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5 EL ARTE DEL SOÑAR

Pasé a solas toda la mañana del día siguiente. Trabajé en mis notas. Por la tarde ayudé a la Gorda y a las hermanitas, con mi coche, a transportar los muebles de la casa de doña Soledad a la suya.

Al atardecer, la Gorda y yo nos sentamos en la zona destinada a comedor, a solas. Estuvimos un rato en silencio. Me encontraba muy cansado.

La Gorda rompió el silencio para decir que todos habían estado demasiado satisfechos de sí mismos desde la partida del Nagual y de Genaro. Se habían dedicado exclusivamente a sus tareas particulares. Me hizo saber que el Nagual le había recomendado ser un guerrero vehemente y seguir cualquiera de los caminos que su destino le trazara. Si Soledad hubiese robado mi poder, la Gorda debía huir y tratar de salvar a las hermanitas, uniéndose a Benigno y a Néstor, los únicos dos Genaros que habrían sobrevivido. Si las hermanitas me hubiesen asesinado, su deber consistía en sumarse a los Genaros: las hermanitas ya no necesitarían de ella. Si yo no hubiese sobrevivido al ataque de los aliados, tendría que haberse alejado de la zona y vivir a solas. Me comentó, con los ojos brillantes, que había estado convencida de que ninguno de los dos iba a salvar la vida, y que esa era la razón por la cual se había despedido de las hermanas, la casa y las colinas.

– El Nagual me dijo que en caso de que sobreviviéramos al enfrentamiento con los aliados -prosiguió- debía hacer cualquier cosa por ti, porque ese era mi camino como guerrero. Fue por eso que intervine anoche ante lo que Benigno te estaba haciendo. Estaba apretándote el pecho con los ojos. Ese es su arte como acechador. Tú viste la mano de Pablito ayer; eso también forma parte del mismo arte.

– ¿En qué consiste ese arte, Gorda?

– El arte del acechador. Era la actividad predilecta del Nagual, y los Genaros son sus verdaderos hijos en ese sentido. Nosotros, por otra parte, somos soñadores. Tu doble está en el soñar.

Lo que me refería era enteramente nuevo para mí. Deseaba que aclarara sus afirmaciones. Me detuve un momento para leer lo que tenía escrito y escoger la pregunta más adecuada. Le comuniqué que lo que más me interesaba averiguar era lo que ella sabía de mi doble, y en segundo término, me preocupaba el arte del acecho.

– El Nagual me dijo que tu doble era algo que requería muchísimo desgaste de poder para manifestarse -explicó-. Él suponía que tu energía alcanzaba para hacerlo surgir dos veces. Fue por eso que preparó a Soledad y a las hermanitas para matarte o para ayudarte.

La Gorda afirmó que yo había tenido más energía de lo que el Nagual creía, y que mi doble había salido tres veces. Aparentemente, el ataque de Rosa no había sido acción irreflexiva; por el contrario, había calculado con inteligencia que, si me hería, mis posibilidades de defensa serían nulas: la misma treta de doña Soledad en relación con su perro. Le había dado a Rosa una oportunidad de golpearme al gritarle, pero su tentativa de lastimarme había fracasado. En cambio, mi doble había salido para dañarla a ella. La Gorda aseveró que Lidia le había dicho que Rosa no quería despertar en el momento en que debimos huir de la casa de Soledad y por eso le había estrujado la mano lesionada. Rosa no sintió ningún dolor y comprendió instantáneamente que la había curado, lo cual significaba para ellas que mi poder se encontraba mermado. La Gorda sostuvo que las hermanitas eran muy inteligentes y tenían proyectado disminuir mi poder; a ese efecto habían insistido en que curase a Soledad. Tan pronto como Rosa comprendió que también la había curado a ella, pensó que mi debilidad superaba los límites de lo tolerable para mí. Todo lo que debían hacer era esperar a Josefina para acabar conmigo.

