Добавить в цитаты Настройки чтения

Страница 2 из 51

INTRODUCCIÓN

En varias ocasiones, a fin de ayudarme, don Juan trató de poner nombre a su conocimiento. El creía que el nombre más apropiado era nagualismo, pero que el término era demasiado oscuro. Llamarlo simplemente "conocimiento" lo encontraba muy vago, y llamarlo "hechicería", sumamente erróneo. "La maestría del intento" y "la búsqueda de la libertad total" tampoco le gustaron por ser términos abstractos en exceso, demasiado largos y metafóricos. Incapaz de encontrar un término adecuado optó por llamarlo "brujería", aunque admitiendo lo inexacto que era.

En el transcurso de los años, don Juan me dio diversas definiciones de lo que es la brujería, sosteniendo siempre que las definiciones cambian en la medida que el conocimiento aumenta. Hacia el final de mi aprendizaje, me pareció que estaba yo en condiciones de apreciar una definición tal vez más compleja o más clara que las que ya había recibido.

– La brujería es el uso especializado de la energía -dijo, y como yo no respondí, siguió explicando-. Ver la brujería desde el punto de vista del hombre común y corriente es ver o bien una idiotez o un insondable misterio, que está fuera de nuestro alcance. Y, desde el punto de vista del hombre común y corriente, esto es lo cierto, no porque sea un hecho absoluto, sino porque el hombre común y corriente carece de la energía necesaria para tratar con la brujería.

Dejó de hablar por un momento y luego continuó.

– Los seres humanos nacen con una cantidad limitada de energía -prosiguió don Juan- una energía que a partir del momento de nacer es sistemáticamente desplegada y utilizada por la modalidad de la época, de la manera más ventajosa.

– ¿Qué quiere usted decir con la modalidad de la época? -pregunté.

– La modalidad de la época es el determinado conjunto de campos de energía que los seres humanos perciben -contestó-. Yo creo que la percepción humana ha cambiado a través de los siglos. La época determina el modo de percibir; determina cuál conjunto de campos de energía, en particular, de entre un número incalculable de ellos, será percibido. Manejar la modalidad de la época, ese selecto conjunto de campos de energía, absorbe toda nuestra fuerza, dejándonos sin nada que pueda ayudarnos a percibir otros campos de energía, otros mundos.

Con un sutil movimiento de cejas, me instó a considerar todo lo dicho.

– A esto me refiero cuando digo que el hombre común y corriente carece de energía para tratar con la brujería -prosiguió-. Utilizando solamente la energía que dispone, no puede percibir los mundos que los brujos perciben. A fin de percibirlos, los brujos necesitan utilizar un conjunto de campos de energía que habitualmente no se usan. Naturalmente, para que el hombre común y corriente perciba esos mundos y entienda la percepción de los brujos, necesita utilizar el mismo conjunto que los brujos usaron. Y esto desgraciadamente no es posible porque toda su energía ya ha sido desplegada.

Hizo una pausa, como si buscara, palabras más adecuadas para reafirmar este punto.

– Piénsalo bien -continuó- no es que estés aprendiendo brujería a medida que pasa el tiempo; lo que estás haciendo es aprender a ahorrar energía. Y esta energía ahorrada te dará la habilidad de manejar los campos de energía que por ahora te son inaccesibles. Eso es la brujería: la habilidad de usar otros campos de energía que no son necesarios para percibir el mundo que conocemos. La brujería es un estado de conciencia. La brujería es la habilidad de percibir lo que la percepción común no puede captar.

– Todo por lo que te he hecho pasar -prosiguió don Juan- cada una de las cosas que te he mostrado fueron simples ardides para convencerte de que en los seres humanos hay algo más de lo que parece a simple vista.

Nosotros no necesitamos que nadie nos enseñe brujería, porque en realidad no hay nada que enseñar. Todo lo que necesitamos es un maestro que nos convenza de que existe un poder incalculable al alcance de la mano. ¡Una verdadera paradoja! Cada guerrero que emprende el camino del conocimiento cree, tarde o temprano, que está aprendiendo brujería, y lo que está haciendo es dejarse convencer de que existe un poder escondido dentro de su ser y que puede alcanzarlo.

– ¿Es eso lo que usted está haciendo conmigo don Juan? ¿Está convenciéndome?

– Exactamente. Estoy tratando de convencerte de que puedes alcanzar ese poder. Yo pasé por lo mismo. Y fui tan difícil de convencer como tú.

– ¿Y una vez que lo alcanzamos, qué hacemos exactamente con ese poder, don Juan?

– Nada. Una vez que lo alcanzamos, el poder mismo hará uso de esos inaccesibles campos de energía. Y eso, como ya te dije, es la brujería. Empezamos entonces a ver, es decir, a percibir algo más, no como una cosa de la imaginación sino como algo real y concreto. Y después comenzamos a saber de manera directa, sin tener que usar palabras. Y lo que cada uno de nosotros haga con esa percepción acrecentada, con ese conocimiento silencioso, dependerá de nuestro propio temperamento.

En otra ocasión don Juan me dio otro tipo de definición. Estábamos entonces discutiendo un tema enteramente ajeno cuando de repente empezó a contarme un chiste. Se rió y, con mucho cuidado, como si fuera demasiado tímido y le pareciera muy atrevido de su parte el tocarme, me dio palmaditas en la espalda, entre los omóplatos. Al ver mi reacción nerviosa soltó una carcajada.

– Tienes los nervios de punta -me dijo en tono juguetón, y golpeó mi espalda con mayor fuerza.

