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En algún momento ese estado de ánimo se disipó. En algún momento, aquello se convirtió en una tarde normal en la piscina, con deberes por hacer, partido de voleibol, chismes y coqueteo. No me acuerdo en absoluto de lo que estaba haciendo cuando levanté la vista y la vi.

Estaba a unos veinte o treinta metros, con pantalones cortos y una blusa desabrochada, anudada en la cintura, y me miraba. Yo la miré a ella. A aquella distancia no pude interpretar la expresión de su cara. En vez de levantarme de un salto y echar a correr hacia ella, me quedé quieto preguntándome qué hacía ella en la piscina, si acaso quería que yo la viera, que nos vieran juntos, si quería yo que nos viesen juntos. Nunca nos habíamos encontrado casualmente y no sabía qué hacer. Y entonces me puse en pie. En el breve instante en que aparté la vista de ella al levantarme, Ha

Ha

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Al día siguiente Ha

Una vez más me senté en los escalones. Al principio siempre estaba informado de los recorridos que le tocaban, aunque nunca volví a subirme al tranvía, ni intenté siquiera ir a buscarla a la salida del trabajo. Al cabo de un tiempo dejé de preguntarle, ya no me interesaba. Y hasta entonces no me había dado cuenta de ello.

Llamé a la compañía de tranvías desde la cabina telefónica de la Wilhelmsplatz, y tras hablar con varias personas supe que Ha

– ¿Frau Schmitz? Se ha ido esta mañana.

– ¿Y los muebles?

– Los muebles no son suyos.

– ¿Cuánto tiempo hacía que vivía en el piso?

– ¿Y a usted qué le importa?

La mujer cerró la abertura de la puerta por la que habíamos hablado.

En las oficinas de la compañía de tranvías pregunté por el departamento de personal y al fin conseguí hablar con el responsable, un hombre muy atento, preocupado por el asunto.

– Ha llamado esta mañana, con suficiente antelación para que pudiéramos buscar una sustituta, y ha dicho que no vendría más. Nunca más -dijo meneando la cabeza-. Hace quince días la tenía aquí sentada donde está usted, y le ofrecí hacer un cursillo para conductora. Y ahora lo echa todo por tierra.

Hasta al cabo de unos días no se me ocurrió ir al registro civil. Se había dado de baja para trasladarse a Hamburgo, sin dejar dirección de contacto.

Estuve enfermo varios días. Hice todo lo posible para disimular delante de mis padres y mis hermanos. En la mesa hablaba un poco y comía otro poco, y cuando me daban náuseas conseguía llegar al lavabo sin que se notase nada. Seguí yendo al instituto y a la piscina. Allí pasaba las tardes en un rincón apartado, donde nadie me buscaba. Mi cuerpo echaba en falta a Ha

A veces intentaba convencerme de que aquella mujer a la que había visto en la piscina no era ella. ¿Cómo podía estar seguro de que era Ha

Pero sabía muy bien que sí era Ha

Segunda parte

1

Después de marcharse Ha

Mis últimos años en el instituto y los primeros en la universidad los recuerdo como una época feliz. Pero al mismo tiempo no tengo gran cosa que contar sobre ellos. Fueron años de pocas fatigas; la selectividad no fue un gran obstáculo para mí, y la carrera de Derecho, que había escogido por no saber qué otra escoger, tampoco era demasiado difícil; ni me costaba hacer amigos, relacionarme con mujeres o separarme de ellas; nada me parecía difícil. Todo era fácil, ligero.

Quizá por eso es tan pequeño el bagaje de recuerdos que guardo de aquella época. ¿O quizás es que lo quiero ver pequeño? También me pregunto si todos esos recuerdos felices son de verdad. Cuando profundizo un poco más con el pensamiento, empiezo a recordar bastantes episodios teñidos de vergüenza y dolor. Y también es cierto que había conseguido desterrar el recuerdo de Ha

Adopté una actitud de fanfarronería y superioridad; me esforzaba por mostrarme como alguien que no se dejaba afectar, conmover ni confundir por nada. No estaba dispuesto a hacer ninguna concesión, y recuerdo que despaché con arrogancia a un profesor que se había dado cuenta de mi actitud y me lo comentó.

También me acuerdo de Sophie. Poco después de marcharse Ha