no? -contestó Lisbeth, poniéndose a la defensiva.
Mikael dejó el tema.
Mikael estaba completamente absorto en el contenido del ordenador de We
– No entiendo cómo puede haber sido tan tremendamente estúpido como para reunir todo el material sobre sus sucios trapícheos en un disco duro -dijo Mikael-. Si esto llega a caer en manos de la policía…
– La gente no actúa de manera racional. Yo diría que simplemente no le entra en la cabeza que la policía pueda confiscar su ordenador.
– Pensará que está por encima de cualquier sospecha. Es cierto que se trata de un arrogante cabrón, pero debe de estar rodeado de consultores de seguridad que le aconsejan en temas informáticos. Hay archivos que incluso datan de 1993.
– El ordenador es bastante nuevo. Fue fabricado hace un año, pero, en vez de almacenar en cedes toda la correspondencia antigua y cosas por el estilo, We
– Lo cual no sirve para absolutamente nada si ya estás dentro del ordenador y puedes leer las contraseñas cada vez que las teclea.
Una noche, a las tres, cuando ya llevaban cuatro días en Estocolmo, Christer Malm llamó al móvil de Mikael y lo despertó.
– Henry Cortez ha salido con una amiga esta noche.
– ¿Ah, sí? -contestó Mikael, adormilado.
– De camino a casa han parado en el bar de la Estación Central.
– Menudo garito para seducir a una mujer.
– Escúchame. Ja
– ¿Y?
– Henry reconoció al hombre gracias a su byline: Krister Söder.
– Me suena el nombre, pero…
– Trabaja en Finansmagasinet Monopol, propiedad del Grupo We
Mikael se incorporó.
– ¿Sigues ahí?
– Sigo aquí. No tiene por qué significar nada. Söder es un periodista normal y corriente; puede que sea un viejo amigo de Dahlman.
– De acuerdo. Me he vuelto paranoico. Hace tres meses Mille
– Ya, pero eso son cosas que pasan. ¿Has hablado con Erika?
– No, sigue fuera; no vuelve hasta la semana que viene.
– No hagas nada. Te vuelvo a llamar -dijo Mikael, y apagó el móvil.
– ¿Problemas? -preguntó Lisbeth Salander.
– Mille
A las cuatro de la mañana la redacción estaba desierta. Lisbeth tardó unos tres minutos en dar con la contraseña para entrar en el ordenador de Ja
Sin embargo, la mayoría de los correos electrónicos de Dahlman estaba en su portátil, al que no tenían acceso. Pero a través del ordenador de sobremesa de Mille