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LAS MANIFESTACIONES DEL ESPIRITU

I. El Primer Centro Abstracto

Siempre que era pertinente, don Juan solía contarme breves historias acerca de los brujos de su linaje, en especial acerca de su maestro, el nagual Julián. No eran propiamente historias, sino relatos del comportamiento y aspectos de la personalidad de esos brujos. El fin de esos relatos era esclarecer tópicos específicos del aprendizaje.

Ya había escuchado las mismas historias de labios de los otros quince brujos, miembros del grupo de don Juan, pero no había lo suficiente en estos relatos como para darme una idea clara de sus personajes. Como no tenía forma alguna de persuadir a don Juan para que me facilitara más detalles sobre aquellos brujos, quedé resignado a la idea de nunca llegar a saber más acerca de ellos.

Una tarde, en las montañas del sur de México, después de haberme explicado intrincados detalles de la maestría del estar consciente de ser, don Juan dijo algo que me desconcertó por completo.

– Creo, que ya es hora de que comencemos a hablar de los brujos de nuestro pasado -dijo.

Don Juan explicó que yo necesitaba llegar a conclusiones claves, basándome en un examen sistemático del pasado, conclusiones acerca del mundo cotidiano así como del mundo de los brujos.

– A los brujos les interesa vivamente su pasado -dijo-. Pero no me refiero a su pasado cono personas. Para los brujos, el pasado significa lo que hicieron los brujos de otras eras. Y lo que vamos a hacer ahora es examinar ese pasado.

"El hombre común y corriente también examina su pasado; pero es siempre su pasado personal lo que examina y siempre por razones personales. Los brujos hacen todo lo contrario, consultan su pasado a fin de obtener un punto de referencia.

– Pero, ¿no es eso lo que hace todo el mundo? ¿Hundirnos en el pasado a fin de obtener un punto de referencia? -pregunté.

– ¡No! -respondió enfáticamente-. El hombre común y corriente se hunde en el pasado, ya sea su propio común pasado o el pasado de su época, para justificar sus acciones del momento o sus acciones del futuro o para hallar un modelo de conducta. Sólo los brujos buscan auténticamente un punto de referencia en su pasado.

– Don Juan, quizás todo esto sería más claro si usted me dijera lo que es un punto de referencia para un brujo -dije.

– Para los brujos, obtener un punto de referencia significa examinar el intento -contestó-. Lo cual es exactamente el propósito de este último tema de instrucción. Y nada les puede proporcionar a los brujos una mejor noción del intento que el examen de las historias de los otros brujos que batallaron por entender esa fuerza.

"Hay veintiún centros abstractos en la brujería -prosiguió-. Y, basadas en esos centros abstractos, hay cantidades de historias de brujería, historias de naguales de nuestro linaje luchando por entender el espíritu. Es hora de que te hable de los centros abstractos y te cuente las historias de brujería.

Esperé con gran excitación a que don Juan empezara a contarme las historias, pero cambió de conversación y pasó a explicarme nuevamente otros intrincados detalles de la conciencia de ser.

– ¡No me haga usted eso, don Juan! -protesté-. ¿Qué hubo con las historias de la brujería? ¿No me las va a contar?

– Claro que sí -dijo-. Pero no son historias que se puedan contar como si fueran cuentos. Tienes que repasarlas, y luego, pensarlas y volverlas a pensar, revivirlas, por así decirlo.

Se produjo un largo silencio. Decidí ser más cauteloso. Pensé que si insistía en pedirle que me contara las historias, me iba a enredar en algo de lo que después me arrepentiría. Pero, como siempre, mi curiosidad fue mayor que mi sentido común.

– Bien, entremos en el asunto -le dije secamente.

Don Juan, que obviamente había captado la contradicción de mi miedo y mi curiosidad, sonrió con malicia. Se puso de pie y me hizo señas de que lo siguiera. Habíamos estado sentados sobre unas rocas secas, en el fondo de un barranco. Promediaba la tarde, el cielo estaba oscuro y nublado. Nubes bajas, casi negras se cernían sobre las cimas del este. Hacia el sur, las altas nubes hacían que el cielo pareciera despejado en comparación. Algo más temprano, había llovido densamente, pero luego la lluvia parecía haberse retirado y estar escondida, dejando atrás tan sólo una amenaza.

Yo debería haberme sentido congelado hasta los huesos, puesto que hacía mucho frío, pero sentía calor. Empuñando una piedra que don Juan me había dado, noté que la sensación de calor en un clima casi helado, no me era del todo desconocida, y sin embargo, cada vez que ocurría quedaba yo aturdido. Siempre que estaba ya a punto de congelarme, don Juan me daba una rama o una piedra para que la sostuviera, o me ponía un puñado de hojas bajo la camisa, en la punta de mi esternón, lo cual era suficiente para elevar la temperatura de mi cuerpo.

Varias veces, yo había intentado inútilmente de recrear, por mi, cuenta, el efecto de sus maniobras. Don Juan me aclaro un día que no eran las maniobras, sino su silencio interno lo que me mantenía abrigado y que las ramas, las piedras, las hojas eran simples artificios para atrapar mi atención y mantenerla enfocada.

