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CAPÍTULO DIECINUEVE – EL PRÍNCIPE
Alexander iba adelante siguiendo las instrucciones del video y el GPS, porque el príncipe no entendió cómo funcionaban y no era el momento de darle una lección. Alexander no era un experto en esos aparatos, y además aquél era un modelo ultramoderno que sólo usaba el ejército americano, pero estaba acostumbrado a usar tecnología y no le resultó difícil descubrir cómo manejarlo.
Dil Bahadur había pasado doce años de su vida preparándose para el momento de recorrer el laberinto de puertas del piso inferior del palacio, cruzar la Última Puerta y vencer uno a uno los obstáculos sembrados en el Recinto Sagrado. Había aprendido las instrucciones confiado en que, si le fallaba la memoria, su padre estaría a su lado hasta que pudiera hacerlo solo. Ahora debía enfrentar la prueba con los consejos de su maestro Tensing y la presencia de sus nuevos amigos, Nadia y Alexander, como única ayuda. Al principio miraba con desconfianza la pequeña pantalla que Alexander llevaba en la mano, hasta que se dio cuenta de que los guiaba directo a la puerta adecuada. Ni una vez tuvieron que retroceder y nunca abrieron una puerta equivocada, así se encontraron ante la sala de las lámparas de oro. Esta vez nadie cuidaba la última Puerta. El guardia herido por los hombres azules, así como el cadáver de su compañero, habían sido retirados, sin que otros los reemplazaran, y la sangre del suelo había sido lavada sin dejar rastro.
– ¡Uau! -exclamaron Nadia y Alexander al unísono al ver la magnífica puerta.
– Tenemos que girar los jades precisos; si nos equivocamos, el sistema se atranca y no podremos entrar -advirtió el príncipe.
– Todo es cuestión de fijarnos bien en lo que hizo el rey. Está grabado en el video -explicó Alexander.
Vieron la filmación dos veces, hasta estar completamente seguros, y luego Dil Bahadur movió cuatro jades tallados en forma de flor de loto. Nada ocurrió. Los tres jóvenes aguardaron sin respirar, contando los segundos. De pronto las dos hojas de la puerta comenzaron lentamente a moverse.
Se encontraron en la habitación circular con nueve puertas idénticas y, tal como hiciera Tex Armadillo días antes, Alexander se colocó sobre el ojo pintado en el suelo, abrió los brazos y giró en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Su mano derecha apuntó a la puerta que debían abrir.
Oyeron un coro espeluznante de lamentos y les dio en las narices un olor fétido a tumba y descomposición. Nada se veía, sólo una insondable negrura.
– Yo iré primero, porque se supone que mi animal totémico, el jaguar, puede ver en la oscuridad -se ofreció Alexander, cruzando el umbral, seguido por sus amigos.
– ¿Ves algo? -le preguntó Nadia.
– Nada -confesó Alexander.
– En una ocasión como ésta convendría tener un animal totémico más humilde que el jaguar. Como una cucaracha, por ejemplo -se rió Nadia, nerviosa.
– Posiblemente no sería del todo una mala idea usar tu linterna… -sugirió el príncipe.
Alexander se sintió como un tonto: había olvidado por completo que llevaba la linterna y el cortaplumas en los bolsillos de la parka. Al encender la linterna se hallaron en un corredor, que recorrieron vacilantes, hasta llegar a la puerta que había al final. La abrieron con grandes precauciones. Allí la fetidez era mucho más insoportable, pero había una débil claridad que permitía ver. Estaban rodeados de esqueletos humanos que colgaban del techo, meciéndose en el aire con un macabro tintinear de huesos, mientras a sus pies hervía un asqueroso colchón vivo de serpientes. Alexander dio un alarido y trató de retroceder, pero Dil Bahadur lo sujetó por un brazo.
– Son huesos muy antiguos, fueron puestos aquí hace siglos para desanimar a los intrusos -dijo. -¿Y las culebras?