– Las hermanitas ignoraban que al sanar a Rosa y a soledad lo que habías hecho era recuperar energía -dijo la Gorda, riendo como si se tratara de una broma-. Esa es la razón por la cual tu energía te sirvió para hacer surgir a tu doble por tercera vez en cuanto ellas intentaron arrancarte la luminosidad.

Le narré mi visión de doña Soledad acurrucada contra la pared de su habitación, comentándole el modo en que había unido mi imagen al sentido táctil y terminado por arrancar una sustancia viscosa de su frente.

– Eso era, verdaderamente, ver -acotó la Gorda -. Viste a Soledad en su cuarto, a pesar de que ella estaba en la casa de Genaro conmigo y viste tu nagual en su frente.

Llegados a ese punto, me sentí obligado a relatarle los detalles de mi experiencia, en especial en todo lo relativo al modo en que me había hecho cargo de que estaba curando a doña Soledad y a Rosa mediante al contacto con su sustancia viscosa, que intuía como parte de mí mismo.

– Ver aquello sobre la mano de Rosa era también ver en verdad -dijo-. Y tú tenías toda la razón: la sustancia era tú mismo. Salió del cuerpo; era tu nagual. Al tomar contacto con él, lo recobraste.

La Gorda me dijo entonces, como si me estuviese revelando un misterio, que el Nagual le había ordenado no comunicar el hecho de que, puesto que todos poseíamos una luminosidad semejante, el contacto de mi nagual con cualquiera de ellos no me debilitaría, como hubiera sucedido en el caso de un hombre corriente.

– Si tu nagual nos toca -comentó, dándome una palmadita cariñosa en la frente-, tu luminosidad permanece en la superficie. Puedes recuperarla sin que nada se pierda.

Le hice saber que me resultaba imposible creer el contenido de su explicación. Se encogió de hombros, como para comunicarme que eso no era de su interés. Le pregunté entonces por el uso de la palabra «nagual». Mencioné el hecho de que don Juan me había expuesto que el nagual era el principio indescriptible, la fuente de todo.

– Claro -dijo sonriendo-. Sé lo que quería decir. El nagual se halla en todo.

Le señalé, en un tono un tanto despectivo, que también se podía aseverar lo contrario: que el tonal está en todo. Me explicó detalladamente que no existía oposición alguna y que mi declaración era correcta; que el tonal también se encuentra en todo. Que el tonal es susceptible de ser fácilmente aprehendido por nuestros sentidos, en tanto el nagual sólo puede ser captado por el ojo del brujo. Agregó que nos podíamos tropezar con las más extravagantes visiones del tonal, y asustarnos o aterrorizarnos ante ellas, o serles indiferentes, puesto que eran accesibles a todos. Una visión del nagual, por otro lado, requería de los sentidos especializados de un brujo para ser contemplada por entero. Y, sin embargo, tanto el tonal como el nagual estaban presentes en todo siempre. Por tanto, correspondía a un brujo decir que «mirar» consistía en contemplar el tonal presente en todas las cosas, mientras que «ver» suponía, por su parte, el percibir el nagual, también presente en todas las cosas. Según ello, si un guerrero contemplaba el mundo como ser humano, estaba mirando; pero si lo hacía como brujo, estaba «viendo», y lo que «veía» debía llamarse con propiedad «nagual».

Reiteró luego las razones, que ya Néstor me había dado poco antes, por las cuales se llamaba a don Juan «el Nagual», y me confirmó que yo también era el Nagual debido a la forma que había surgido de mi cabeza.

Quise averiguar por qué habían denominado «doble» a la forma surgida de mi cabeza. Me dijo que habían creído compartir conmigo un chiste que solían hacer. Ellas siempre habían llamado «doble» a la forma, fundándose en que su tamaño doblaba el de la persona que la poseía.

– Néstor me dijo que no era demasiado conveniente disponer de esa forma -dije.

