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– Vale. Por aquel entonces tú residías en Hedestad y, por lo que tengo entendido, vivías corno un ermitaño. Y aquel verano Hedestad no pasó precisamente inadvertido en el mundo mediático. Harriet Vanger resucitando de entre los muertos y todo eso. Curiosamente, en Mille

– Como ya te he comentado… no te voy a decir ni mu. Puedes pasarte la vida entera haciendo cabalas pero la probabilidad de que aciertes la considero prácticamente nula -Mikael sonrió-. Pero si no hemos escrito nada sobre Harriet, es porque pertenece a nuestra junta. Dejemos que sean otros medios de comunicación quienes se ocupen de ella. Y en cuanto a Lisbeth, confía en mi palabra. Lo que ella hizo por mí no tiene nada que ver con lo ocurrido en Enskede. Simplemente, no hay ningún tipo de conexión.

– De acuerdo.

– Déjame que te dé un consejo: no adivines, no saques conclusiones. Quédate solamente con que ella trabajaba para mí y que yo no puedo contarte de lo que se trataba. Déjame decirte también que ella hizo otra cosa por mí. En un momento dado me salvó la vida. Literalmente. Tengo una enorme deuda de gratitud con ella.

Malin puso unos ojos como platos. En Mille

– O sea, que, si no lo he entendido del todo mal, la conoces bastante bien.

– Todo lo bien que se puede conocer a Lisbeth Salander, supongo -contestó Mikael-. Probablemente se trate de la persona más cerrada que he conocido en mi vida.

De repente, Mikael se levantó y desvió la mirada hacia la oscuridad exterior.

– No sé si te apetecerá o no, pero yo pienso servirme un vodka con lima -dijo finalmente.

Malin sonrió.

– Vale. Mejor eso que más café.

Dragan Armanskij dedicó las fiestas de Pascua a reflexionar sobre Lisbeth Salander en la casa de campo que poseía en la isla de Blidö. Sus hijos ya eran adultos y habían optado por no pasarlas con sus padres. Ritva, su mujer desde hacía ya veinticinco años, no tenía mayores dificultades en aceptar que su marido, en determinadas ocasiones, se hallara a años luz de ella: se sumía en silenciosas cavilaciones y le contestaba sin mucha atención cuando le dirigía la palabra. Todos los días cogía el coche e iba hasta la tienda del pueblo para comprar los periódicos. Se sentaba junto a la ventana del porche y leía los artículos sobre la caza de Lisbeth Salander.

Dragan Armanskij estaba decepcionado consigo mismo. Le decepcionaba el hecho de haber juzgado tan rotundamente mal a Lisbeth Salander. Que ella tenía problemas psíquicos lo sabía desde hacía ya muchos años. Tampoco le era ajena la idea de que podía volverse violenta y dañar a alguien que la estuviera amenazando. Que hubiera atacado a su administrador -al que ella, sin duda, habría considerado una persona que se entrometía en sus asuntos personales- resultaba, a cierto nivel intelectual, comprensible. Ella veía sus intentos de gobernar su vida como verdaderas provocaciones y tal vez, incluso, como hostiles ataques.

Sin embargo, no le entraba en la cabeza qué la podría haber llevado a ir a Enskede y matar a tiros a dos personas que, según todas las informaciones, le eran completamente desconocidas.

Dragan Armanskij seguía esperando que se estableciera una conexión entre Salander y la pareja de Enskede: que alguno de ellos hubiese tenido algo que ver con ella o que hubiese actuado de tal manera que ella se enfureciera. Pero semejante conexión no aparecía en los periódicos. En su lugar, se especulaba con que la enferma mental Lisbeth Salander hubiera sufrido algún tipo de crisis.

Llamó dos veces al inspector Bublanski para enterarse del desarrollo de la investigación, pero tampoco él era capaz de establecer ninguna conexión entre Salander y Enskede. Excepto la de Mikael Blomkvist. Era ahí donde la investigación daba en hueso. Mikael Blomkvist conocía tanto a Salander como a la pareja de Enskede, pero no había ninguna evidencia de que, a su vez, Lisbeth Salander conociera a Dag Svensson y Mia Bergman, o de que ni siquiera hubiese oído hablar de ellos. Por lo tanto, al equipo investigador le estaba costando mucho trabajo explicar el correcto curso de los acontecimientos. Si no hubiese existido ni el arma homicida con sus huellas dactilares ni el indiscutible vínculo con su primera víctima, el abogado Bjurman, la policía habría ido dando palos de ciego.

Malin Eriksson hizo una visita al cuarto de baño de Mikael y luego regresó al sofá.

– Resumiendo -dijo-, la tarea consiste en decidir si Lisbeth Salander asesinó a Dag y Mia como afirma la policía. No tengo ni idea de por dónde empezar.

– Tómatelo como un trabajo periodístico. No vamos a realizar ninguna investigación policial. Sin embargo, vamos a estar encima de la policía y averiguar lo que ellos saben. Como siempre, aunque con la diferencia de que no vamos a publicar necesariamente todo lo que averigüemos.

– Pero si Salander los ha asesinado, tiene que existir un vínculo entre ella y Dag y Mia. Y el único que hay eres tú.

– Y en este caso no soy exactamente un vínculo. Llevo más de un año sin ver a Lisbeth. Hasta ignoro cómo conocía ella la existencia de Dag y Mia.

De pronto Mikael se calló. A diferencia de todos los demás, sabía que Lisbeth Salander era una hacker de categoría mundial. De repente se dio cuenta de que su iBook estaba repleto de correspondencia con Dag Svensson, así como de las distintas versiones del libro de Dag. Allí había, además, una copia electrónica de la tesis de Mia. Desconocía si Lisbeth había entrado en su ordenador, pero, en el caso de que lo hubiera hecho, podía haber sacado la conclusión de que conocía a Dag Svensson.

