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XIII

Mi siguiente intento de "ver" tuvo lugar el 3 de septiembre de 1969. Don Juan me hizo fumar dos cuencos de la mezcla. Los efectos inmediatos fueron idénticos a los experimentados anteriormente. Recuerdo que, cuando mi cuerpo se hallaba adormecido por completo, don Juan me tomó del sobaco derecho y me condujo al espeso chaparral desértico que se extiende por kilómetros alrededor de su casa. No recuerdo qué hicimos don Juan o yo después de entrar en el matorral, ni cuánto tiempo anduvimos; en determinado momento me descubrí sentado en la cima de un cerrito. Don Juan había tomado asiento a mi izquierda, tocándome. Yo no podía sentirlo, pero lo veía con el rabo del ojo. Tuve la sensación de que me había estado hablando, aunque no lograba recordar sus palabras. De cualquier modo sentía saber exactamente lo que había dicho, pese al hecho de que no me era posible recobrarlo en mi memoria lúcida. Sentía que sus palabras eran como los vagones de un tren que se aleja, y la última era como un cabús cuadrangular. Yo sabía cuál era esa última palabra, pero no podía decirla ni pensar claramente en ella. Era un estado de semivigilia, con la imagen onírica de un tren de palabras.

Entonces oí muy levemente la voz de don Juan que me hablaba.

– Ahora debes mirarme -dijo, volviendo mi rostro hacia el suyo. Repitió la frase tres o cuatro veces.

Al mirar, descubrí de inmediato el mismo efecto de resplandor que dos veces antes había percibido en su cara; era un movimiento hipnotizante, un cambio ondulatorio de luz dentro de áreas contenidas. No había límites precisos para esas áreas, y sin embargo la luz ondulante no se derramaba: se movía dentro de fronteras invisibles.

Paseé la vista sobre el objeto resplandeciente frente a mí, y en el acto empezó a perder su brillo y los rasgos familiares del rostro de don Juan surgieron, o más bien se superpusieron al resplandor falleciente. Luego debo haber fijado una vez más la mirada: las facciones de don Juan se desvanecieron y el brillo se intensificó. Yo había puesto mi atención en una zona que debía ser, el ojo izquierdo. Advertí que allí el movimiento del resplandor no estaba contenido. Percibí algo como explosiones de chispas. Las explosiones eran rítmicas, y despedían unas como partículas de luz que volaban hacia mí con fuerza aparente y luego se retiraban como si fueran fibras de hule.

Don Juan debe haber hecho girar mi cabeza. De pronto me hallé mirando un campo de labranza.

– Ahora mira al frente -oí decir a don Juan.

Frente a mí, a unos doscientos metros, había un cerro grande y largo; toda la cuesta estaba arada. Surcos horizontales corrían paralelos desde la base hasta la cima del cerro. Noté que en el campo labrado había cantidad de piedras chicas y tres enormes peñascos que interrumpían la rectitud de los surcos. Justamente delante de mí había unos arbustos que me impedían observar los detalles de una barranca o cañada al pie del cerro. Desde donde me hallaba, la cañada parecía un corte profundo, con vegetación verde marcadamente distinta del cerro yermo. El verdor parecían ser árboles que crecían en el fondo de la cañada. Sentí una brisa soplar en mis ojos. Tuve un sentimiento de paz y quietud profunda. No se escuchaban pájaros ni insectos.

Don Juan volvió a hablarme. Me tomó un momento entender lo que decía.

– ¿Ves un hombre en ese campo? -preguntaba repetidamente.

Quise decirle que no había nadie en el campo, pero no pude vocalizar las palabras. Desde atrás, don Juan tomó mi cabeza entre sus manos -yo veía sus dedos sobre mi ceño y mis mejillas- y me hizo barrer todo el campo, moviéndome despacio la cabeza de derecha a izquierda y luego en dirección contraria.

– Observa cada detalle. Tu vida puede depender de ello -lo oí decir una y otra vez.