– Los hombres del Escorpión pasaron por aquí, Jaguar, eso quiere decir que nosotros también podemos hacerlo -lo alentó Nadia.
– Peina dijo que esos tipos son inmunes al veneno de insectos y reptiles -le recordó Alexander.
– Tal vez estas culebras no sean venenosas. Según me enseñó mi honorable maestro Tensing, la forma de la cabeza de las víboras peligrosas es más triangular. Sigamos -ordenó el príncipe.
– Estos reptiles no aparecen en el video -anotó Nadia.
– El rey llevaba la cámara en el medallón, de modo que sólo filmaba lo que tenía al frente, no a los pies -explicó Alexander.
– Eso significa que debemos tener mucho cuidado con lo que hay más abajo y más arriba del pecho del rey-concluyó ella.
A manotazos, el príncipe y sus amigos apartaron los esqueletos y, pisando las víboras, avanzaron hasta la puerta siguiente, que daba acceso a una habitación en penumbra y vacía.
– ¡Espera! -lo detuvo Alexander-. Aquí tu padre movió algo que hay en el umbral.
– Lo recuerdo, es una piña tallada en la madera -dijo Dil Bahadur tanteando la pared.
Encontró la palanca que buscaba y la empujó. La piña se hundió y de inmediato oyeron una terrible sonajera y vieron caer del techo un bosque de lanzas, que levantó una nube de polvo. Aguardaron a que la última lanza se clavara en el suelo.
– Ahora es cuando más falta nos hace Borobá. Él podría probar el camino… En fin, yo pasaré antes, porque soy la más delgada y liviana -decidió Nadia.
– Se me ocurre que posiblemente esta trampa no sea tan simple como parece -les advirtió Dil Bahadur.
Deslizándose como una anguila, Nadia pasó entre las primeras barras metálicas. Había recorrido un par de metros cuando rozó con el codo una de ellas y de súbito se abrió un hueco bajo sus pies. Instintivamente se aferró a las lanzas que tenía más cerca y quedó prácticamente colgando sobre el vacío. Sus manos resbalaban por el metal mientras ella buscaba con los pies algún punto de apoyo. Para entonces Alexander la había alcanzado, sin cuidarse de dónde pisaba en la prisa por ayudarla. La cogió con un brazo por la cintura y la atrajo, sosteniéndola apretadamente contra su cuerpo. La sala entera pareció vacilar, como si hubiera un terremoto, y varias lanzas más cayeron del techo, pero ninguna cerca de ellos. Durante varios minutos los dos amigos permanecieron inmóviles, abrazados, esperando. Luego empezaron a desprenderse con inmensa lentitud.
– No toques nada -susurró Nadia, temiendo que hasta el aire que exhalaba provocara una tragedia.
Llegaron al otro lado y le hicieron señas a Dil Bahadur de que pasara, aunque éste ya había iniciado el trayecto, porque no temía a las lanzas: estaba protegido por su amuleto.
– Podríamos haber muerto clavados como insectos -comentó Alexander, limpiándose los lentes, que estaban empañados.
– Pero eso no ocurrió, ¿verdad? -le recordó Nadia, a pesar de que estaba tan asustada como su amigo.
– Si aspiran profundo tres veces, dejan que el aire llegue hasta el vientre y luego lo sueltan lentamente, tal vez se tranquilicen… -les aconsejó el príncipe.
– No hay tiempo para hacer yoga. Sigamos -lo interrumpió Alexander.
El GPS indicó la puerta que debían abrir y, apenas lo hicieron, las lanzas se levantaron simultáneamente y el cuarto volvió a verse vacío. Después encontraron dos habitaciones, cada una con varias puertas, pero sin trampas. Se relajaron un poco y empezaron a respirar con normalidad, pero no se descuidaron.
De pronto se encontraron en un espacio completamente oscuro.
– En el video no se ve nada, la pantalla está negra -dijo Alexander.
– ¿Qué habrá aquí? -inquirió Nadia.
