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Acompañaba la oferta un sueldo que hacía que los ingresos de Mille
La oferta cayó como un relámpago en medio de un cielo despejado y la dejó muda.
– ¿Por qué precisamente yo?
Al principio se expresó con una extraña falta de claridad pero luego le salió con la explicación de que era conocida, respetada y -algo de lo que todos daban fe- una jefa competente. Su manera de sacar a Mille
– Yo no comparto la ideología política del periódico.
– No importa. Tampoco te has definido como una adversaria. Vas a ser jefa, no ideóloga política, y los que escriben los editoriales se las arreglan solos.
No lo dijo, pero también se trataba de una cuestión de clases: Erika venía de buena familia y del entorno social más apropiado.
Erika contestó que, en un principio, la propuesta la atraía pero que no podía responderles inmediatamente. Debía pensárselo bien y quedó en darles una contestación en breve. El director general le dijo que si el motivo de sus dudas era el sueldo, ella podía negociar la cifra y aumentarla un poco más. Además, se le añadiría un paracaídas dorado excepcionalmente atractivo.
– Ya va siendo hora de que empieces a pensar en tu jubilación.
Casi cuarenta y cinco años. Ya había pasado sus años perros como principiante y sustituta. Había fundado Mille
Había desventajas obvias. Un sí conllevaría interrumpir su colaboración con Mikael. Por muy suculenta que fuera su oferta, él nunca se iría con ella al Gran Dragón. Mikael no necesitaba el dinero y se encontraba muy a gusto escribiendo, a su ritmo, sus propios textos.
Erika se sentía muy bien con el cargo de redactora jefe que tenía en Mille
Pero Erika Berger estaba tentada. No tanto por el sueldo como por el hecho de que el trabajo significara que se convertiría definitivamente en uno de los personajes con más peso dentro de los medios de comunicación del país.
– Es una oferta irrepetible -había dicho el director general.
Allí mismo, ante el Grand Hotel de Saltsjöbaden, se dio cuenta, para su propia desesperación, de que no iba a ser capaz de decir que no. Y temía el momento de comunicarle la noticia a Mikael Blomkvist.
Como venía siendo habitual, la cena de la familia Gia
Por lo tanto, el caos alrededor de la mesa del comedor, de un tamaño más que generoso, era considerable. La conversación transcurrió en una repiqueteante mezcla de sueco e italiano, a veces al mismo tiempo, y la situación no se hizo más llevadera por el hecho de que Angelina se pasara toda la noche hablando de las razones por las que Mikael seguía soltero y proponiendo toda una serie de apropiadas candidatas de entre las hijas de su círculo de amistades. Al final, Mikael declaró que no le importaría casarse si no fuera porque su amante ya estaba casada. Ante ese comentario, incluso a Angelina no le quedó más remedio que callarse.
A las siete y media, sonó el móvil de Mikael. Pensaba que lo tenía apagado y estuvo a punto de perder la llamada antes de conseguir sacar el teléfono del bolsillo de la americana, que alguien había puesto en el estante de los sombreros que se encontraba en la entrada. Era Dag Svensson.
– ¿Te llamo en mal momento?
– No especialmente. Estoy cenando en casa de mi hermana con el ejército de la familia de su marido. ¿Qué pasa?
– Dos cosas. He intentado contactar con Christer Malm pero no contesta al teléfono.
– Esta noche iba al teatro con su novio.
– Mierda. Le había prometido que mañana por la mañana le llevaría a la redacción las fotos e ilustraciones que queríamos incluir en el libro. Christer iba a echarles un vistazo durante las fiestas. Pero, de pronto, a Mia se le ha ocurrido subir a Dalecarlia para ver a sus padres y enseñarles la tesis. Teníamos pensado salir mañana temprano.
– Vale.
– Son fotos en papel, así que no puedo mandarlas por mail. ¿Te las podría enviar esta misma noche con un mensajero?
– Sí… pero oye, yo estoy en Lä
A Dag Svensson le pareció muy bien.
