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– Aun a riesgo de hacerlo saltar todo por los aires. Lo miró con una expresión de afabilidad.

– Ahora tengo que hablar con mi enemigo. – ¿Enemigo? ¿Puedo ayudarla en algo?

– Si no logro lo que deseo, su muerte no sería ninguna ventaja.

– Lo siento. Me parece un hombre peligroso.

– Atienda a la señora Charles; le espera – murmuró Di

– Señorita Cherrell… – dijo éste con deferencia, como si ella acabase de caer de la luna.

– He oído decir que ha disparado usted de un modo asombroso.

– ¡Bueno! No estoy acostumbrado a esperar que los pájaros le rueguen al cazador que tire, como lo hacen aquí. A lo mejor, con el tiempo, llegaré a habituarme, pero por el momento lo considero una experiencia completamente nueva.

– ¿Le ha parecido hermoso el jardín?

– Desde luego – exclamó -. Estar en la misma casa que usted es un privilegio que aprecio profundamente, señorita Cherrell.

«¡Cañones a mi derecha, cañones a mi izquierda!» – reflexionó Di

– ¿Ha estado usted pensando -preguntó repentinamente,- qué podrá hacer con respecto al asunto de mi hermano

Hallorsen bajó la voz.

– Siento una gran admiración hacia usted, señorita Cherrell, y haré lo que usted me diga. Si lo desea, enviaré una carta a los periódicos retirando las observaciones hechas en mi libro.

– ¿Y qué quiere a cambio de eso, profesor Hallorsen? – Bueno… nada más que su benevolencia.

– Mi hermano me ha entregado su Diario para que lo haga publicar.

– Si eso puede servirle de consuelo… hágalo.

– Me pregunto si ustedes dos intentaron alguna vez comprenderse.

– Creo que no.

– Sin embargo, eran sólo cuatro hombres blancos, ¿no es así? ¿Puedo preguntarle qué había en mi hermano que le irritaba a usted?

– De decírselo, me guardaría usted rencor. – ¡Oh, no! «Puedo» ser imparcial.

– Bien, ante todo encontré que ya había decidido demasiadas cosas y que no quería cambiar de parecer. Estábamos en un país que ninguno de nosotros conocía, entre mestizos y gente casi incivilizada, pero el capitán Cherrell pretendía que se hicieran las cosas como las habrían hecho aquí, en Inglaterra. Quería que se establecieran unos reglamentos y que éstos fueran observados. Y estoy seguro que, de habérselo permitido, se hubiese cambiado de traje para cenar.

– Creo que debe usted recordar – lo interrumpió Di

– Desde luego, no es el típico John Bull – dijo él, indicando con un signo de la cabeza el extremo de la mesa-, como lord Saxenden y el señor Bentworth. Quizá, de ser así, le hubiese comprendido mejor. No; es muy sensible y está sometido a una disciplina de hierro. Sus emociones lo roen interiormente. Se parece a un caballo de carreras enganchado a un coche de punto. Me figuro, señorita Cherrell, que la suya es una familia muy antigua.

– Aún no ha llegado a la senectud.

Vio que su mirada se posaba sobre su tío Adrián, pasando luego a su tía Wilmet y de ésta a lady Mont.

– Me gustaría discutir sobre las viejas familias con su tío, el conservador.

– ¿Qué más le parecía desagradable en, mi hermano?

– Bueno, me daba la sensación de que yo era un hombre muy tosco.

Di

– Estábamos en un país infernal, si usted me permite la expresión – continu6 Hallorsen -, un país de materia bruta. En realidad, yo mismo era materia bruta. Tenía que encontrarme con otra materia bruta y vencerla; y esto era lo que él no quería ser.

– Quizá no podía. ¿No cree usted que el verdadero mal estriba en que usted es americano y él inglés? Confiese, profesor, que los ingleses no le gustamos.

Hallorsen rió

– «Usted» me gusta terriblemente. – Gracias, pero cada regla…

El rostro de Hallorsen se endureció.

– Bien – dijo -, no me agrada que alguien se atribuya tina superioridad en la que no creo.

– Pero, ¿acaso tenemos el monopolio de eso? ¿Y los franceses?

– De ser un orangután, señorita Cherrell, me importaría un bledo que un chimpancé se creyese superior a mí.

– Creo entender que usted alude a que hay excesiva distancia. Pero, perdone, profesor, ¿y ustedes? ¿No son el pueblo predestinado? ¿No lo dicen así a menudo? ¿Y acaso se cambiarían con cualquier otro pueblo?

– Decididamente, no

– ¿Y no es eso atribuirse una superioridad en la que «nosotros» no creemos?

Hallorsen volvió a reír.

– Me ha puesto usted en una situación embarazosa; pera no hemos tocado el nudo de la cuestión. En cada hombre existe un «snob». Nosotros somos un pueblo nuevo; no poseemos sus raíces ni sus antigüedades; no tenemos la costumbre de darnos por supuestos; somos demasiado múltiples y varios en suma, aún nos hemos de formar. Pero, aun así, tenemos muchas cosas que podrían despertar la envidia de ustedes, aparte de nuestros dólares y de nuestros cuartos de baño.

– ¿Qué podríamos envidiarles? Me gustaría mucho ver claro en esta cuestión.

– Señorita Cherrell, nosotros sabemos que poseemos cualidades y energías, fe y circunstancias favorables que, en realidad, tendrían que envidiamos y, cuando no lo hacen, juzgamos inútil adoptar una actitud de superioridad y arrogancia. $s como si un hombre de sesenta años mirara de arriba abajo a un joven de treinta; no hay error más condenado que éste. Y perdone la expresión.

Di

Ustedes, los ingleses, nos irritan – continuó Hallorsen – porque han perdido el afán investigador y, si lo conservan todavía, la verdad es que tienen un modo muy elegante de ocultarlo. Supongo que existen muchas cosas con las que les irritamos. Pero nosotros les irritamos la epidermis, mientras que ustedes nos irritan los centros nerviosos. Eso es todo, señorita Cherrell.

– He comprendido – dijo Di

El joven Tasburgh estaba cerca de la puerta y ella le sonrió también a él, murmurándole

– Vaya a charlar con mi amigo-enemigo. Vale la pena.

Al llegar a la salita buscó a la «leoparda», pero en su conversación ambas se sintieron obligadas a esconder la mutua admiración que ninguna de las dos deseaba demostrar. Jean Tasburgh tenía sólo veintiún años, pero a Di

Llegada a esta conclusión, dudó si debía deseárselo.

Esta era la mujer que hacía falta para proporcionarle a su hermano la rápida distracción que necesitaba. Pero ¿era él lo bastante fuerte y vivo para hacerle frente? ¿Y si se enamoraba de ella, y ella no quería saber nada de él? O, suponiendo que ella se enamorara de él, ¿lo querría todo para sí? Luego había la cuestión dinero. ¿De qué vivirían si Hubert no recibía ningún cargo o si tenía que presentar su dimisión? Sin el sueldo no tendría más que trescientas libras al año y la muchacha probablemente no poseía-nada. Era una situación terrible. Si Hubert podía seguir en la carrera militar, no necesitaría distracciones. Si continuaba suspendido, necesitaba distracciones, pero 'no podía ofrecérselas. Sin embargo, ¿no era ésta, precisamente, la muchacha que, en cierto modo, haría la carrera del hombre con quien se casara?