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– Berg, el hecho de que Sophie sea un nombre griego no es motivo para que estudie usted tan atentamente a su compañera durante la clase. ¡Traduzca!
Traducíamos la Odisea. Yo ya la había leído en alemán, y me gustaba y me sigue gustando. Cuando me tocaba el turno, me bastaban unos pocos segundos para orientarme y empezar a traducir. El profesor me había puesto en ridículo, y el resto de la clase lo celebró a carcajadas, pero si me quedé un momento sin habla no fue por eso. Nausica, igual a los mortales en figura y aspecto, Nausica, la doncella de pálidos brazos: ¿en quién la veía encarnada, en Ha
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Cuando se paran por avería los motores de un avión, eso no significa que se acabe el vuelo. Los aviones no caen del cielo como piedras. Los enormes aviones de pasajeros de cuatro motores pueden seguir planeando entre media hora y tres cuartos, hasta estrellarse al intentar aterrizar. Los pasajeros no se dan cuenta de nada. Volar con los motores parados produce la misma sensación que hacerlo con los motores en marcha. Hay menos ruido, pero no mucho menos: el aire que cortan el fuselaje y las alas hace más ruido que los motores. Llega un momento en que al mirar por la ventanilla se ve la tierra o el mar amenazadoramente cerca. Eso si las azafatas o los auxiliares no cierran las persianas de las ventanillas y ponen un vídeo. Quizá los pasajeros incluso se sientan mejor, al haber menos ruido.
El verano fue el vuelo sin motor de nuestro amor. O, mejor dicho, de mi amor por Ha
Mantuvimos nuestro ritual de lectura, ducha, amor y reposo. Le leí Guerra y paz, con todas las digresiones de Tolstói sobre la historia, los grandes hombres, Rusia, el amor y el matrimonio; debieron de ser entre cuarenta y cincuenta horas. Y, como siempre, Ha
Empezamos a ponernos nombres cariñosos. Ella ahora ya no me llamaba sólo chiquillo, sino también -con diferentes atributos y diminutivos- ranita, cachorro, joyita, rosa. Yo continuaba llamándola Ha
– Imagínate que me abrazas y cierras los ojos. ¿Que animal es el primero que te viene a la cabeza?
Cerré los ojos y pensé en animales. Yacíamos pegados el uno al otro, con mi cabeza contra su cuello, mi cuello contra sus pechos, mi brazo izquierdo bajo su espalda, y el derecho bajo su trasero. Le acariciaba con los brazos y las manos la ancha espalda, los muslos duros, el trasero firme, y sentía también sus pechos y su vientre fuertemente pegados a mi cuello y mi pecho. Su piel era lisa y suave al tacto, y su cuerpo, debajo de la piel, se adivinaba lleno de energía y firmeza. Al posar la mano sobre su pantorrilla, sentí un movimiento rítmico de los músculos, como un estremecimiento. Eso me recordó el estremecimiento de la piel con que los caballos espantan a las moscas.
– En un caballo.
– ¿Un caballo?
Se separó de mí, se incorporó y se me quedó mirando. En sus ojos había una expresión de horror.
– ¿No te gusta?
Le expliqué mi asociación de ideas:
– Lo digo porque eres tan agradable de tocar, lisa y suave y al mismo tiempo firme y fuerte. Y porque te tiembla la pantorrilla.
Miró el movimiento de sus pantorrillas.
– Un caballo… -dijo, meneando la cabeza-. No estoy muy segura…
Aquello era extraño en ella. Normalmente era muy clara: las cosas le parecían bien o le parecían mal. Al ver la expresión de horror de su mirada, me dispuse, si hacía falta, a retirarlo lodo, acusarme a mí mismo y pedirle perdón. Pero aquella vez era diferente, y sentí que podía negociar, defender la idea del caballo.
– Podría llamarte cheval, en francés, o potrillo, o Bucéfalo, o decirte arre, caballito. No pienses en las cosas feas de los caballos, como los dientes, o la calavera de un caballo muerto, o cosas así. Piensa en cosas bonitas, en lo que los caballos tienen de cálido, de suave, de fuerte. Tú no eres ningún conejito, ni ningún gatito. Podría llamarte tigresa, pero tú no tienes esos malos instintos de los felinos.
Se echó boca arriba, con los brazos cruzados por detrás de la nuca. Yo me incorporé y la miré. Ha
– Vale, de acuerdo, puedes llamarme caballo, o las otras palabras que me has dicho… ¿Me las explicas?
Una vez fuimos juntos al teatro en la ciudad vecina, a ver Intriga y amor. Era la primera vez que Ha
Ella sabía que en verano mi vida no giraba sólo en torno a ella, la escuela y el estudio. Muchas veces, cada-vez más a menudo, me pasaba por la piscina antes de ir a casa de Ha
Yo también reaccioné con mal humor y acabamos discutiendo. Entonces Ha