Sin embargo, le resultaba imposible imaginar que Lisbeth tuviera algún motivo para ir a Enskede y matar a Dag y Mia. Todo lo contrario: trabajaban en un reportaje sobre la violencia contra las mujeres que Lisbeth Salander apoyaría de todas todas. Si es que Mikael Blomkvist la conocía lo más mínimo.

– Tienes cara de haber descubierto algo -comentó Malin.

Mikael no pensaba decir ni una palabra sobre las cualidades de Lisbeth en el mundo informático.

– No, es sólo que estoy cansado y algo mareado -contestó.

– Bueno, no sólo sospechan de ella por el asesinato de Dag y Mia sino también por el de su administrador, y ahí la conexión está clarísima. ¿Qué sabes de él?

– Nada de nada. Nunca he oído hablar del abogado Bjurman y ni siquiera sabía que Lisbeth tuviera un administrador.

– Pero la probabilidad de que otra persona haya matado a los tres es ínfima. Aunque alguien asesinara a Dag y Mia por sus reportajes, no existe el más mínimo motivo en el mundo para cargarse al administrador de Lisbeth Salander.

– Ya lo sé, y me he devanado los sesos hasta más no poder. Pero me puedo imaginar al menos un escenario en el que un extraño mataría tanto a Dag y Mia como al administrador de Lisbeth.

– ¿Cuál?

– Digamos que Dag y Mia murieron porque hurgaron en el comercio sexual y que Lisbeth se vio de algún modo implicada. Si Bjurman era el administrador de Lisbeth, existe una posibilidad de que ella confiara en él y de que eso lo llevara a convertirse en testigo o a enterarse de algo que habría provocado su asesinato.

Malin meditó un instante.

– Entiendo lo que quieres decir -dijo, dudando-. Pero no tienes nada que pruebe esa teoría.

– No. Nada.

– ¿Y tú qué crees? ¿Es culpable o no?

Mikael meditó su respuesta largo rato.

– Si me estás preguntando si es capaz de matar, la respuesta es sí. Lisbeth Salander tiene un carácter violento. La he visto en acción cuando…

– ¿Cuándo te salvó la vida?

Mikael asintió.

– No te puedo contar de qué se trataba. Pero había un hombre que me quería matar y estuvo a punto de conseguirlo. Ella intervino y le dio una buena paliza con un palo de golf.

– ¿Y no le has contado nada de eso a la policía?

– En absoluto. Es algo entre tú y yo.

– De acuerdo.

Mikael le lanzó una penetrante mirada.

– Malin, en este tema necesito poder confiar en ti.

– No voy a revelarle a nadie nada de lo que me cuentes. Ni siquiera a Anton. No sólo eres mi jefe. También te tengo aprecio y no pienso hacerte daño.

Mikael hizo un gesto de conformidad.

– Perdóname -dijo él.

– Deja de pedir perdón.

Mikael se rió y acto seguido volvió a ponerse serio.

– Estoy convencido de que si hubiese sido necesario, ella lo habría matado para defenderme a mí.

– Entiendo.

– Pero al mismo tiempo la veo completamente racional. Rara, sí, pero completamente racional según sus propios principios. Empleó la violencia porque resultaba necesario, no porque le diera la gana. Para matar, le haría falta un motivo: que alguien la provocara y la amenazase en extremo.

Meditó un rato más. Malin lo observaba pacientemente.

– No puedo pronunciarme sobre su administrador. No sé absolutamente nada de él. Pero no me la imagino matando a tiros a Dag y a Mia. Simplemente, no me lo creo.

Permanecieron en silencio durante mucho tiempo. Malin consultó su reloj con el rabillo del ojo y vio que eran las nueve y media de la noche.

– Es tarde. Debería irme a casa -dijo.

Mikael asintió.

– Llevamos trabajando todo el día. Podemos seguir devanándonos los sesos mañana. No, deja eso. Ya lo fregaré yo.

La madrugada del sábado al domingo de Pascua, Armanskij estaba en la cama escuchando los suaves ronquidos de Ritva. No podía pegar ojo. Tampoco él conseguía formarse una idea clara de los acontecimientos. Al final se levantó, se puso las zapatillas y el albornoz, y salió al salón. Hacía frío y echó un par de troncos en la chimenea de esteatita. Abrió una cerveza sin alcohol, se sentó y se puso a mirar la oscuridad del estrecho de Furusund. «¿Qué es lo que sé?»

Dragan Armanskij podía confirmar a ciencia cierta que Lisbeth Salander estaba chalada y que resultaba imprevisible. De eso no cabía duda.

No sabía exactamente qué, pero imaginaba que algo sucedió en aquel invierno de 2003 cuando, de pronto, dejó de trabajar para él, se tomó un año sabático y se fue al extranjero. Estaba convencido de que Mikael Blomkvist tenía algo que ver con aquella desaparición, pero Mikael también ignoraba lo que había ocurrido.

Lisbeth regresó y le hizo una visita. Afirmó ser «económicamente independiente», algo que Armanskij interpretó como que tenía suficiente dinero para arreglárselas durante un tiempo.

También estuvo visitando a Holger Palmgren. Pero ni siquiera se había puesto en contacto con Blomkvist.

Había matado a tres personas, dos de las cuales, al parecer, le eran completamente desconocidas.

«No encaja. No hay ninguna lógica.»

Armanskij tomó un trago de cerveza directamente de la botella y encendió un purito. También tenía remordimientos, cosa que había contribuido a su sensación de malestar durante esos días.