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Cuando reanuda su camino y llega junto a la ventana, el sol agonizante es una mancha de claridad rojiza comprimida en la distancia, bajo las nubes color de plomo que bajan del norte. Al pie de la colina hay un lago ancho y gris, con reflejos de color acero. La mujer apoya las manos, secas y huesudas, en el alféizar de la ventana -una ventana ojival; otra vez, como cada tarde, los recuerdos retornan sin piedad- y siente cómo el frío de la piedra asciende por sus brazos y se le aproxima lenta, peligrosamente, al gastado corazón. La acomete una tos desgarrada que sacude su cuerpo frágil, minado por la humedad de tantos inviernos, atormentado por la reclusión, la soledad y la intermitente memoria. Ya no escucha los cantos de la capilla, ni el sonido del viento. Ahora es la música monótona y triste de una mandolina que emerge entre las brumas del tiempo, y el horizonte hostil y otoñal se desvanece ante sus ojos para dibujar, como en la pintura de un cuadro, otro paisaje: una suave llanura ondulada de la que emerge en la distancia, recortándose en el cielo azul como trazada por delicado pincel, la fina silueta de un campanario. Y de pronto le parece escuchar el rumor de dos hombres sentados a una mesa, el eco de una risa. Y piensa que, si se vuelve a mirar atrás, se verá a sí misma sentada en un escabel con un libro en el regazo, y al levantar los ojos encontrará el destello de un gorjal de acero y de un Toisón de Oro. Y un anciano de barba gris le sonreirá mientras, con un pincel en la mano, traza sobre una tabla de roble, con la parsimonia y la sabiduría de su oficio, la imagen eterna de aquella escena.

Por un instante, el viento desgarra la capa de nubes; y un postrer reflejo de luz, al reverberar en las aguas del lago, ilumina el rostro envejecido de la mujer, deslumbrando sus ojos claros y fríos, casi apagados. Después, al extinguirse, el viento parece aullar con más fuerza y mueve las tocas negras, que se agitan como alas de un cuervo. Entonces vuelve a sentir ese dolor punzante que le roe las entrañas, junto al corazón. Un dolor que paraliza medio cuerpo y ningún remedio consigue aliviar. Que le hiela los miembros, la respiración.

El lago ya no es sino una mancha opaca bajo las sombras. Y la mujer enlutada, que en el mundo se llamó Beatriz de Borgoña, sabe que ése que llega del norte será su último invierno. Y se pregunta si, en el lugar oscuro al que se dirige, habrá misericordia suficiente para borrarle los últimos jirones de la memoria.

La Navata

Abril de 1990


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