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– No fui más allá de este mundo -prosiguió-, pero sé de qué hablo. No protagonicé cuentos de horror, como ustedes. Lo único que hice fue visitar a Porfirio diez veces. Si hubiese dependido de mí, habría vuelto allí siempre que me fuera posible; pero mi undécimo rebote fue tan violento que cambió mi dirección. Percibí que dejaba atrás la cabaña de Porfirio. En lugar de encontrarme ante su puerta, me hallé en la ciudad, muy cerca de la casa de un amigo mío. Me pareció divertido. Sabía que estaba viajando entre el tonal y el nagual. Nadie me había dicho que los viajes debían serlo de una clase especial. Así que sentí ganas de ver a mi amigo y decidí hacerlo. Comencé a preguntarme si realmente lograría verlo. Llegué a su casa y golpeé la puerta, tal como lo había hecho numerosas veces. Su mujer me hizo pasar como siempre; en efecto, mi amigo estaba en casa. Le dije que había ido a la ciudad por cuestiones de trabajo, e incluso me pagó un dinero que me debía. Me lo puse en el bolsillo. No ignoraba que mi amigo, y su esposa, y el dinero, y su casa, eran una visión, como la cabaña del Porfirio. No ignoraba que una fuerza superior a mí me iba a desintegrar en cualquier momento. De modo que me senté para pasarlo bien con él. Reímos y bromeamos. Y me atrevo a decir que estuve gracioso y brillante y encantador. Pasé allí un largo rato, esperando la sacudida. Como no se producía, decidí marchar. Me despedí y le agradecí el dinero y la hospitalidad. Me fui. Quería ver la ciudad antes de que la fuerza me llevara de allí. Vagué toda la noche. Recorrí el camino que llevaba a las colinas que dominaban la ciudad; en el momento en que el sol se alzó, caí en la cuenta de algo cuya realidad me golpeó como un rayo. Estaba de regreso en el mundo y la fuerza que me iba a desintegrar se había disipado y me permitía quedarme. Iba a ver mi maravillosa tierra natal por mucho tiempo. ¡Qué gran alegría, Maestro! No obstante, no podría decir que la amistad de Porfirio no me haya agradado. Ambas visiones tienen un mismo valor, pero yo prefiero la de mi forma y mi tierra. Tal vez ello se deba a mi tendencia a la comodidad.
Néstor calló y todos me miraron. Me sentí amenazado como nunca lo había estado. Una parte de mí experimentaba un temor reverencial por lo que había dicho; otra deseaba enfrentarse a él. Comencé una discusión sin sentido alguno. Ese absurdo estado de ánimo me duró poco; entonces tomé conciencia de que Benigno me observaba con expresión vil. Unía los ojos fijos en mi pecho. Algo espantoso empezó de pronto a pesar sobre mi corazón. El sudor me corría por el rostro como si tuviese una estufa delante de mí. Los oídos me zumbaban.
La Gorda se acercó a mí en ese preciso momento. Su presencia era completamente inesperada para mí. Estoy seguro de que también lo era para los Genaros. Dejaron de lado lo que estaban haciendo para mirarla. Pablito fue el primero en sobreponerse a la sorpresa.
– ¿Por qué tienes que entrar así? -preguntó en tono plañidero-. Estabas escuchando en la otra habitación, ¿no?
Ella afirmó que había permanecido en la casa tan sólo unos minutos y luego había salido a la cocina. Y la razón por la que se había quedado en silencio nada tenía que ver con el fisgoneo; su actitud obedecía a un deseo de ejercitar su capacidad para pasar inadvertida.
Su presencia había dado lugar a una extraña tregua. Quise volver a seguir el curso de las revelaciones de Néstor; pero, antes de que me fuera posible decir nada, la Gorda aclaró que las hermanitas estaban en camino a la casa y traspondrían el umbral en cualquier momento. Los Genaros se pusieron de pie a la vez, como si hubieran sido levantados por una misma cuerda. Pablito cargó con su silla a la espalda.
– Vamos a caminar en la oscuridad, Maestro -me dijo Pablito.
La Gorda aseveró, en tono imperativo, que yo no podía ir con ellos porque no había terminado de decirme todo lo que el Nagual le había encargado comunicarme.
Pablito se volvió hacia mí y me guiñó un ojo.
– Te lo he dicho -dijo-. Son brujas tiránicas, tenebrosas. Espero sinceramente que tú no seas así, Maestro.
Néstor y Benigno se despidieron y me abrazaron. Pablito salió con su silla a hombros, como si fuese una mochila. Salieron por la puerta trasera.
Unos pocos segundos más tarde, un golpe horriblemente fuerte en la puerta delantera hizo que la Gorda y yo nos pusiéramos de pie de un salto. Pablito volvió a entrar, cargando su silla.
– Pensaste que no me iba a despedir, ¿verdad? -comentó, y se alejó riendo.