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Kate estaba extenuada. Al esfuerzo del viaje se sumaban la altura, a la cual no estaba habituada, y la tos, que no la dejaba en paz. Sólo la sostenía su voluntad de hierro y la esperanza de que arriba encontraría a Alexander y a Nadia.
– Tal vez no debiera preocuparse, abuelita. Su nieto y Nadia están seguros, porque con el príncipe y Tensing nada malo puede pasarles -la tranquilizó Pema.
– Algo muy malo debe haber ocurrido allá arriba para que esos bandidos huyeran de esa manera -replicó Kate.
– Esos hombres mencionaron algo sobre el maleficio del Dragón de Oro y la persecución de unos diablos. ¿Usted cree que en estas montañas hay demonios, abuelita? -preguntó la joven.
– No creo ninguna de esas tonterías, niña -replicó Kate, quien se había resignado a ser llamada abuelita por todo el mundo en ese país.
La noche se hizo muy larga y nadie pudo dormir demasiado. Los soldados prepararon un simple desayuno de té salado con manteca, arroz y unos vegetales secos con aspecto y sabor de suela de zapatos; luego continuaron la marcha. Kate no se quedaba atrás, a pesar de sus sesenta y cinco años y sus pulmones debilitados por el humo del tabaco. El general Myar Kunglung nada decía y no le dirigía la mirada, por temor de cruzarse con los penetrantes ojos azules de ella, pero en su corazón de guerrero empezaba a surgir una inevitable admiración. Al principio la detestaba y no veía las horas de librarse de ella, pero con el correr de los días dejó de considerarla una vieja imposible y le tomó respeto.
El resto del ascenso resultó sin sorpresas. Cuando por fin pudieron asomarse al monasterio fortificado, creyeron que allí no había nadie. Un silencio absoluto imperaba en las antiguas ruinas. Alertas, con las armas en la mano, el general y los soldados avanzaron adelante, seguidos de cerca por las dos mujeres. Así recorrieron una a una las vastas salas, hasta que llegaron a la última, en cuyo umbral fueron interceptados por un monje gigantesco provisto de dos palos unidos por una cadena. Con un complicado paso de danza éste enarboló su arma y, antes de que el grupo alcanzara a reaccionar, enrolló la cadena en torno al cuello del general. Los soldados se inmovilizaron, desconcertados, mientras su jefe pataleaba en el aire entre los brazos monumentales del monje.
– ¡Honorable maestro Tensing! -exclamó Pema, encantada al verlo.
– ¿Pema? -preguntó él.
– ¡Soy yo, honorable maestro! -dijo ella, y agregó, señalando al humillado militar-: Tal vez sería prudente que soltase al honorable general Myar Kunglung…
Tensing lo depositó en el suelo con delicadeza, le quitó la cadena del cuello y se inclinó respetuosamente ante él con las manos juntas a la altura de su frente.
– Tampo kachi, honorable general -saludó.
– Tampo kachi. ¿Dónde está el rey? -replicó el general, procurando disimular su indignación y acomodándose la chaqueta del uniforme.
Tensing les cedió el paso y el grupo entró a la vasta habitación. Medio techo se había desmoronado hacía años y el resto se sostenía a duras penas, había un gran hueco en uno de los muros exteriores, por donde entraba la luz difusa del día. Una nube, atrapada en la cima de la montaña, creaba un ambiente brumoso, en el cual todo aparecía desdibujado, como imágenes en un sueño. Un tapiz en hilachas colgaba entre las ruinas y una elegante estatua del Buda reclinado, milagrosamente intacta, estaba en el suelo, como sorprendida en pleno descanso.
Sobre una improvisada mesa yacía el cuerpo del rey, rodeado de media docena de velas de manteca encendidas. Una ráfaga de aire frío como cristal hacía vacilar las llamas de las velas en la niebla dorada. El heroico piloto de Nepal, que velaba junto al cadáver, no se movió con la irrupción de los militares.
A Kate Cold le pareció que presenciaba la filmación de una película. La escena era irreal: la sala en ruinas, envuelta en una neblina algodonosa; los restos de estatuas centenarias y columnas partidas en el suelo; parches de nieve y escarcha en las irregularidades del piso. Los personajes eran tan teatrales como el escenario: el descomunal monje con cuerpo de guerrero mongol y rostro de santo, sobre cuyo hombro se balanceaba el monito Borobá; el severo general Myar Kunglung, varios soldados y el piloto, todos en uniforme, como caídos allí por error; y finalmente el rey, quien aun en la muerte se imponía con su presencia serena y digna.
– ¿Dónde están Alexander y Nadia? -preguntó la abuela, vencida por la fatiga.