El príncipe tomó la linterna y alumbró el piso, donde vieron un árbol frondoso y lleno de frutas y pájaros, pintado con tal maestría que parecía plantado en tierra firme, erguido al centro de la habitación. Era tan hermoso y de aspecto tan inofensivo, que invitaba a acercarse y tocarlo.
– ¡No den un solo paso! Es el Árbol de la Vida. He oído historias sobre los peligros de pisarlo -exclamó Dil Bahadur, olvidando por una vez sus buenos modales.
El príncipe tomó la pequeña escudilla en la cual preparaba su comida, que siempre llevaba entre los pliegues de su túnica, y la tiró al suelo. El Árbol de la Vida estaba pintado en una delgada seda tendida sobre un pozo profundo. Un paso al frente los habría precipitado al vacío. No sabían que allí había perecido uno de los secuaces de Tex Armadillo en ese mismo recorrido. El bandido yacía al fondo de un pozo donde en ese mismo momento las ratas terminaban de pelar sus huesos.
– ¿Cómo podemos pasar? -preguntó Nadia.
– Tal vez sería mejor que esperen aquí -indicó el príncipe.
Con grandes precauciones, Dil Bahadur buscó con el pie hasta que encontró una delgada pestaña a lo largo de la pared. No se veía porque estaba pintada de negro y se fundía contra el color del piso. Con la espalda pegada contra el muro fue avanzando. Movía la pierna derecha unos centímetros, buscaba el equilibrio y luego movía la izquierda. Así llegó hasta el otro lado.
Alexander comprendió que para Nadia ésa sería una de las pruebas más difíciles, por su temor a la altura.
– Ahora debes recurrir al espíritu del águila. Dame la mano, cierra los ojos y pon toda tu atención en los pies -le dijo.
– ¿Por qué no espero aquí, mejor? -sugirió ella.
– No. Vamos a pasar juntos -la conminó su amigo.
No sospechaban qué profundidad tenía el hueco y no pensaban averiguarlo. El bandido de Tex Armadillo que cayó al pozo había resbalado sin que nadie pudiera impedirlo. Por un instante pareció flotar en el aire, sostenido por la copa del Árbol de la Vida, abierto de piernas y brazos, envuelto en sus negras vestiduras, como un gran murciélago. La ilusión duró una pestañada. Con un alarido de absoluto terror, el hombre cayó a la negra boca del pozo. Sus compañeros oyeron el golpe del cuerpo al tocar fondo y luego reinó un silencio escalofriante. Por suerte Nadia nada sabía de esto. Se aferró a la mano de Alexander y paso a paso le siguió hasta el otro lado.
Al abrir otra de las puertas, los tres amigos se encontraron rodeados de espejos. No sólo los había en las paredes, sino también en el techo y el suelo, multiplicando sus imágenes hasta el infinito. Además la habitación estaba inclinada, como un cubo sostenido en una de sus esquinas. No podían avanzar de pie, debían hacerlo gateando, sujetándose unos a otros, completamente desorientados. Las puertas no se veían, porque eran también de espejo. En pocos segundos estaban con náuseas, sentían que les estallaba la cabeza y perdían la razón.
– No miren hacia los lados, claven la vista en el que va adelante. Síganme en fila, sin separarse. La dirección está indicada en mi pantalla -ordenó Alexander.
– No sé cómo vamos a encontrar la salida -dijo Nadia, totalmente confundida.
– Si abrimos la puerta equivocada, posiblemente se active un seguro y quedemos atrapados aquí para siempre -les advirtió el príncipe con su habitual calma.
– Para eso contamos con la tecnología más moderna -lo tranquilizó Alexander, aunque él mismo apenas podía controlar sus nervios.
Las puertas eran todas iguales, pero mediante el GPS Alexander se dio cuenta de la dirección que debían tomar. El rey se había detenido en varios lugares antes de abrir la puerta correcta. Echó atrás el video para observar los detalles y se fijó que el espejo reflejaba una imagen deformada del rey.
– Uno de los espejos es cóncavo. Ésa es la puerta -concluyó.