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Contrajo los músculos de la frente, curvó los labios y produjo un profundo sonido. Vi entonces que tenía poderosos músculos en las sienes, responsables del singular contorno de su cabeza. No era su peinado lo que había cambiado, sino el conjunto de la porción frontal superior de su cráneo.
– Genaro le legó sus sonidos -me aclaró Néstor-. Espera a que se tire un pedo.
Intuí que Benigno se estaba preparando para demostrar sus habilidades.
– Espera, espera, Benigno -dije- no es necesario.
– ¡Oh, mierda! -exclamó Benigno decepcionado-. Reservaba el mejor para ti.
Pablito y Néstor rompieron a reír con tal fuerza que hasta Benigno se unió a ellos.
– Cuéntame qué más le sucedió a Eligio -pedí a Néstor cuando se hubieron calmado.
– Cuando Eligio y Benigno saltaron -replicó Néstor-, el Nagual me hizo ir a toda prisa hasta el borde del abismo para ver el signo con que la tierra indica que se han arrojado guerreros al vacío. Si se aprecia algo semejante a una nube, a una ligera ráfaga, es porque el tiempo del guerrero sobre la tierra aún no ha tocado a su fin. El día en que Eligio y Benigno saltaron sentí una corriente de aire procedente del lado del cual lo había hecho Benigno y comprendí que su tiempo no había expirado. Pero en el lado de Eligio no hubo sino silencio.
– ¿Qué crees que le ocurrió a Eligio? ¿Murió?
Los tres me miraron. Estuvieron inmóviles un momento. Néstor se rascó las sienes con ambas manos. Benigno sofocó una risilla y sacudió la cabeza. Intenté explicarme, pero Néstor me detuvo con un gesto.
– ¿Las preguntas que nos haces son serias? -quiso saber.
Benigno respondió por mí. Cuando no hacía el payaso, su voz era profunda y melodiosa. Dijo que el Nagual y Genaro nos habían reunido porque cada uno de nosotros poseía fragmentos de información de los cuales carecían los demás.
– Bien; si ese es él caso, te diremos cómo son las cosas -dijo Néstor sonriendo como si acabara de quitarse un gran peso de encima-. Eligio no murió. Nada de eso.
– ¿Dónde está? -pregunté.
Volvieron a mirarme. Tuve la impresión de que estaban haciendo verdaderos esfuerzos por no reír. Les dije que lo único que sabía acerca de Eligio era lo que me había contado doña Soledad. Me había dicho que Eligio había ido al otro mundo a reunirse con el Nagual y con Genaro. A mí eso me sonaba a que los tres estaban muertos.
– ¿Por qué hablas así, Maestro? -preguntó Néstor en un tono que revelaba profunda preocupación-. Ni siquiera Pablito habla así.
Pensé que Pablito iba a protestar. Estuvo a punto de ponerse de pie, pero pareció cambiar de opinión.
– Sí, es cierto -dijo-. Ni siquiera yo hablo así.
– Bueno, si Eligio no murió, ¿dónde está? -pregunté.
– Soledad ya te lo ha dicho -respondió Néstor suavemente-. Eligio fue a reunirse con el Nagual y con Genaro.
Consideré conveniente no hacer más preguntas. No quiero decir con ello que mis indagaciones fuesen agresivas, sino que ellos siempre las tomaban como tales. Además, sospechaba que no sabían mucho más que yo.
De pronto, Néstor se puso de pie y empezó a andar de un lado para otro delante de mí. Finalmente, me apartó de la mesa cogiéndome por las axilas. No quería que escribiera. Me preguntó si era cierto que me había desmayado como Pablito en el momento del salto y no recordaba nada. Le dije que había tenido buen número de sueños vívidos o visiones que no podía explicar y les había ido a ver en busca de una aclaración. Me pidieron que les contara todas las visiones que hubiese tenido.
Tras escuchar mi relato, Néstor comentó que eran de un tipo muy extraño y que sólo las dos primeras eran de gran importancia y de esta tierra. Las demás eran visiones de mundos ajenos. Explicó que la primera tenía un especial valor porque se trataba de un presagio propiamente dicho. Agregó que los brujos consideraban el primero de los sucesos de toda serie como el anteproyecto del mapa de lo que iba a producirse a continuación.
En aquella visión en particular me encontraba delante de un mundo estrafalario. Había una enorme roca ante mis ojos, una roca que había sido partida en dos. A través de un ancho boquete en ella, alcanzaba a ver una llanura fosforescente y sin límites, una especie de valle, bañado en una luz amarillo verdosa. En un lado del valle, a la derecha, parcialmente oculto a mi vista por la enorme roca, había una increíble estructura en forma de cúpula. Era oscura, de un gris semejante al de la carbonilla. Si mi tamaño hubiese sido el mismo que en el mundo de mi vida corriente, su altura habría llegado a quince mil metros y su ancho a muchos kilómetros. Tal enormidad me deslumbró. Sentí vértigo y caí a plomo en un estado de desintegración.
Volví a experimentar el mismo rechazo y fui a dar sobre una superficie sumamente desigual y, sin embargo, lisa. Era una superficie brillante, interminable, tal como la llanura que había visto antes. Se extendía hasta donde alcanzaba la vista. No tardé en darme cuenta de que podía mover la cabeza en cualquier dirección que deseara sobre un plano horizontal, pero no hacia mí mismo. No obstante, me era posible inspeccionar los alrededores rotando la cabeza de izquierda a derecha y viceversa. Pero cuando pretendía volverme para mirar detrás de mí, no conseguía desplazar mi volumen.
