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– Haré todo lo posible.
Alexander se acercó al príncipe y le entregó un pequeño artefacto, cuyo uso éste no podía imaginar.
– Esto puede ayudarte a encontrar el camino dentro del Recinto Sagrado. Es un GPS -dijo.
– ¿Un qué? -preguntó el príncipe, desconcertado.
– Digamos que es un mapa electrónico para ubicarse dentro del palacio. Así puedes llegar hasta la sala del Dragón de Oro, como hicieron Tex Armadillo y sus hombres para robar la estatua -le explicó su amigo.
– ¿Cómo puede ser eso? -preguntó Dil Bahadur.
– Me imagino que alguien filmó el recorrido -sugirió Alexander.
– Eso es imposible, nadie excepto mi padre tiene acceso a esa parte del palacio. Nadie más puede abrir la Última Puerta ni eludir las trampas.
– Armadillo lo hizo, tiene que haber usado este aparato. Judit Kinski y él eran cómplices. Tal vez tu padre le mostró a ella el camino… -insistió Alexander.
– ¡El medallón! ¡Armadillo dijo algo sobre una cámara oculta en el medallón del rey! -exclamó Nadia, quien había presenciado la escena entre el Especialista y Tex Armadillo, antes que sus amigos irrumpieran en la sala.
Nadia se disculpó por lo que iba a hacer y, con el mayor cuidado, procedió a cachear la figura postrada del monarca, hasta que dio con el medallón real, que se había deslizado entre el cuello y la chaqueta del rey. Le pidió al príncipe que lo ayudara a quitárselo y éste vaciló, porque ese gesto tenía un profundo significado: el medallón representaba el poder real y en ningún caso se atrevería a arrebatárselo a su padre. Pero la urgencia en la voz de su amiga Nadia lo obligó a actuar.
Alexander llevó la joya hacia la luz y la examinó brevemente. Descubrió de inmediato la cámara en miniatura disimulada entre los adornos de coral. Se la mostró a Dil Bahadur y a los demás.
– Seguramente Judit Kinski la puso aquí. Este aparato del tamaño de una arveja filmó la trayectoria del rey dentro del Recinto Sagrado. Así es como Tex Armadillo y los guerreros azules pudieron seguirlo, todos sus pasos están grabados en el GPS.
– ¿Por qué esa mujer hizo eso? -preguntó el príncipe, horrorizado, ya que en su mente no cabía el concepto de la traición o de la codicia.
– Supongo que por la estatua, que es muy valiosa -aventuró Alexander.
– ¿Oyeron la explosión? El helicóptero se estrelló y la estatua fue destruida -dijo el piloto.
– Tal vez sea mejor así… -suspiró el rey, sin abrir los ojos.
– Con la mayor humildad, me permito insinuar que los dos jóvenes extranjeros acompañen al príncipe al palacio. Alexander-Jaguar y Nadia-Águila son de corazón puro, como el príncipe Dil Bahadur, y posiblemente puedan ayudarlo en su misión, Majestad. El joven Alexander sabe usar ese aparato moderno y la niña Nadia sabe ver y escuchar con el corazón -sugirió Tensing.
– Sólo el rey y su heredero pueden entrar allí,-murmuró el monarca.
– Con todo respeto, Majestad, me atrevo a contradecirlo. Tal vez haya momentos en que se deba romper la tradición… -insistió el lama.
Un largo silencio siguió a las palabras de Tensing. Parecía que las fuerzas del herido habían llegado a su límite, pero de pronto se oyó de nuevo su voz.
– Bien, que vayan los tres -aceptó por fin el soberano.
– Tal vez no sería del todo inútil, Majestad, que yo diera una mirada a su herida -sugirió Tensing.
– ¿Para qué, Tensing? Ya tenemos otro rey, mi tiempo ha concluido.
– Posiblemente no tendremos otro rey hasta que el príncipe pruebe que puede serlo -replicó el lama, levantando al herido en sus poderosos brazos.
