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– Lisbeth Salander -apuntó Fräklund con voz sombría.
So
Niklas Eriksson dirigió la mirada al vacío, con una impenetrable expresión, y esbozó una triste sonrisa.
Dragan Armanskij contempló al grupo fijamente.
– Una de nuestras empleadas -dijo-. ¿Hasta qué punto llegasteis a conocerla durante los años que trabajó aquí?
– En una ocasión intenté bromear con ella -contestó Niklas Eriksson con una leve sonrisa-. No le hizo mucha gracia. Creí que me iba a arrancar la cabeza de un mordisco. Era una cascarrabias tremenda. En total no habré intercambiado con ella más de diez frases.
– Era bastante suya -admitió Fräklund.
Bohman se encogió de hombros.
– Una loca de atar. Una peste. Sabía que estaba chalada, pero no que llegara a esos extremos.
Dragan Armanskij asintió.
– Iba a su bola -dijo-. No resultaba fácil de manejar. Pero la contraté porque era la mejor investigadora que he visto en mi vida. Siempre entregaba resultados por encima de lo normal.
– Nunca llegué a entender eso -comentó Fräklund-. No me cabía en la cabeza cómo podía ser tan buena investigando y a la vez tan desastrosa en el trato social.
Los tres asintieron.
– La explicación reside, naturalmente, en su estado psíquico -dijo Armanskij, dando unos golpecitos con el dedo sobre una de las carpetas-. Fue declarada incapacitada.
– No tenía ni idea -declaró Eriksson-. No quiero decir que tuviera que ir con un letrero en la espalda anunciando que era incapacitada, pero tú nunca nos comentaste nada.
– No -reconoció Armanskij-. Porque pensé que no era necesario estigmatizarla más de lo que ya estaba. Todos tenemos derecho a una oportunidad.
– Y el resultado de ese experimento lo vimos en Enskede -apuntó Bohman.
– Tal vez -replicó Armanskij.
Armanskij dudó un momento. No quería revelar su debilidad por Lisbeth Salander ante los tres profesionales que ahora lo observaban llenos de expectación. Habían mantenido un tono bastante neutro durante la conversación, pero Armanskij sabía que los tres, al igual que todos los demás empleados de Milton Security, odiaban profundamente a Lisbeth Salander. No debía mostrarse débil o confuso; se trataba de presentar el tema de manera que creara una dosis de entusiasmo y profesionalidad.
– Por primera vez en mi vida, he decidido utilizar una parte de los recursos de Milton para un asunto interno -dijo-. Esto no debe alcanzar sumas astronómicas dentro del presupuesto, pero mi intención es dispensaros a vosotros dos, Bohman y Eriksson, de vuestros cometidos ordinarios. Ahora vuestra misión, formulada de modo general, consistirá en «hallar la verdad» sobre Lisbeth Salander.
Bohman y Eriksson miraron a Armanskij con escepticismo.
– Quiero que tú, Fräklund, seas el responsable de la investigación y que la coordines. Quiero saber qué sucedió y qué provocó que Lisbeth Salander asesinara a su administrador y a la pareja de Enskede. Ha de haber una explicación lógica.
– Perdona, pero esto suena a misión puramente policial -objetó Fräklund.
– Sin duda -replicó Armanskij de inmediato-. Con la diferencia de que le sacamos cierta ventaja a la policía: conocemos a Lisbeth Salander y tenemos una idea de cómo funciona.
– Bueno, no sé -dijo Bohman con una voz algo dubitativa-. No creo que nadie de esta empresa llegara a conocer a Salander o a tener mucha idea de lo que pasaba por esa cabecita suya.
– No importa -contestó Armanskij-. Salander trabajaba para Milton Security y creo que es nuestra responsabilidad dar con la verdad.
– Salander lleva… ¿cuántos?, casi dos años sin trabajar aquí -dijo Fräklund-. No me parece que seamos responsables de lo que haga. Y no creo que a la policía le haga mucha gracia que nos entrometamos en su investigación.
– Todo lo contrario -replicó Armanskij.
Era el as que llevaba en la manga y había que jugarlo bien.
– ¿Por qué? -quiso saber Bohman.
– Ayer hablé largo y tendido con el instructor del sumario, el fiscal Ekström, y con el inspector Bublanski, que está al mando de la investigación. Ekström está sometido a mucha presión. No se trata de un simple ajuste de cuentas entre gánsteres, sino de un acontecimiento muy mediático, en el que un abogado, una criminóloga y un periodista han sido asesinados. Les comenté que, como el principal sospechoso era una ex empleada de Milton Security, nosotros también habíamos decidido iniciar una investigación.
Armanskij hizo una pausa antes de continuar.
– Ekström y yo estamos de acuerdo en que ahora lo importante es detener a Lisbeth Salander lo antes posible, antes de que se haga más daño a sí misma o se lo cause a los demás. Como nuestro conocimiento personal sobre ella es mayor que el que posee la policía, podemos aportar algo a la investigación. Por lo tanto, Ekström y yo hemos acordado que vosotros dos -señaló a Bohman y a Eriksson- os trasladéis a Kungsholmen y os unáis al equipo de Bublanski.
Los tres miraron asombrados a Armanskij.
– Perdona, una pregunta tonta… pero somos civiles -dijo Bohman-. ¿La policía piensa dejarnos participar en la investigación de un asesinato así como así?
– Trabajaréis bajo las órdenes de Bublanski, pero también me mantendréis informado a mí. Tendréis total acceso a la investigación. Todo el material que obra en nuestro poder, así como el que vosotros encontréis, se lo daréis a él. Para la policía eso sólo significa que el equipo de Bublanski recibe refuerzos totalmente gratis. Y ninguno de los tres sois precisamente civiles. Vosotros, Fräklund y Bohman, habéis trabajado como policías durante muchos años antes de empezar aquí. Y tú, Eriksson, estudiaste en su academia.