De inmediato me zumbaron los oídos. Perdí el aliento. Por un instante, sentí que me había hecho daño en los pulmones. Cada respiración me provocaba una gran molestia. No obstante, después de toser y sofocarme varias veces, mis conductos nasales se abrieron y me encontré respirando profunda y agradablemente. Sentía tanto bienestar, que ni siquiera me enojé con él por ese golpe tan fuerte y tan inesperado.

Don Juan empezó entonces una maravillosa explicación. En forma clara y concisa, me dio una diferente, y más precisa, descripción de lo que era la brujería.

Yo había entrado en un estupendo estado consciente. Gozaba de tal claridad mental, que era capaz de comprender y asimilar todo lo que don Juan me decía.

Dijo que en el universo hay una fuerza inmensurable e indescriptible que los brujos llaman intento y que absolutamente todo cuanto existe en el cosmos esta enlazado, ligado a esa fuerza por un vínculo de conexión. Por ello, el total interés de los brujos es delinear, entender y utilizar tal vínculo, especialmente limpiarlo de los efectos nocivos de las preocupaciones de la vida cotidiana. Dijo que a este nivel, la brujería podía definirse como el proceso de limpiar nuestro vínculo con el intento. Afirmó que este proceso de limpieza es sumamente difícil de comprender y llevar a cabo. Y que por lo tanto, los brujos dividían sus enseñanzas en dos categorías. Una es la enseñanza dada en el estado de conciencia cotidiano, en el cual el proceso de limpieza es revelado en forma velada y artificiosa; la otra, es la enseñanza dada en estados de conciencia acrecentada, tal como el que yo estaba experimentando en ese momento. En tales estados los brujos obtenían el conocimiento directamente del intento, sin la intervención del lenguaje hablado.

Don Juan explicó que, empleando la conciencia acrecentada y a través de miles de años de tremendos esfuerzos, los brujos obtuvieron un conocimiento específico y al mismo tiempo incomprensible acerca del intento; y que habían pasado ese conocimiento de generación en generación hasta nuestros días. Dijo que la tarea principal de la brujería consiste en tomar ese incomprensible conocimiento y hacerlo comprensible al nivel de la conciencia cotidiana.

A continuación me explicó el papel que desempeña el guía en la vida de los brujos. Dijo que a un guía se le llama "nagual" y que el nagual es un hombre o una mujer dotado de extraordinaria energía; un maestro dotado de sensatez, paciencia e increíble estabilidad emocional; un brujo, al cual los videntes ven como una esfera luminosa con cuatro compartimentos, como si cuatro esferas luminosas estuvieran comprimidas unas contra las otras. Su extraordinaria energía les permite a los naguales intermediar; les permite ser un viaducto que canaliza y transmite, a quien fuera, la paz, la armonía, la risa, el conocimiento, directamente de la fuente, del intento. Son los naguales quienes tienen la responsabilidad de suministrar lo que los brujos llaman la "oportunidad mínima": el estar consciente de nuestra propia conexión con el intento.

Le manifesté que mi mente estaba asimilando todo lo que él decía, y que la única parte de su explicación que me confundía era el por qué se requería dos tipos de enseñanza. Yo podía ciertamente entender cuanto me decía acerca del mundo de los brujos, aunque él había calificado como muy difícil el proceso de entender ese mundo.

– A fin de recordar lo que estás percibiendo y entendiendo en estos momentos, necesitarás una vida entera -dijo- porque todo esto forma parte del conocimiento silencioso. En unos breves instantes habrás olvidado todo. Ese es uno de los insondables misterios de la conciencia de ser.

De inmediato, don Juan me hizo cambiar niveles de conciencia con una fuerte palmada en mi costado izquierdo, en el borde de las costillas. Al instante mí mente volvió a su estado normal. Perdí, a tal extremo mi extraordinaria claridad mental que ni siquiera pude recordar el haberla tenido.

El mismo don Juan me asignó la tarea de escribir sobre las premisas de la brujería. Al poco tiempo de haber empezado mi aprendizaje, me sugirió una vez que escribiera un libro, a fin de aprovechar las cantidades de notas que yo había acumulado sin noción alguna de qué hacer con ellas.

Argüí que la sugerencia era absurda porque yo no era escritor.

– Claro que no eres escritor -dijo-. Para escribir libros tendrás que usar la brujería. Primeramente tendrás que hacer una imagen mental de tus vaivenes en la brujería, como si estuvieras reviviéndolos; después tendrás que ensoñarlos: verlos en tus sueños; y luego tendrás que ensoñar el texto del libro que quieres escribir; tendrás que verlo en tus sueños. Para ti el escribir un libro no puede ser un ejercicio literario sino, más bien, un ejercicio de brujería.

Yo he escrito de este modo acerca de las premisas de la brujería, tal como don Juan me las explicó, dentro del contexto de sus enseñanzas.

En sus enseñanzas, desarrolladas por brujos de la antigüedad, existen dos categorías de instrucción. A una de ellas se le denomina "enseñanza para el lado derecho" y se la lleva a cabo en estados de conciencia cotidianos. A la otra se le llama "enseñanza para el lado izquierdo" y se la practica solamente en los estados de conciencia acrecentada.

Las dos categorías de instrucción permiten a los maestros adiestrar a sus aprendices en tres áreas: la maestría del estar consciente de ser, el arte del acecho y la maestría del intento. Estas tres áreas también se conocen como los tres enigmas que los brujos encuentran al buscar el conocimiento.

La maestría del estar consciente de ser, es el enigma de la mente; la perplejidad que los brujos experimentan al darse cabal cuenta del asombroso misterio y alcance de la conciencia de ser y la percepción.