El héroe de Nepal encontró un saco de dormir que Tex Armadillo había dejado en un rincón para improvisar una cama, donde Tensing colocó al rey. El lama abrió la ensangrentada chaqueta del herido y procedió a lavar el pecho para examinarlo. La bala lo había atravesado, dejando una perforación brutal con salida por la espalda. Por el aspecto y ubicación de la herida y por el color de la sangre, Tensing comprendió que los pulmones estaban comprometidos; no había nada que él pudiera hacer; toda su capacidad de sanar y sus poderes mentales de poco servían en un caso como ése. El moribundo también lo sabía, pero necesitaba un poco más de tiempo para tomar sus últimas medidas. El lama atajó la hemorragia, vendó firmemente el torso y dio orden al piloto de traer agua hirviendo de la improvisada cocina para hacer un té medicinal. Una hora más tarde el monarca había recuperado el conocimiento y la lucidez, aunque estaba muy débil.
– Hijo, deberás ser mejor rey que yo -dijo a Dil Bahadur, indicándole que se colgara el medallón real al cuello.
– Padre, eso es imposible.
– Escúchame, porque no hay mucho tiempo. Éstas son mis instrucciones. Primero: cásate pronto con una mujer tan fuerte como tú. Ella debe ser la madre de nuestro pueblo y tú el padre. Segundo: preserva la naturaleza y las tradiciones de nuestro reino; desconfía de lo que viene de afuera. Tercero: no castigues a Judit Kinski, la mujer europea. No deseo que pase el resto de su vida en prisión. Ella ha cometido faltas muy graves, pero no nos corresponde a nosotros limpiar su karma. Tendrá que volver en otra reencarnación para aprender lo que no ha aprendido en ésta.
Recién entonces se acordaron de la mujer responsable de la tragedia ocurrida. Supusieron que no podría llegar muy lejos, porque no conocía la región, iba desarmada, sin provisiones, sin ropa abrigada y aparentemente descalza, ya que Armadillo la había obligado a quitarse las botas. Pero Alexander pensó que si había sido capaz de robar el dragón en esa forma tan espectacular, también era capaz de escapar del mismo infierno.
– No me siento preparado para gobernar, padre -gimió el príncipe, con la cabeza gacha.
– No tienes elección, hijo. Has sido bien entrenado, eres valiente y de corazón puro. Pide consejo al Dragón de Oro.
– ¡Ha sido destruido!
– Acércate, debo decirte un secreto.
Los demás dieron varios pasos atrás, para dejarlos solos, mientras Dil Bahadur ponía el oído junto a los labios del rey. El príncipe escuchó atentamente el secreto mejor guardado del reino, el secreto que desde hacía dieciocho siglos sólo los monarcas coronados conocían.
– Tal vez sea hora de que te despidas, Dil Bahadur -sugirió Tensing.
– ¿Puedo quedarme con mi padre hasta el final…?
– No, hijo, debes partir ahora mismo… -murmuró el soberano.
Dil Bahadur besó a su padre en la frente y retrocedió. Tensing estrechó a su discípulo en un fuerte abrazo. Se despedían por mucho tiempo, tal vez para siempre. El príncipe debía enfrentar su prueba de iniciación y podía ser que no regresara vivo; por su parte el lama debía cumplir la promesa hecha a Grr-ympr y partir a reemplazarla por seis años en el Valle de los Yetis. Por primera vez en su vida Tensing se sintió derrotado por la emoción: amaba a ese muchacho como a un hijo, más que a sí mismo; separarse de él le dolía como una quemadura. El lama procuró tomar distancia y calmar la ansiedad de su corazón. Observó el proceso de su propia mente, respiró hondo, tomando nota de sus desbocados sentimientos y del hecho de que aún le faltaba un largo camino para alcanzar el absoluto desprendimiento de los asuntos terrenales, incluso de los afectos. Sabía que en el plano espiritual no existe la separación. Recordó que él mismo le había enseñado al príncipe que cada ser forma parte de una sola unidad, todo está conectado. Dil Bahadur y él mismo estarían eternamente entrelazados, en esta y otras reencarnaciones. ¿Por qué, entonces, sentía esa angustia?
