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Fue entonces cuando empecé a traicionarla.

No es que fuera por ahí contando sus secretos o poniéndola en evidencia. No revelé nada que hubiera que mantener oculto. Al contrario: mantuve oculto lo que debería haber revelado. Me negué a admitir su existencia. Sé que negar a alguien es un tipo más bien inofensivo de traición. Desde fuera no se aprecia si uno está negando a alguien o simplemente pretende ser discreto o considerado o sólo intenta evitar situaciones delicadas o molestas. Pero el que niega a otro sabe muy bien lo que hace. Y negar una relación es una manera de socavarla tan grave como otras formas de traición más espectaculares.

Ya no recuerdo cuándo negué a Ha

Ellos notaban que yo no era del todo sincero, y eso no mejoraba las cosas. Una tarde, mientras volvía a casa con Sophie, nos sorprendió una tormenta y nos refugiamos bajo el zaguán de una casa de campo del Neuenheimer Feld; por entonces todavía no se había instalado allí la universidad, y sólo había huertos y jardines. Tronaba y relampagueaba, el viento soplaba fuerte y caía una lluvia cerrada, con gruesas gotas. La temperatura bajó enseguida unos cinco grados. De repente tuvimos frío, y la rodeé con el brazo.

– Oye -dijo ella, sin mirarme; miraba a la lluvia.

– ¿Sí?

– Has estado mucho tiempo enfermo, hepatitis, ¿verdad? ¿Es eso lo que te da tantos problemas? ¿Tienes miedo de no volver a ponerte bueno? ¿Qué te han dicho los médicos? ¿Tienes que ir cada día a la clínica, a que te hagan transfusiones, o algo así?

Ha

– No, Sophie. Ya no estoy enfermo. Los análisis del hígado me salen bien. Me han dicho que dentro de un año ya podré beber alcohol si quiero, pero no quiero. Lo que me…

Tratándose de Ha

– No es por eso por lo que siempre llego tarde o me voy pronto; es por otra cosa.

– ¿No tienes ganas de hablar de eso otro? ¿O a lo mejor sí quieres, pero no sabes cómo?

¿No tenía ganas, o no sabía cómo? Ni yo mismo lo sabía. Pero viéndonos allí, bajo los relámpagos, los truenos, que resonaban cercanos, y la lluvia, que caía ruidosamente, al vernos allí, pasando frío juntos, calentándonos un poco el uno al otro, tuve la sensación de que a Sophie, precisamente a ella, tenía que hablarle de Ha

– A lo mejor te lo cuento otro día.

Pero ese día no llegó nunca.

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Nunca supe lo que hacía Ha

0 me recitaba: «Pues mira, tengo que barrer, tengo que fregar, tengo que lavar, tengo que planchar, tengo que comprar, tengo que hacer el desayuno, la comida y la cena y beberme un vaso de leche y meterme en la cama.»

Tampoco me la encontré nunca casualmente en la calle, o en una tienda, o en el cine. Decía que le gustaba mucho ir al cine, y durante los primeros meses insistí en que fuéramos juntos, pero ella no quería. A veces hablábamos de películas que habíamos visto los dos. En cuestión de cine, parecía tener los gustos más variopintos: veía toda clase de películas, desde bélicas o folklóricas alemanas hasta la nouvelle vague, pasando por las del Oeste. A mí lo que me gustaba era todo lo que venía de Hollywood, fueran películas de romanos o de vaqueros. Había una del Oeste que nos gustaba especialmente; salía Richard Widmark en el papel de un sheriff que debe afrontar a la mañana siguiente un duelo que no tiene ninguna posibilidad de ganar; al anochecer llama a la puerta de Dorothy Malone, que le ha aconsejado huir, aunque él no le ha hecho caso. Ella abre la puerta. «¿Qué quieres? ¿Toda tu vida en una noche?» A veces, cuando yo llegaba rebosante de deseo, Ha

Sólo una vez vi a Ha

Hacía días que Ha

Pero ella no quiso.

Prefiero bañarte, chiquillo.

No fue el bochorno veraniego lo que se posó sobre mí como una pesada tela cuando entré en la cocina. Era el calentador, que estaba encendido. Ha

– Y ahora vete con tus amigos.

Me despidió, y yo me fui. El calor envolvía las casas, yacía sobre los huertos y jardines y reverberaba sobre el asfalto. Me sentía aturdido. En la piscina, el griterío de los niños que jugaban y chapoteaban llegaba a mis oídos como desde muy lejos. Me encontraba en el mundo como si no formara parte de él ni él de mí. Me sumergí en el agua clorada y turbia y no sentí la necesidad de volver a asomar afuera. Me eché junto a los otros, les escuché y lo que decían me pareció ridículo y trivial.