– No es bueno ni malo -replicó-. La tienes y eso te lleva a ser el Nagual. Eso es todo. Uno de nosotros debe ser el Nagual, y te ha correspondido a ti. Podía haber sido Pablito, o yo, o cualquier otro.

– Explícame ahora en qué consiste el arte del acecho.

– El Nagual era un acechador -comenzó, con los ojos clavados en mí-. Ya debes saberlo. Él te enseñó a acechar desde el comienzo.

Se me ocurrió que se refería a lo que don Juan denominaba «la caza». Era cierto que me había enseñado a ser cazador. Le comenté que me había indicado cómo cazar y tender trampas. El empleo del término «acecho», no obstante, era más apropiado.

– Un cazador se limita a cazar -dijo-. Un acechador lo acecha todo, inclusive a sí mismo.

– ¿Cómo lo hace?

– Un acechador impecable lo convierte todo en presa. El Nagual me dijo que es posible llegar a acechar nuestras propias debilidades.

Dejé de escribir y traté de recordar si en alguna oportunidad don Juan me había expuesto tan insólita probabilidad: la de acechar mis propias debilidades. Nunca le había oído expresarlo en semejantes términos.

– ¿Cómo es posible acechar las propias debilidades, Gorda?

– Del mismo modo en que se acecha una presa. Descifras tus costumbres hasta conocer todas las consecuencias de tu debilidad y te abalanzas sobre ellas y las coges como a conejos en una jaula.

Don Juan me había enseñado lo mismo acerca de los hábitos, pero más como un principio general del cual los cazadores deben ser conscientes. En cambio, la Gor da lo comprendía y aplicaba en una forma más pragmática que la mía.

Había afirmado que todo hábito era, en esencia, un «hacer»; y un hacer requería todas sus partes para funcionar. Si una de ellas faltaba, el hacer resultaba imposible. Para él, cualquier serie coherente y significativa de acciones era un hacer. Dicho en otros términos, una costumbre requería, para constituir una actividad vital, todas sus acciones componentes.

La Gorda narró entonces el acecho que ella misma había realizado a su costumbre de comer en exceso. El Nagual le había sugerido comenzar el ataque a la parte más importante de tal hábito, relacionado con su trabajo de lavandera, pues ingería todo aquello que le ofrecían los clientes al hacer su recorrido, casa por casa, recogiendo la ropa sucia. Confiaba en que el Nagual le dijese qué hacer; pero él se limitó a reír y hacerle burla, afirmando que tan pronto como él le propusiera hacer algo, ella se esforzaría por no hacerlo. Insistió en que así eran los seres humanos: les encanta que se les diga lo que deben hacer, pero les gusta mucho más resistirse a hacerlo, de modo que llegan a aborrecer a quien los ha aconsejado.

Tardó años en dar con una manera de acechar su debilidad. Cierto día, no obstante, se sintió tan harta y asqueada de verse gorda que se negó a comer durante veintitrés días. Tal fue la acción inicial conducente a romper con su fijación. Luego se le ocurrió la idea de llenarse la boca con una esponja para que sus clientes creyeran que tenía una muela infectada y no podía comer. El subterfugio resultó, no sólo con los clientes, que dejaron de darle comida, sino también con ella misma, por cuanto el mordisquear la esponja le proporcionaba la impresión de comer. La Gorda no podía dejar de reír al contarme cómo, para quitarse la costumbre de comer en exceso, había pasado años con una esponja metida en la boca.

– ¿Fue eso todo lo que necesitaste para dejarlo? -pregunté.

– No. También tuve que aprender a comer como un guerrero.

– ¿Y cómo come un guerrero?

– Un guerrero come en silencio, y lentamente, y muy poco cada vez. Yo solía hablar mientras comía, y comía muy rápido, y devoraba montones y montones de alimentos en una sentada. El Nagual me explicó que un guerrero ingería cuatro bocados seguidos; recién pasado un rato tragaba otros cuatro, y así.