– ¿Seré capaz de llegar hasta el Recinto Sagrado, honorable maestro? -preguntó el joven, interrumpiendo sus pensamientos.
– Acuérdate que debes ser como el tigre del Himalaya: escucha la voz de la intuición y del instinto. Confía en las virtudes de tu corazón -replicó el monje.
El príncipe, Nadia y Alexander iniciaron el viaje de regreso a la capital. Como ya conocían la ruta, iban preparados para los obstáculos. Usaron el atajo por el Valle de los Yetis, de modo que no se cruzaron con el destacamento de soldados del general Myar Kunglung, que en ese mismo momento ascendía por el escarpado sendero de la montaña, acompañados por Kate Cold y Pema.
Los hombres azules, en cambio, no pudieron evitar a Kunglung. Habían corrido monte abajo, a la mayor velocidad que el abrupto terreno permitía, escapando de los horripilantes demonios que los perseguían. Los yetis no lograron darles alcance, porque no se atrevieron a descender más allá de sus límites habituales. Esas criaturas tenían grabada en la memoria genética su ley fundamental: mantenerse aislados. Muy rara vez abandonaban su valle secreto y, si lo hacían, era sólo para buscar alimento en las cumbres más inaccesibles, lejos de los seres humanos. Eso salvó a la Secta del Escorpión, porque el instinto de preservación de los yetis fue más fuerte que el deseo de atrapar a sus enemigos; llegó un momento en que se detuvieron en seco. No lo hicieron de buena gana, porque renunciar a una sabrosa pelea, tal vez la única que se les presentaría en muchos años, resultó un sacrificio enorme. Se quedaron por un largo rato aullando de frustración, se dieron unos cuantos garrotazos entre ellos, para consolarse, y luego emprendieron cabizbajos el regreso a sus parajes.
Los guerreros del Escorpión no supieron por qué los diablos de cascos ensangrentados abandonaban la persecución, pero dieron gracias a la diosa Kali de que así fuera. Estaban tan asustados, que la idea de regresar para apoderarse de la estatua, como habían planeado, no se les pasó por la mente. Siguieron bajando por el único sendero posible e inevitablemente se encontraron frente a los soldados del Reino Prohibido.
– ¡Son ellos, los hombres azules! -gritó Pema apenas los vislumbró de lejos.
El general Myar Kunglung no tuvo dificultad en apresarlos, porque los otros no tenían cómo escapar. Se entregaron sin oponer la menor resistencia. Un oficial se encargó de conducirlos hacia la capital, vigilados por la mayoría de los soldados, mientras Pema, Kate, el general y varios de sus mejores hombres continuaban hacia Chenthan Dzong.
– ¿Qué les harán a esos bandidos? -preguntó Kate al general.
– Tal vez su caso sea estudiado por los lamas, consultado por los jueces y luego el rey decidirá su castigo. Al menos así se ha hecho en otros casos, pero en realidad no tenemos mucha práctica en castigar criminales.
– En Estados Unidos seguramente pasarían el resto de sus vidas en prisión.
– ¿Y allí alcanzarían la sabiduría? -preguntó el general.
Fueron tales las carcajadas de Kate, que estuvo a punto de caerse del caballo.
– Lo dudo, general -replicó secándose las lágrimas, cuando al fin recuperó el equilibrio.
Myar Kunglung no supo qué le producía tanta hilaridad a la vieja escritora. Concluyó que los extranjeros son personas algo raras, con modales incomprensibles, y que más vale no perder energía tratando de analizarlos; es suficiente con aceptarlos.
Para entonces empezaba a caer la noche y fue necesario detenerse y armar un pequeño campamento, aprovechando una de las terrazas cortadas en la montaña. Estaban impacientes por llegar al monasterio, pero comprendían que escalar sin más luz que las linternas era una acción descabellada.