Avanzando con rapidez, trepamos por la empinada ladera oeste de una montaña, hasta alcanzar una cornisa rocosa, en la cumbre misma. Nos encontrábamos en las elevaciones menores de una alta cordillera de montañas. Desde la cornisa rocosa podía yo observar que la niebla había comenzado a cubrir el extremo sur del fondo del valle que teníamos a nuestros pies. Nubes bajas y tenues parecían lanzarse contra nosotros, deslizándose desde los altos picos verdes negruzcos del oeste. Después de la lluvia, bajo el cielo grisáceo y nublado, el valle y las montañas del sur y del este parecían estar cubiertas con un manto verdinegro de silencio.

– Este es el lugar ideal para echarnos una plática -dijo don Juan, sentándose en el suelo rocoso de una especie de cueva oculta.

El espacio en la cueva era perfecto para sentarnos uno al lado del otro. Casi tocábamos el techo con nuestras cabezas. La curva de nuestras espaldas encajaba cómodamente en la superficie de la pared rocosa, como si hubiera sido esculpida para dar sitio a dos personas de nuestro tamaño.

Luego me di cuenta de otra característica extraña de aquella cueva: al pararme sobre la cornisa, podía observar todo el valle y las cordilleras montañosas al este y al sur, pero si me sentaba quedaba completamente oculto por las rocas y sin embargo, la cornisa que creaba esta ilusión era plana y parecía estar al mismo nivel que el suelo de la cueva.

Estaba a punto de mencionar este extraño efecto a don Juan, cuando él se me adelantó.

– Esta cueva está hecha por el hombre -dijo-. La saliente esa está inclinada, pero el ojo no registra la inclinación.

– ¿Quién hizo esta cueva, don Juan?

– Los antiguos brujos. Quizás tiene miles de años. Y una de sus peculiaridades es que ahuyenta a los animales, a los insectos y hasta a las personas. Los antiguos brujos parecen haberle infundido un hálito negro y amenazante que hace que cualquier ser viviente se sienta incómodo.

Lo extraño era que yo sentía en esa cueva algo diametralmente opuesto. Sin razón alguna, me sentía absolutamente contento y satisfecho. Una sensación de bienestar físico me provocaba un hormigueo en el cuerpo; era una sensación en el estómago de lo más agradable, como si les estuvieran haciendo cosquillas a mis nervios.

– Yo no me siento mal aquí -comenté.

– Yo tampoco -dijo- lo cual significa que tú y yo somos muy parecidos en temperamento a aquellos horrorosos brujos del pasado. Algo que me preocupa sobremanera.

Tuve miedo de continuar con el tema, así que esperé a que él hablara.

– La primera historia de brujería que voy a contarte se llama Las Manifestaciones del Espíritu -dijo-. El nombre es un poco confuso. Las manifestaciones del espíritu es realmente el primer centro abstracto alrededor del cual se construye la primera historia de brujería.

"Ese primer centro abstracto tiene en sí una historia particular -continuó-. La historia dice que hubo una vez un hombre, un Hombre común y corriente sin ningún atributo especial. Era, como todos los demás, un conducto del espíritu y por esta virtud, como todos los, demás, formaba parte del espíritu, parte de lo abstracto. Pero él no lo sabía. El mundo lo mantenía tan ocupado que carecía del tiempo y de la inclinación para examinar el asunto.

"El espíritu trató inútilmente de ponerle al descubierto el vínculo de conexión entre ambos. Por medio de una voz interior, el espíritu le reveló sus secretos, pero el hombre fue incapaz de comprender las revelaciones. Oía la voz interior, naturalmente, pero creía que era algo de él. Estaba convencido de que lo que él sentía eran sus propios sentimientos y que lo que pensaba eran sus propios pensamientos.

"Con el fin de sacarlo de su modorra, el espíritu le dio tres señales, tres manifestaciones sucesivas. Tres veces el espíritu, de la manera más obvia, se cruzó físicamente en el camino del hombre. Pero el hombre permanecía inconmovible ante cualquier cosa que no fuera su interés personal.

Don Juan se interrumpió y me miró como hacía siempre que esperaba mis preguntas y comentarios. Yo no tenía nada que decir. No comprendía lo que estaba tratando de expresar.

– Ese es el primer centro abstracto -prosiguió-. Lo único que puedo añadir es que debido a que el hombre se negó en absoluto a comprender, el espíritu se vio en la necesidad de usar el ardid. Y la treta se transformó en la esencia del camino de los brujos. Pero eso es otra historia.

Don Juan explicó que los brujos concebían los centros abstractos como planos previos de los hechos, o como patrones recurrentes que aparecían cada vez que el intento iba a mostrar algo significativo. Los centros abstractos, en este sentido, eran mapas completos de series enteras de acontecimientos.

Me aseguró que a través de medios que iban, más allá de la comprensión, cada detalle de cada centro abstracto se repetía con cada aprendiz nagual. Me aseguró también que él había ayudado al intento a involucrarme en todos los centros abstractos de la brujería, tal como su benefactor, el nagual Julián, y todos los naguales anteriores, habían involucrado a sus aprendices. El modo mediante el cual cada aprendiz nagual se encontraba con esos centros abstractos permitía el desarrollo de historias entretejidas alrededor de esos centros abstractos. Lo único nuevo de cada historia eran los detalles particulares de la personalidad y las circunstancias de cada aprendiz.

Dijo, por ejemplo, que yo tenía mi propia historia acerca de las manifestaciones del espíritu, tal como él tenía la suya; su benefactor también tenía una, así como el nagual que lo precedió y todos los naguales anteriores sucesivamente.

– ¿Cuál es mi historia acerca de las manifestaciones del espíritu? -pregunté un tanto desconcertado.