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El arte del acecho es el enigma del corazón; el desconcierto que sienten los brujos al descubrir dos cosas: una, que el mundo parece ser inalterablemente objetivo y real debido a ciertas peculiaridades de nuestra percepción; y la otra, que si se ponen en juego diferentes peculiaridades de nuestra percepción, ese mundo que parece ser inalterablemente objetivo y real, cambia.
La maestría del intento es el enigma del espíritu, el enigma de lo abstracto.
La instrucción proporcionada por don Juan en el arte del acecho y la maestría del intento se basaron en la instrucción del estar consciente de ser: una piedra angular que consiste de las siguientes premisas básicas:
1. El universo es una infinita aglomeración de campos de energía, semejantes a filamentos de luz que se extienden infinitamente en todas direcciones.
2. Estos campos de energía, llamados las emanaciones del Aguila, irradian de una fuente de inconcebibles proporciones, metafóricamente llamada el Aguila.
3. Los seres humanos están compuestos de esos mismos campos de energía filiforme. A los brujos, los seres humanos se les aparecen como unos gigantescos huevos luminosos, que son recipientes a través de los cuales pasan esos filamentos luminosos de infinita extensión; bolas de luz del tamaño del cuerpo de una persona con los brazos extendidos hacia los lados y hacia arriba.
4. Del número total de campos de energía filiformes que pasan a través de esas bolas luminosas, sólo un pequeño grupo, dentro de esa concha de luminosidad, está encendido por un punto de intensa brillantez localizado en la superficie de la bola.
5. La percepción ocurre cuando los campos de energía en ese pequeño grupo, encendido por ese punto de brillantez, extienden su luz hasta resplandecer aún fuera de la bola. Como los únicos campos de energía perceptibles son aquellos iluminados por el punto de brillantez, a este punto se le llama el "punto donde encaja la percepción" o, simplemente, "punto de encaje".
6. Es posible lograr que el punto de encaje se desplace de su posición habitual en la superficie de la bola luminosa, ya sea hacia su interior o hacia otra posición en su superficie o hacia fuera de ella. Dado que la brillantez del punto de encaje es suficiente, en sí misma, para iluminar cualquier campo de energía con el cual entra en contacto, el punto, al moverse hacia una nueva posición, de inmediato hace resplandecer diferentes campos de energía, haciéndolos de este modo percibibles. Al acto de percibir de esa manera se le llama ver.
7. La nueva posición del punto de encaje permite la percepción de un mundo completamente diferente al mundo cotidiano; un mundo tan objetivo y real como el que percibimos normalmente. Los brujos entran a ese otro mundo con el fin de obtener energía, poder, soluciones a problemas generales o particulares, o para enfrentarse con lo inimaginable.
El intento es la fuerza omnipresente que nos hace percibir. No nos tornamos conscientes porque percibimos, sino que percibimos como resultado de la presión y la intromisión del intento.
9. El objetivo final de los brujos es alcanzar un estado de conciencia total y ser capaces de experimentar todas las posibilidades perceptuales que están a disposición del hombre. Este estado de conciencia implica asimismo, una forma alternativa de morir.
La maestría del estar consciente de ser requería un nivel de conocimiento práctico. En ese nivel don Juan me enseñó los procedimientos para mover el punto de encaje. Los dos grandes sistemas ideados por los brujos videntes de la antigüedad eran: el ensueño, es decir, el control y utilización de los sueños, y el acecho, o el control de la conducta.
Puesto que mover el punto de encaje es una maniobra esencial, todo brujo tiene que aprenderlo. Algunos de ellos, los naguales, llegan a hacerlo en otros; son capaces de desplazar el punto de encaje de su posición habitual mediante una fuerte palmada asestada directamente al punto de encaje. Este golpe que se siente como una manotada propinada en el omóplato derecho -aun cuando nunca se toca el cuerpo- produce un estado de conciencia acrecentada.
De acuerdo con su tradición, era exclusivamente en esos estados de conciencia acrecentada que don Juan impartió la parte más dramática e importante de sus enseñanzas: la instrucción para el lado izquierdo. Debido a las extraordinarias características de esos estados, don Juan me ordenó que no los discutiera con nadie hasta no haber concluido con todo su plan de enseñanzas. Esta exigencia no me fue difícil de aceptar. En esos estados únicos de conciencia, mi capacidad para entender las enseñanzas aumento en forma increíble, pero, al mismo tiempo, mí capacidad para describir o recordar las dichas enseñanzas se vio disminuida en extremo. Podía funcionar yo en esos estados con destreza y firmeza, pero una vez que regresaba a mi estado de conciencia normal, no podía recordar nada acerca de ellos.
Me llevo años el poder hacer la conversión crucial de mi memoria de la conciencia acrecentada a la memoria normal. Mi razón y mi sentido común retrasaron esta conversión al estrellarse contra la realidad absurda e inimaginable de la conciencia acrecentada y del conocimiento directo. Por años enteros, el tremendo desajuste cognoscitivo resultante me forzó a buscar desahogo en el no pensar al respecto.
Todo lo que he escrito hasta ahora acerca de mi aprendizaje de la brujería ha sido un relato de cómo me educó don Juan en la maestría del estar consciente de ser. Todavía no he descripto el arte del acecho ni la maestría del intento.
Don Juan me enseñó los principios y aplicaciones de estas dos maestrías con ayuda de dos de sus compañeros: un brujo llamado Vicente Medrano y otro llamado Silvio Manuel. Desafortunadamente, todo lo que aprendí acerca de estas dos maestrías aún permanece oculto en lo que don Juan denominó las complejidades de la conciencia acrecentada. Hasta hoy en día, me ha sido imposible describir o inclusive pensar de manera coherente acerca del arte del acecho y maestría del intento. Mi error ha sido el creer que es posible incluirlos en la memoria normal. Es posible, pero al mismo tiempo no lo es. Con el propósito de resolver esta contradicción, los he encarado indirectamente, a través del tópico final de las enseñanzas de don Juan: las historias de los brujos del pasado.
Don Juan me relató estas historias para hacer evidente lo que él llamaba los centros abstractos de sus lecciones. Pero yo fui incapaz de captar la naturaleza de esos centros abstractos, pese a sus amplias explicaciones, las cuales, ahora lo sé, estaban diseñadas para abrirme la mente más que para explicar su conocimiento de manera racional. Su modo de hablar me hizo creer, por muchos años, que sus explicaciones de los centros abstractos eran como disertaciones académicas; todo lo que yo fui capaz de hacer bajo tales circunstancias, era aceptar de manera incondicional tales explicaciones. Y así, el significado de los centros abstractos pasó a formar parte de mi aceptación tácita de las enseñanzas de don Juan, pero sin la meticulosa valoración que es esencial para entender tal significado.
Don Juan me dio a conocer dieciocho centros abstractos. He tratado aquí con la primera serie compuesta de los seis siguientes: las manifestaciones del espíritu, el toque del espíritu, los trucos del espíritu, el descenso del espíritu, los requisitos del intento, y el manejo del intento.