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Entre tanto, hablaban de cuadros italianos.
– A propósito – dijo Jean repentinamente -, lord Saxeden me ha dicho que quería usted que él le hiciese un favor.- ¡Oh!
– ¿De qué se trata? Dígamelo usted. Quizá pueda intervenir yo.
Di
– Quiero que mi hermano pueda volver a su regimiento o, mejor dicho, que le den algún cargo. Está en apuros a causa de la expedición que hizo a Bolivia con el profesor Hallorsen.
– ¿Se refiere al americano? ¿Ha sido por eso que le ha hecho invitar?
Di
– Si quiere que sea franca, sí. – Es un hombre bien parecido. – Eso mismo ha dicho su hermano.
– Alan es la persona más generosa del mundo. Se ha enamorado de usted.
– Sí, ya me lo ha dicho.
– Es un muchacho ingenuo. Pero dejemos eso. ¿Quiere realmente que hable con lord Saxenden?
– ¿Por qué quiere tomarse esa molestia?
– Me gusta meterme en todo. Déme libertad de acción y yo le procuraré ese nombramiento.
– Sé de fuente segura – dijo Di
Jean se-estiró.
– ¿Se parece a usted su hermano Hubert?
– En absoluto. Es moreno y tiene los ojos negros.
– Ya sabrá usted que hace mucho tiempo nuestras familias emparentaron gracias a un matrimonio. ¿Le interesan a usted las teorías de la herencia? Yo me dedico a la cría de airedales y no creo más que en la teoría de la diferenciación entre el macho y la hembra. La prepotencia puede transmitirse a través del macho o de la hembra a cualquier punto del «pedigree».
– Puede ser, pero, aparte el barniz amarillo, mi padre y mi hermano se parecen extraordinariamente al más antiguo retrato de antepasado varón que poseemos.
– Bueno, nosotros tenemos a una tal Fitzherbert, que en 1547 se casó con un Tasburgh y, excepción hecha de la lechuguilla, es mi vivo retrato. Incluso tiene mis manos.
La muchacha tendió ante Di
– Un signo característico – continuó – puede volver a aparecer después que varias generaciones han parecido perderlo. Es sumamente interesante. Me gustaría ver si su hermano es tan distinto de usted.
Di
– Le escribiré para que venga a buscarme con el coche. Es posible que no le encuentre usted digno de sus lisonjas. En ese momento entraron los hombres.
– Todos tienen aspecto de decir: «Deseo sentarme al lado de una. Mujer.» ¿Y por qué razón? Los hombres son cómicos después de las comidas – murmuró Di
La voz de sir Lawrence rompió el silencio
– Saxenden, ¿ quiere usted unirse al Squire para hacer un bridge»?
Ante estas palabras, tía Wilmet y lady Henrietta se levantaron automáticamente del sofá en que estaban tranquilamente sentadas manteniendo cada una su propia opinión, y se acercaron al punto en donde continuarían la cuestión por todo el resto de la velada. Lord Saxenden y el Squire las siguieron de cerca.
Jean Tasburgh hizo una mueca.
– ¿No le parece ver al «bridge» pegarse a la gente como un hongo?
– ¿Otra mesa? – propuso sir Lawrence -. ¿Adrián? No. ¿Profesor?
– Creo que no, sir Lawrence.
– Fleur, ¿por qué no jugamos tú y yo contra Em y Char les? Vamos. Terminaremos pronto.
– Pero no puede verle pegarse a tío Lawrence – murmuró Di
Hallorsen se inclinó.
– Hace una noche maravillosa – observó el joven Tasburgh, dirigiéndose a Di
La definición de la noche era exacta. El follaje de las encinas y de los olivos se enlazaba inmóvil en el aire obscuro; las estrellas brillaban como diamantes y no había escarcha; las flores sólo tenían colores si se las miraba de cerca; oíase algún ligero rumor solitario: el grito de un mochuelo, procedente de algún lugar cercano al río, y el zumbido de un escarabajo volador. El aire era tibio y la casa iluminada asomaba vagamente entre los cipreses de copas recortadas. Di
– Esta es una de las noches en las que se ve algo de la obra de Dios. Mi padre es un hombre bueno como el pan, pero sus funciones son tales que bastan para matar cualquier creencia. ¿Tiene usted alguna fe?
– ¿En Dios? ---preguntó Di
– ¿No encuentra usted que es imposible pensar en Dios, sin estar al descubierto y a solas?
– También en la iglesia he sentido emoción alguna vez. -y Yo creo que es necesario algo más que emoción. En mi opinión, se necesita comprender la infinita creación que se cumple en la paz infinita. El movimiento perpetuo y ,1g perpetua tranquilidad a un mismo tiempo. Ese americano me parece un buen muchacho.
¿Han hablado del cariño entre primos?
– He guardado esta conversación para usted. Tuvimos un mismo tatara-tatara-tatarabuelo bajo el reinado de Ana. En casa tenemos su retrato. Es un hombre terrible, cubierto con una peluca. Pero el hecho es que usted y yo somos primos. Por lo tanto, el amor sigue de cerca.
– ¿De veras? La sangre es una espada de doble filo. Pone en lid las diferencias.
– ¿Piensa usted en los americanos?
– Di
– De todos modos- dijo el marino -, no tengo la menor duda de que, encontrándome en una pelea, preferiría tener conmigo a un americano que no a cualquier otro extranjero. Y puedo decir que en la Armada todos pensamos lo mismo.
– ¿No será porque hablamos el mismo idioma?
– No. Es por las características y los puntos de vista que tenemos en común.
– Pero eso puede decirse tan sólo de los americanos de origen británico, ¿no es así?
– Siempre son esos americanos los que cuentan, sobre todo si con ellos se hallan comprendidos los otros de origen holandés y escandinavo, como es el caso de Hallorsen. También nosotros tenemos mucha de esta sangre.
.-. En tal caso, ¿por qué no incluir también a los americanos de origen alemán?
Podría hacerse hasta cierto punto. Pero considere la forma de la cabeza alemana. En fin de cuentas, los, alemanes son europeos centrales u orientales.
– Tendría usted que hablar con mi tío Adrián. – ¿Es ese alto, con perilla? Su cara me agrada.
– Es simpatiquísimo – dijo Di
– Un momento, por favor. Cuando le he hablado durante la cena lo he hecho perfectamente en serio. Usted, «es» mi ideal, y espero que me permitirá usted lograrlo.
Di
– Joven sir, usted me halaga. Pero – continuó sonrojándose ligeramente -, quisiera indicarle que ejerce usted una noble profesión…
– ¿Jamás habla usted en serio?
– Rara vez, particularmente si me encuentro bajo la escarcha.
El le cogió la mano.
– Bien, algún día lo hará usted, y yo seré la causa de ello. Aflojando ligeramente la presión de la mano, Di
– Hermosa primita – dijo Tasburgh -, pensaré en usted día y noche. No hace falta que se moleste en contestar.
Y abrió la puerta vidriera.
Cicely Mushkham estaba sentada al piano y Michael se hallaba detrás de ella.
Di
– Michael, voy a ir a la salita de Fleur. ¿Podrías indicársela a lord Saxenden? Si a las doce no hubiera venido, me iré a acostar. He de escoger los párrafos que quiero leer.
– Está bien, Di
Di