Me hizo recorrer cuatro veces el horizonte visual de 180 grados frente a mi. En cierto momento, cuando había movido mi cabeza hacia la extrema izquierda, creí ver algo que se movía en el campo. Tuve una breve percepción de movimiento con el rabo del ojo derecho. Don Juan empezó a volver mi cabeza hacia la derecha y pude enfocar la mirada en el campo. Vi un hombre caminar a lo largo de los surcos. Era un hombre común vestido como campesino mexicano; llevaba huaraches, pantalones gris claro, camisa beige de manga larga, sombrero de paja y un morral café claro colgado del hombro derecho con una correa.

Don Juan notó, sin duda, que yo había visto al hombre. Me preguntó repetidamente si el hombre me miraba o si venía en mi dirección. Quise decirle que el hombre se alejaba dándome la espalda, pero sólo pude pronunciar: "No." Don Juan dijo que si el hombre se volvía y se acercaba, yo debía gritar, y él me haría volver la cabeza para protegerme.

No experimenté ningún sentimiento de miedo o aprensión o participación. Observaba fríamente la escena. El hombre se detuvo a medio campo. Quedó parado con el pie derecho en la saliente de un gran peñasco redondo, como si estuviera atando su huarache. Luego se enderezó, sacó de su morral un cordel y lo enredó en su mano izquierda. Me dio la espalda y, enfrentando la cima del cerro, se puso a escudriñar el área ante sus ojos. Supuse que lo hacía por la forma en que movía la cabeza, volviéndola despacio y de continuo a la derecha; lo vi de perfil, y luego empezó a volver todo su cuerpo hacia mí, hasta que estuvo mirándome. Echó la cabeza bruscamente hacia atrás, o la movió de manera que supe, sin lugar a dudas, que me había visto. Extendió al frente su brazo izquierdo, señalando el suelo, y con el brazo en tal postura empezó a caminar hacia mí.

– ¡Ahí viene! -grité sin ninguna dificultad.

Don Juan debe haber vuelto mi cabeza, porque después estaba yo mirando el chaparral. Me dijo que no clavara la vista, sino mirara "a la ligera" las cosas, pasándoles los ojos por encima. Dijo que iba a pararse a corta distancia, frente a mí, y luego a caminar en mi dirección, y que yo debía observarlo hasta ver su resplandor.

Vi a don Juan retirarse unos veinte metros. Caminaba con increíble rapidez y agilidad, tanto que yo apenas podía creer que fuera don Juan. Se volvió a encararme y me ordenó mirarlo.

Su rostro brillaba: parecía una mancha de luz. La luz se derramaba por el pecho casi hasta la mitad del cuerpo. Era como si yo estuviera mirando una luz a través de párpados entrecerrados. El resplandor parecía expanderse y amainar. Don Juan debe haber empezado a caminar hacia mí, pues la luz se hizo más intensa y mejor discernible.

Me dijo algo. Pugné por comprender y perdí mi visión del resplandor, y entonces vi a don Juan como lo veo todos los días; se hallaba a medio metro de distancia. Tomó asiento encarándome.

Al concentrar mi atención en su rostro empecé a percibir un vago resplandor. Luego fue como si delgados haces de luz se entrecruzaran. El rostro de don Juan se veía como si alguien le echara el cardillo de espejos diminutos; conforme la luz se intensificaba, la faz perdió sus contornos y de nuevo era un objeto brillante amorfo. Percibí una vez más el efecto de explosiones pulsantes de luz enlanadas desde un espacio que debe haber sido su ojo izquierdo. No enfoqué allí mi atención, sino que deliberadamente miré una zona adyacente que supuse el ojo derecho. De inmediato capté la visión de un estanque de luz, claro y transparente. Era una luz líquida.

Noté que percibir era más que avistar: era sentir. El estanque de luz oscura y líquida tenía una profundidad extraordinaria. Era "amistoso", "bueno". La luz que emanaba de allí, en vez de estallar, giraba en lento remolino hacia adentro, creando reflejos exquisitos. El resplandor tenía un modo tan bello y delicado de tocarme, de confortarme, que me daba sensación de delicia.