– Pero va en contra de los principios…
– En absoluto. A menudo la policía recurre a asesores civiles externos. Puede tratarse de psicólogos en casos de delincuencia sexual, o de intérpretes para investigaciones donde hay extranjeros implicados. Simplemente, seréis unos asesores civiles con conocimientos especiales sobre la principal sospechosa.
Fräklund asintió lentamente.
– De acuerdo. Milton se une a la investigación policial e intenta contribuir a que se detenga a Salander. ¿Algo más?
– Una cosa. Vuestra misión es averiguar la verdad. Nada más. Quiero saber si Salander ha matado a esas tres personas. Y en el caso de que así sea, por qué.
– ¿Alguien duda de su culpabilidad? -preguntó Eriksson.
– Los indicios que tiene la policía la ponen en una situación muy delicada. Pero yo quiero saber si existe otra dimensión en toda esta historia: si hay algún cómplice que no conocemos, si fue él quien empuñó el arma homicida, o si se dieron otras circunstancias que ignoramos.
– Creo que va a ser difícil encontrar atenuantes en un triple asesinato como ése -dijo Fräklund-. Si eso ocurriera, tendríamos que considerar la posibilidad de que sea inocente del todo. Y eso sí que no me lo creo.
– Yo tampoco -reconoció Armanskij-. Pero vuestro trabajo es ayudar a la policía en todo lo que esté en vuestra mano, y contribuir a que Lisbeth sea detenida cuanto antes.
– ¿Presupuesto? -preguntó Fräklund.
– Corriente. Quiero que me mantengáis informado de los gastos. Si se dispararan, nos veríamos obligados a abandonar. Pero contad con que, de ahora en adelante, trabajaréis en esto a tiempo completo durante una semana como mínimo.
Volvió a dudar un momento.
– Yo soy el que mejor conoce a Salander. Eso quiere decir que tenéis que considerarme como uno de los personajes de la historia, así que yo debo ser una de las personas a las que interroguéis -dijo para concluir.
Una estresada Sonja Modig recorrió el pasillo e irrumpió en la sala de interrogatorios justo cuando cesaba el rumor de sillas arrastrándose. Se sentó junto a Bublanski, que había convocado a todo el grupo de investigación, incluido el instructor del sumario. Hans Faste le echó una irritada mirada y luego empezó con la introducción. La reunión se celebraba por iniciativa suya.
Él había seguido hurgando en los eternos enfrentamientos entre la burocracia encargada de atender las necesidades sociales y Lisbeth Salander, la llamada «pista psicópata», tal como la calificaba Faste. E, i
– Éste es el doctor Peter Teleborian, médico jefe de la clínica psiquiátrica del hospital Sankt Stefan de Uppsala. Ha tenido la amabilidad de venir hasta Estocolmo para ayudarnos en la investigación con sus conocimientos sobre Lisbeth Salander.
Sonja Modig miró a Peter Teleborian. Era un hombre de baja estatura, con pelo castaño rizado, gafas de montura metálica y una pequeña perilla. Iba vestido informalmente, con una americana beige de pana, unos vaqueros y una clara camisa de rayas con el cuello desabotonado. Tenía una cara afilada y un aspecto juvenil. Sonja había visto a Peter Teleborian en alguna que otra ocasión, pero nunca llegó a hablar con él. Una vez -cuando ella estudiaba el último año en la academia de policía- él dio unas conferencias sobre trastornos psíquicos; y otra, en un curso de formación profesional, les habló de los psicópatas y de los comportamientos psicópatas entre los jóvenes. En otra ocasión ella también asistió como oyente a un juicio contra un violador en serie al que Teleborian había sido convocado como experto en la materia. Tras varios años de participación en debates públicos se había convertido en uno de los psiquiatras más conocidos del país. Se había distinguido por su fuerte crítica a los recortes de la asistencia psiquiátrica, los cuales habían provocado que se cerraran hospitales psiquiátricos y que personas con evidente necesidad de atención mental fueran abandonadas a su suerte en la calle, predestinadas a convertirse en vagabundos y marginados sociales. Después del asesinato de la ministra de Asuntos Exteriores, A
Peter Teleborian saludó a los allí congregados con un movimiento de cabeza y se sirvió agua Ramlösa en un vaso de plástico.
– Vamos a ver en qué puedo contribuir a la investigación -empezó prudentemente-. Odio que mis pronósticos se cumplan.
– ¿Se cumplen sus pronósticos? -preguntó Bublanski.
– Sí. Resulta paradójico. La misma noche en la que tuvieron lugar los asesinatos de Enskede, yo participé en un debate televisivo sobre esa bomba de relojería que hace tictac en cualquier parte de nuestra sociedad. Es terrible. No es que estuviera pensando precisamente en Lisbeth Salander en ese momento, pero ofrecí una serie de ejemplos (anónimos, por supuesto) de pacientes que deberían estar recluidos en instituciones en vez de sueltos por la calle. Me atrevería a decir que ustedes mismos, sin ir más lejos, en sólo este año van a tener que investigar, por lo menos, media docena de asesinatos u homicidios cuyos autores pertenecerán a ese grupo de pacientes bastante reducido desde el punto de vista numérico.
– ¿Nos está diciendo que Lisbeth Salander es una de esas locas? -preguntó Hans Faste.
– La palabra «loca» no es la más apropiada. Pero sí, ella pertenece a ese grupo que ha sido abandonado por la sociedad. Ella representa, sin duda, a uno de esos trastornados individuos a los que yo no habría soltado si hubiera dependido de mí.