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– El acto sexual es siempre una donación de conciencia aunque ese regalo no se consolide y cree un nuevo ser viviente -agregó-. Las emanaciones que están dentro del capullo de los seres humanos no saben del acto sexual sólo como placer.
Desde su silla al otro lado de la mesa, Genaro se inclinó hacia mi y me habló en voz baja, moviendo la cabeza para hacer énfasis.
– El nagual te está diciendo la verdad -dijo guiñándome el ojo-. Esas emanaciones realmente no saben nada.
Don Juan hizo un esfuerzo por no reírse, y agregó que la falacia del hombre es actuar con total desdén por el misterio de la existencia y creer que el sublime acto de conceder vida y conciencia es simplemente un impulso físico que uno puede distorsionar a voluntad.
Genaro hizo gestos sexuales obscenos, girando sus caderas, una y otra vez. Don Juan asintió con la cabeza y dijo que eso era exactamente lo que el hombre hacía. Genaro le dio las gracias por reconocer su sola contribución a la explicación de dicho tema.
A carcajadas me dijeron que yo estaría riéndome con ellos si supiera lo serio que era para su benefactor la explicación de la energía sexual.
Le pregunté a don Juan qué significado tenía todo esto para el hombre en el mundo cotidiano.
– ¿Te refieres a lo que está haciendo Genaro? -me preguntó fingiendo seriedad.
El regocijo de los dos siempre era contagioso. Tardaron mucho tiempo en calmarse. Su nivel de energía era tan alto que, a su lado, yo parecía viejo y decrépito.
– Realmente no se -me contestó finalmente don Juan-. Todo lo que sé es que para los guerreros la única energía que poseemos es la energía sexual, dadora de vida. Este conocimiento los fuerza a darse cabal cuenta de su responsabilidad.
"Si los guerreros quieren tener la suficiente fuerza para ver, tienen que volverse avaros con su energía sexual. Esa fue la lección que nos dio el nagual Julián. Nos empujó adentro de lo desconocido, y todos casi nos morimos. Puesto que todos nosotros queríamos ver, tuvimos que abstenernos de desperdiciar nuestra energía sexual.
Ya antes le había escuchado expresar esa creencia. Cada vez que lo hacía, entrábamos en una acalorada discusión. Siempre me sentía obligado a protestar lo que yo consideraba ser una actitud puritana hacia el sexo.
Nuevamente, volví a objetar. Ambos se rieron hasta que les salieron lágrimas.
– ¿Qué puede hacerse con la sensualidad natural del hombre? -le pregunté a don Juan.
– Nada -contestó-. La sensualidad del hombre no tiene nada malo. Lo que está mal es la ignorancia que obliga al hombre a pasar por alto su naturaleza mágica. Es un error desperdiciar la fuerza dadora de vida y no tener hijos, pero también es un error no saber que al tener hijos uno disminuye el fulgor de la conciencia.
– ¿Cómo saben los videntes que al tener hijos, uno disminuye el fulgor de la conciencia?
– Los videntes ven que, al tener un hijo, el fulgor de la conciencia de los padres disminuye mientras que el de la criatura aumenta. En algunos padres débiles y nerviosos, ese fulgor desaparece casi por completo. Conforme los niños ensanchan su conciencia, crece también en el capullo luminoso de los padres una mancha oscura, en el mismo lugar de donde se desprendió el fulgor que dio vida a esos niños. Generalmente está en la parte media del capullo. A veces, esas manchas incluso pueden verse como si estuvieran pegadas al cuerpo.
Le pregunté si había algo que se pudiera hacer para darle a la gente común y corriente una comprensión más equilibrada de lo que es el fulgor de la conciencia.
– No se puede hacer nada -dijo-. Por lo menos, no hay nada que los videntes puedan hacer. Los videntes aspiran a ser libres, a ser testigos sin prejuicios, testigos incapaces de juzgar; de lo contrario tendrían la responsabilidad de implantar un nuevo ciclo más ajustado. Nadie puede hacer eso. Un nuevo ciclo, si hubiera de surgir, tendría que surgir por sí mismo.