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Había leído poco tiempo antes las Memorias de uno que durante todo el período de la guerra pensó en movimientos y números y que, con una sola exclamación de espanto, había renunciado a pensar en los sufrimientos escondidos detrás de aquellos movimientos y de aquellos números; en la voluntad de ganar la guerra parecía haberse impuesto el deber de no pensar jamás en el lado humano de los problemas y, ella estaba segura, no se lo hubiera podido figurar ni de «quererlo» hacer. ¡Hombre de valía! Había oído hablar a Hubert desdeñosamente de aquellos «estrategas de salón» que se habían complacido con la guerra, excitados por él interés de combinar movimientos y números y de saber antes que nadie esto y lo de más allá y por la importancia que, debido a eso, se atribuían. Recordaba un párrafo de otro libro leído recientemente, que trataba de los hombres que dirigían lo que se llama progreso: estaban en los Bancos, en las oficinas de la City, en los despachos gubernamentales; todos ellos combinaban movimientos y números sin preocuparse de la carne y de la sangre, excepto de la suya propia; hombres que, sobre el papel, iniciaban esta o aquella empresa diciéndoles a éstos o a aquéllos

«! Haced lo que se os dice y hacedlo bien, o que el diablo os lleve!» Hombres con sombrero de copa o bien con traje de deporte, que guiaban la máquina de las empresas tropicales, de la extracción de minerales, de los grandes almacenes, de las construcciones, de los ferrocarriles, de las concesiones acá y acullá y en dondequiera que fuese.!Hombres de valía Hombres alegres, bien alimentados, indomables, de ojos glaciales, Siempre comiendo, siempre enterados de todo, despreocupados del coste de las vidas humanas y de los humanos sentimientos. «Sin embargo – pensó – deben tener verdadero valor, pues, de otro modo, ¿cómo podríamos tener goma, o carbón, o perlas, o ferrocarriles, o Cambio y Bolsa; o guerras?». Pensó en Hallorsen. Él, cuando menos, trabajaba y sufría por sus ideas, dirigía sus propias empresas y no se quedaba en su casa enterándose de todo, comiendo jamón, despellejando liebres y mandando los movimientos de los demás.

Entró en las tierras del Manor y se detuvo en el campo de «croquet». Su tía Wilmet y lady Henrietta parecían estar poniéndose de acuerdo en mantener cada una su propia opinión. Apelaron a ella.

– ¿Está bien de este modo, Di

– No. Cuando las pelotas se tocan, se continúa jugando pero, tía, no debes mover la pelota de lady Henrietta cuando le das a la tuya.

– Yo he dicho lo mismo – exclamó lady Henrietta.

– Desde luego, lo has dicho, Hen. Estoy en una posición magnífica. Bueno, mantengo mi opinión y continúo jugando – y tía Wilmet dio un golpe a su pelota enviándola al otro lado del pequeño arco, moviendo al hacerlo varias pulgadas la pelota de su contrincante.

– ¿No es una mujer sin escrúpulos? – musitó lady Henrietta en tono plañidero. Di

– Te pareces al Duque de Hierro, tía -manifestó salvo que tú no usas la palabra «condenado» tantas veces como él.

– Sí que la usa – manifestó lady Henrietta -. Su lenguaje es espantoso.

– Sigue, Hen – dijo tía Wilmet, halagada. Di

La doncella personal de su tía estaba pasando una diminuta maquinilla por el cogote de Fleur, mientras Michael, situado en el umbral del vestidor, sostenía entre los dedos las Puntas de su corbata blanca.

Fleur se volvió.

– Hola, Di

La doncella se fue y Michael avanzó para hacerse anudar la corbata.

– ¡Listo! -,-dijo Fleur y, mirando a Di

– Sí. Esta noche tengo que leerle unos párrafos del Diario de Hubert. La cuestión es la siguiente: ¿cuáles son los puntos adecuados a mi juventud e…

– ¿Inocencia, no, Di

– Jamás inocente, pero siempre virtuosa. De niña, Di

– Probablemente me preguntaba por qué me las habían arrancado.

– Hubieras tenido que llevar pantaloncitos largos y cazar mariposas, como las dos niñas de Gainsborough, en la Natio nal Gallery.

– Basta con esas amenidades – dijo Fleur -. Ha tocado ya la campana de la cena. Podéis ocupar mi salita y, si das un golpe, Michael entrará con un zapato, como si hubiera ratones.

– Espléndido – exclamó Di

– Nunca se sabe – repuso Michael -. Se parece más a un chivo.

– Esta es la habitación – indicó Fleur, mientras salían -. Cabinet particulier. ¡Buena suerte!…

CAPÍTULO X

Sentada entre Hallorsen y el joven Tasburgh, Di

– ¡Ah! – dijo él -. ¿Qué piensa usted de ella? – Que es fascinadora.

– Aunque se lo diga, no cambiará en lo más mínimo. Es la muchacha más positiva de la tierra. Parece sentirse bastante atraída por su vecino. ¿Quién es?

– Lord Saxenden.

– ¡Oh! ¿Y quién es el John Bull de la esquina de nuestro lado?

– Wilfred Bentworth. Todos le llaman el «Squire». – ¿Y el que habla con la mujer de Michael?

– El profesor Hallorsen. – Buen mozo.

– Eso dicen – contestó Di

– Un hombre no debería ser tan guapo. – Me alegro de oírselo decir.

– ¿Por qué?

– Porque así, también los feos podrán tener alguna ocasión.

– ¡Oh! ¿Usted las busca a menudo?

– ¿Sabe?, estoy terriblemente contento de haberla encontrado finalmente a usted.

– ¿Finalmente? ¡Pero si jamás había oído hablar de mí hasta esta mañana!

– No. Pero eso no impide que sea usted mi ideal.

– ¡Dios me ampare! ¿Es éste el modo de proceder que tienen en la Marina?

– Sí. La primera cosa que nos enseñan es a tomar rápidamente nuestras decisiones.

– Señor Tasburgh… – Alan.

– Comienzo a comprender eso de «en cada puerto un amor».

– Yo -repuso Tasburgh con seriedad – no tengo ni uno. Usted es la primera mujer que he deseado.

– ¡Uh! o quizá será mejor decir ¡cucú!

– ¡Es un hecho! Compréndame, la Marina es muy activa. Cuando vemos lo que queremos, hemos de cogerlo en seguida. ¡Se nos presentan tan pocas oportunidades!

Di

– ¿Cuántos años tiene usted? – Veintiocho.

– ¿Entonces no estuvo en Zeebrugge?

– Estuve

– Entiendo. Por lo visto, lanzarse al asalto se ha vuelto para usted una costumbre.