La llanura se extendía monótonamente, igual a mi derecha que a mi izquierda. No había a la vista más que un infinito resplandor blanquecino. Quería ver el suelo que pisaba, pero no podía bajar los ojos. Alcé la cabeza para mirar al cielo; vi otra superficie ilimitada y blanquecina, que parecía unida a aquélla sobre la cual me hallaba. Experimenté una súbita aprensión e intuí que algo estaba a punto de serme revelado. Pero el repentino y devastador asalto de la desintegración lo impidió. Cierta fuerza me arrastró hacia abajo. Fue como si aquella superficie me tragase.
Néstor sostuvo que el haber visto una cúpula era de tremenda importancia porque esa forma en particular había sido referida por el Nagual y por Genaro como imagen del lugar en que se suponía que todos nos íbamos a reunir algún día con ellos.
Llegados a ese punto, Benigno se dirigió a mí, diciendo que había oído las instrucciones recibidas por Eligio en el sentido de dar con esa cúpula. Agregó que el Nagual y Genaro habían insistido en la cuestión, de modo que Eligio la entendiese cabalmente. Ellos siempre habían considerado a Eligio el mejor; por lo tanto, le prepararon para hallar esa cúpula y entrar a su bóveda blanquecina una y otra vez.
Pablito dijo que los tres habían sido instruidos para encontrar esa cúpula, si les resultaba posible, pero ninguno lo había logrado. Comenté en tono de queja que ni don Juan ni don Genaro me habían mencionado jamás nada semejante. Yo no había recibido enseñanza alguna relacionada con una cúpula.
Benigno, que se encontraba sentado a la mesa frente a mí, se puso de pie y vino a mi lado. Se situó a mi izquierda y me susurró al oído que tal vez los dos viejos me hubiesen instruido y yo no lo recordara, aunque también era probable que no me hubieran dicho nada para que no fijase mi atención en ella una vez encontrada.
– ¿Cuál era la importancia de la cúpula? -pregunté a Néstor.
– Allí es donde están el Nagual y Genaro -replicó.
– ¿Y dónde se encuentra esa cúpula? -inquirí.
– En alguna parte, sobre esta tierra -dijo.
Tuve que explicarle detenidamente la imposibilidad de que una estructura de esas dimensiones existiese en nuestro planeta. Le dije que mi visión había sido algo muy semejante a un sueño y que cúpulas de esa altura sólo eran concebibles como producto de la fantasía. Rió y me palmeó delicadamente la espalda, como si le siguiese la corriente a un niño.
– Tú quieres saber dónde está Eligio -dijo Néstor de pronto-. Pues bien: está en la bóveda blanquecina de esa cúpula con el Nagual y Genaro.
– Pero esa cúpula fue una visión -protesté.
– Entonces Eligio está en una visión -dijo Néstor-. Recuerda lo que Benigno acaba de decirte. Ni el Nagual ni Genaro te ordenaron hallar esa cúpula y regresar a ella. Si lo hubieran hecho, no estarías aquí. Estarías donde Eligio, en la cúpula de esa visión. Como ves, Eligio no murió como muere un hombre en las calles. Simplemente, no regresó de su salto.
Su declaración me resultó asombrosa. No podía apartar de mi memoria la intensidad de las visiones que había tenido, pero por alguna razón desconocida deseaba discutir con él. Néstor, antes de que me fuese posible decir nada, llevó la cosa aún más allá. Me recordó una de mis visiones: la penúltima. Había sido la más angustiosa de todas. En ella me perseguía una extraña criatura oculta. Sabía que estaba allí, pero no alcanzaba a verla, no porque fuese invisible, sino porque el mundo en que me encontraba era tan increíblemente nuevo que no podía determinar qué era cada cosa en él. Fueran lo que fueran los elementos que tenía a la vista, ciertamente no eran de esta tierra. La angustia que experimenté al saberme perdido en un lugar así estuvo a punto de superar mi capacidad emocional. En cierto momento, la superficie sobre la cual estaba parado comenzó a sacudirse. Percibí que cedía bajo mis pies y me aferré a una especie de rama, o un apéndice de algo que me hacía pensar en un árbol, que colgaba, exactamente sobre mi cabeza, en un plano horizontal. En el instante en que la toqué, la cosa me rodeó la muñeca, como si hubiese estado llena de nervios que lo captaran todo. Fui alzado a una tremenda altura. Miré hacia abajo y vi un animal increíble; comprendí que se trataba de la criatura que me había estado persiguiendo. Surgía de una superficie que parecía ser suelo. Distinguí su enorme boca, abierta como una caverna. Oí un rugido estremecedor, completamente sobrenatural, algo semejante a un grito estridente, metálico, sofocado, y el tentáculo que me había cogido me soltó para dejarme caer en aquella boca de aspecto cavernoso. La vi en todos sus detalles en el curso de la caída. Entonces se cerró, conmigo dentro. Inmediatamente, la presión redujo mi cuerpo a una pasta.
– Ya has muerto -dijo Néstor-. Ese animal te comió. Te aventuraste más allá de este mundo y diste con el horror mismo. Nuestra vida y nuestra muerte no son más ni menos reales que tu corta vida en ese lugar y tu muerte en la boca de ese monstruo. Esta vida que tenemos no es sino una larga visión. ¿Te das cuenta?
Espasmos nerviosos recorrieron mi cuerpo.