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La barbilla huesuda de la sobrina apuntó hacia Menchu de un modo venenoso, y durante un momento Julia creyó que se les iba a echar encima. Realmente podía ser peligrosa, con sus uñas largas y aquel aire de pájaro rapaz, hasta el punto de que se dispuso a hacerle frente mientras su corazón bombeaba adrenalina. Julia no tenía una especial forma física; pero cuando era niña había aprendido de César algunos trucos sucios, muy útiles para matar piratas. Por fortuna, la violencia de la sobrina se limitó a su mirada, y al modo en que, dando media vuelta, abandonó el vestíbulo.
– Tendrán noticias mías -dijo.
Y el furioso taconeo se perdió pasillo adentro. Las manos en los bolsillos, Alfonso sonreía con plácida serenidad.
– No deben tomárselo a mal -se volvió hacia Belmonte-. ¿Verdad, tío?… Ahí donde la ven, Lolita es oro puro… Un pedazo de pan.
El inválido asintió con la cabeza, distraído; era evidente que pensaba en otra cosa. El rectángulo vacío de la pared parecía atraer su atención, como si allí se enmarcaran signos misteriosos que sólo él era capaz de leer con sus ojos cansados.
– Así que conocías al sobrino -dijo Julia, apenas estuvieron en la calle.
Menchu, que miraba el escaparate de una tienda, hizo un gesto afirmativo.
– Hace tiempo -dijo, inclinándose para comprobar el precio de unos zapatos-. Tres o cuatro años, creo.
– Ahora me explico lo del cuadro… El negocio no te lo propuso el viejo, sino él.
Menchu sonrió, aviesa.
– Premio para ti, guapita. No te equivocas. Tuvimos lo que tú, tan recatada, llamarías un affaire… De eso hace tiempo, pero cuando se le ocurrió lo del Van Huys tuvo el detalle de pensar en mí.
– ¿Y por qué no se encargó de negociarlo directamente?
– Porque nadie se fía de él, incluido don Manuel… -se echó a reír-. Alfonsito Lapeña, más conocido por El Timbas, debe dinero hasta al limpiabotas. Ya hace unos meses escapó por los pelos de ir a la cárcel. Un asunto de cheques sin fondos.
– ¿Y de qué vive?
– De su mujer, de dar sablazos a los incautos, y de la poca vergüenza que tiene.
– Y confía en el Van Huys para salir de apuros.
– Sí. Está loco por convertirlo en montoncitos de fichas sobre un tapete verde.
– Parece un pájaro de cuenta.
– Lo es. Pero tengo debilidad por los golfos, y Alfonso me cae bien -se quedó pensativa un instante-. Aunque tampoco sus aptitudes técnicas, que yo recuerde, sean para darle una medalla. Es… ¿Cómo te diría yo? -reflexionó en busca de la definición adecuada-. Muy poco imaginativo, ¿entiendes? Ni punto de comparación con Max. Monótono, ya sabes: del tipo hola y adiós. Pero te ríes mucho con él. Cuenta unos deliciosos chistes guarros.
– ¿Lo sabe la mujer?
– Supongo que se lo huele, porque tonta no es. Por eso mira con esa cara. La muy perra.