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Cuando Bublanski lo visitó, él aportó, sin dudarlo ni un instante, toda la información que pudo para que se arrestara a Lisbeth Salander. Que había que detenerla lo veía claro; cuanto antes mejor. Pero tenía remordimientos de conciencia porque la imagen que se había formado de ella era tan mala que lo había llevado a aceptar, sin cuestionárselo lo más mínimo, su culpabilidad. Armanskij era realista. Si la policía se presentaba sosteniendo que una determinada persona era sospechosa de asesinato, la probabilidad de que resultara cierto se consideraba alta. Por lo tanto, Lisbeth Salander era culpable.

Sin embargo, lo que la policía no había analizado era si ella tenía motivos para actuar así: si podría existir alguna circunstancia atenuante o, por lo menos, una explicación lógica de su arrebato de violencia. La misión de la policía era detenerla y probar que fue ella quien disparó, no la de hurgar en su psique para explicar con exactitud el porqué. Se contentarían con dar con un motivo medianamente razonable de sus actos; pero, ante la ausencia de explicaciones, estarían dispuestos a considerarlo todo como un acto de locura. «Lisbeth Salander, otra loca asesina múltiple siguiendo los pasos de Mattias Flink.» Armanskij meneó la cabeza.

No le gustaba esa explicación.

Lisbeth Salander nunca hacía nada en contra de su voluntad y sin analizar las consecuencias. «Especial, sí. Loca, no.»

Por lo tanto, tenía que existir alguna explicación, por oscura e inaccesible que le pareciera a alguien de fuera.

De repente, a eso de las dos de la madrugada, tomó una decisión.