Vi un anillo simétrico de brillantes rayones de luz expandirse rítmicamente sobre la planicie vertical del área resplandeciente. El anillo creció hasta cubrir casi toda la superficie y luego se contrajo a un punto de luz en medio del charco brillante. Vi el anillo expandirse y contraerse varias veces. Luego me eché atrás cuidando de no perder la visión, y pude ver ambos ojos. Distinguí el ritmo de ambos tipos de explosiones luminosas. El ojo izquierdo despedía rayos de luz que sobresalían de la planicie vertical, mientras los del ojo derecho irradiaban sin proyectarse. El ritmo de ambos ojos alternaba: la luz del ojo izquierdo estallaba hacia afuera mientras los haces radiantes del ojo derecho se contraían y giraban hacia adentro. Luego, la luz del ojo derecho se extendía para cubrir toda la superficie resplandeciente mientras la luz del ojo izquierdo se retraía.

Don Juan debe haberme dado vuelta una vez más, pues de nuevo me hallé mirando el campo de labranza. Lo oí decirme que observara al hombre.

El hombre estaba de pie junto al peñasco, mirándome. Yo no podía discernir sus facciones: el sombrero le cubría la mayor parte de la cara. Tras un momento puso su morral bajo el brazo derecho y empezó a alejarse hacia mi diestra. Caminó casi hasta el final del área labrada, cambió de dirección y dio unos pasos hacia la cañada. Entonces perdí control sobre mi enfoque y el hombre desapareció junto con la escena total. La imagen de los arbustos del desierto se superpuso a ella.

No recuerdo cómo volví a casa de don Juan, ni lo que él hizo para "regresarme". Al despertar, yacía sobre mi petate en el cuarto de don Juan. El acudió a mi lado y me ayudó a levantarme. Me sentía mareado; tenía el estómago revuelto. En forma muy rápida y eficiente, don Juan me arrastró hasta los arbustos al lado de su casa. Vomité y él rió.

Luego me sentí mejor. Miré mi reloj; eran las 11:00 p.m. Me dormí de nuevo y a la una de la tarde siguiente creí ser otra vez yo mismo.

Don Juan me preguntó repetidamente cómo me sentía. Yo tenía la sensación de hallarme distraído. No podía concentrarme realmente. Caminé un rato por la casa, bajo el escrutinio atento de don Juan. Me seguía a todas partes. Sentí que no había nada que hacer y volví a dormirme. Desperté al atardecer, muy mejorado. En torno mío hallé muchas hojas aplastadas. De hecho, desperté bocabajo encima de un montón de hojas. Su olor era muy fuerte. Recuerdo haber cobrado conciencia de aquel olor antes de despertar por entero.

Fui atrás de la casa y hallé a don Juan sentado junto a la zanja de irrigación. Al ver que me acercaba, hizo gestos frenéticos para detenerme y hacerme volver a la casa.

– ¡Corre para adentro! -gritó.

Entré corriendo en la casa y él llegó un instante después.

– No me sigas nunca -dijo-. Si quieres verme espérame aquí.

Me disculpé. El me dijo que no me desperdiciara en disculpas tontas que no tenían el poder de cancelar mis actos. Dijo que había tenido muchas dificultades para regresarme y que había estado intercediendo por mí ante el agua.

– Ahora tenemos que correr el riesgo y lavarte en el agua -dijo.

Le aseguré que me sentía muy bien. El se quedó largo rato mirándome a los ojos.

– Ven conmigo -dijo-. Voy a meterte en el agua.

– Estoy muy bien -dije-. Mire, estoy tomando notas.

Me jaló de mi petate con fuerza considerable.

– ¡No te entregues! -dijo-. Cuando menos lo pienses vas a quedarte dormido otra vez. A lo mejor esta vez ya no podré despertarte.