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– ¿Quiere decir que la deberían haber encerrado antes de que cometiera algún delito? -inquirió Sonja Modig-. No es del todo compatible con los principios de una sociedad de derecho.

Hans Faste frunció el ceño y le echó una irritada mirada. Sonja Modig se preguntó por qué Faste parecía lanzar continuamente sus dardos contra ella.

– Tiene toda la razón -contestó Teleborian, acudiendo indirectamente a su rescate-. No es compatible con la sociedad de derecho, por lo menos en su forma actual. Se trata de mantener el equilibrio entre el respeto por el individuo y el respeto por las potenciales víctimas que una persona psíquicamente enferma puede dejar tras de sí. Ningún caso se parece al otro y cada paciente debe ser tratado según sus particularidades. Está claro que dentro de la asistencia psiquiátrica también cometemos errores y soltamos a personas que no deberían andar por la calle.

– Bueno, no creo que sea el mejor momento para profundizar en política social -dijo Bublanski tímidamente.

– Tiene razón -convino Teleborian-. Ahora estamos hablando de un caso concreto. Pero déjenme que les diga una cosa: es importante que entiendan que Lisbeth Salander es una persona enferma que necesita un tratamiento; al igual que lo necesita un paciente con dolor de muelas o con insuficiencia cardíaca. Puede recuperarse del todo y podría haberse curado si hubiese recibido la ayuda adecuada cuando todavía resultaba posible tratarla.

– O sea, que fue su médico -dijo Hans Faste.

– Yo soy una de las muchas personas que han tenido que ver con Lisbeth Salander. Fue mi paciente en sus primeros años de adolescencia y yo fui uno de los médicos que la evaluó cuando se decidió ponerla bajo tutela administrativa al cumplir los dieciocho años.

– Háblenos de ella -pidió Bublanski-. ¿Qué la podría haber impulsado a ir a Enskede y matar a dos desconocidos, y qué la podría haber llevado a asesinar a su administrador?

Peter Teleborian se rió.

– No puedo contestarle a eso. Hace muchos años que no sigo su evolución y no sé en qué grado de psicosis se encuentra. Lo que sí puedo decir, no obstante, es que dudo que la pareja de Enskede le fuese desconocida.

– ¿Qué le hace decir eso? -quiso saber Hans Faste.

– Uno de los puntos débiles del tratamiento de Lisbeth Salander es que nunca se ha hecho un diagnóstico completo sobre ella. Eso se debe al hecho de que nunca se ha mostrado receptiva al tratamiento. Siempre se ha negado a contestar a las preguntas y a participar en cualquier tipo de terapia.

– ¿Así que no saben si realmente está enferma? -preguntó Sonja Modig-. Quiero decir, que como no hay un diagnóstico…

– Mírelo de la siguiente manera -dijo Peter Teleborian-: Lisbeth Salander me llegó justo cuando ella iba a cumplir trece años. Era psicótica, tenía algunas obsesiones y sufría de una manifiesta manía persecutoria. Fue mi paciente durante dos años, mientras estuvo recluida a la fuerza en Sankt Stefan. Su internamiento se debió a que ella había manifestado durante toda su infancia un comportamiento sumamente violento contra sus compañeros de colegio, sus profesores y sus conocidos. En repetidas ocasiones fue denunciada por malos tratos. Pero en todos esos casos la violencia se dirigió a personas de su entorno, o sea, a alguien que dijo o hizo algo que ella percibió como una ofensa. Por eso creo que hay algún vínculo entre ella y la pareja de Enskede. No nos consta que haya atacado nunca a una persona completamente desconocida.

– Excepto aquella agresión que cometió en el metro cuando tenía diecisiete años -precisó Hans Faste.

– Supongo que ahí podemos considerar que fue a ella a quien atacaron y que no hizo más que defenderse -respondió Teleborian-. La persona en cuestión era un conocido delincuente sexual. Pero también constituye un buen ejemplo de su manera de reaccionar. Podría haberse alejado de allí o buscado protección entre los demás pasajeros del vagón. En su lugar, optó por atacarlo. Cuando se siente amenazada reacciona con una desmesurada violencia.

– ¿Qué es en realidad lo que tiene? -preguntó Bublanski.

– Como ya he dicho, carecemos de un verdadero diagnóstico. Yo diría que sufre de esquizofrenia y que se encuentra constantemente al límite de una psicosis. Carece de empatía y, en muchos sentidos, podría describirse como una sociópata. Tengo que reconocer que me parece sorprendente que se las haya apañado tan bien desde que cumplió los dieciocho años. Quiero decir que, aunque sometida a tutela administrativa, ha estado suelta durante ocho años sin cometer ningún acto que haya conducido a una denuncia policial o a un arresto. Pero su pronóstico…

– ¿Su pronóstico?

– Durante todo este tiempo no ha recibido tratamiento alguno. Mi teoría es que esa enfermedad, que quizá podríamos haber vencido y tratado hace diez años, ahora es parte integrante de su personalidad. Yo vaticino que en cuanto sea detenida, no la condenarán a prisión. Deben tratarla.

– Entonces, ¿cómo diablos pudo el tribunal ponerla de patitas en la calle? -murmuró Hans Faste.

– Supongo que habría que verlo como una combinación de tres cosas: un abogado con mucha labia, una manifestación más de los recortes presupuestarios y de una constante liberalización. De todas maneras, fue una decisión a la que me opuse cuando los médicos forenses me consultaron. Pero no me hicieron caso.

– Pero ese pronóstico del que está hablando es una conjetura, ¿no? -intervino Sonja Modig-. Quiero decir… realmente no sabe nada de su vida desde que tenía dieciocho años.

– Es más que una conjetura. Es mi experiencia.

– ¿Es autodestructiva? -preguntó Sonja Modig.

– ¿Se refiere a si es capaz de suicidarse? No, lo dudo. Es más bien una psicópata egomaníaca. Lo importante es ella. Todas las demás personas de su entorno carecen de importancia.

– Ha dicho que puede reaccionar con un exceso de violencia -comentó Hans Faste-. En otras palabras, ¿debemos considerarla peligrosa?

Peter Teleborian se quedó observándolo durante unos instantes. Luego inclinó la cabeza y se frotó la frente antes de contestar.

– No pueden imaginar lo difícil que resulta determinar exactamente cómo va a reaccionar una persona. No quiero que a Lisbeth Salander le pase nada cuando la detengan… pero sí, en este caso yo me aseguraría de que la detención se lleve a cabo con la mayor cautela posible. Si va armada, el riesgo de que use el arma es muy elevado.