– Lo segundo no creo que sea de tu agrado.
– Shoot.
– He tropezado con una cosa que me gustaría confirmar antes de que el libro vaya a imprenta.
– Vale. ¿De qué se trata?
– Zala, escrito con «z».
– ¿Qué es eso de «Zala»?
– Zala es un gánster, probablemente de algún país del Este, tal vez Polonia. Te lo mencionaba en un correo que te mandé hará una semana.
– Sorry, se me había olvidado.
– Aparece un poco por todas partes en el material. La gente parece tenerle miedo y nadie quiere hablar de él.
– Ajá.
– Hace un par de días volví a toparme con su nombre. Creo que se encuentra en Suecia y que debería formar parte de la lista de puteros del capítulo siete.
– Dag, no puedes empezar a sacar nuevo material tres semanas antes de llevar el libro a imprenta.
– Ya lo sé. Pero esto es un hallazgo inesperado y no podemos pasarlo por alto. Estuve hablando con un policía que también había oído hablar de Zala y… creo que vale la pena dedicar un par de días de la próxima semana a investigarlo.
– ¿Por qué? ¿No tienes ya bastantes cabrones?
– Éste parece especial. Nadie sabe muy bien quién es. Tengo el presentimiento de que hurgar un poco más nos sería muy útil.
– Nunca se debe subestimar un presentimiento -dijo Mikael-. Pero sinceramente… no podemos aplazar el deadline ahora. La imprenta está reservada y el libro ha de salir a la vez que Mille
– Lo sé -contestó Dag Svensson, desanimado.
Mia Bergman acababa de hacer café y de verterlo en el termo cuando llamaron a la puerta. Eran las nueve menos algo. Dag Svensson se encontraba cerca de la entrada y, convencido de que era Mikael Blomkvist que se presentaba más pronto de lo previsto, abrió sin asomarse a la mirilla. En su lugar se encontró con una chica de baja estatura, parecida a una muñeca, que tomó por una adolescente.
– Busco a Dag Svensson y a Mia Bergman -dijo la chica.
– Yo soy Dag Svensson -aclaró él.
– Quiero hablar contigo.
Inconscientemente, Dag consultó la hora. Mia Bergman se acercó a la entrada y se situó detrás de su pareja con cara de curiosidad.
– ¿No te parece un poco tarde para una visita? -preguntó Dag.
La chica lo observó con un paciente silencio.
– ¿De qué quieres hablar? -continuó Dag.
– Quiero hablar del libro que piensas publicar en Mille
Dag y Mia intercambiaron una mirada.
– ¿Y tú quién eres?
– Me interesa el tema. ¿Puedo entrar o quieres que lo tratemos aquí, en la escalera?
Dag Svensson dudó un instante. Es cierto que la chica era una perfecta desconocida y que la hora elegida para realizar la visita resultaba rara, pero se le antojó inofensiva y la dejó entrar. La acompañó a una mesa del salón.
– ¿Quieres café? -preguntó Mia.De reojo, Dag echó a su pareja una mirada de irritación.
– ¿Qué te parece si me dices quién eres?
– Sí, por favor. Sí al café, quiero decir. Me llamo Lisbeth Salander.
Mia se encogió de hombros y abrió el termo. Como esperaba la visita de Mikael Blomkvist ya había puesto unas tazas en la mesa.
– ¿Y qué te hace pensar que voy a publicar un libro en Mille
De repente le entró una profunda desconfianza, pero la chica lo ignoró y en su lugar miró a Mia Bergman. Mostró una mueca que podría interpretarse como una sonrisa torcida.
– Una tesis interesante -dijo.
Mia Bergman parecía asombrada.
– ¿Cómo puedes saber tú algo de mi tesis?
– Me encontré con una copia por casualidad -contestó la chica misteriosamente.
La irritación de Dag Svensson iba en aumento.
– Bueno, ¿me vas a explicar qué quieres? -insistió.
Sus miradas se cruzaron. De repente, Dag reparó en que los iris de Lisbeth eran de un color castaño tan oscuro que, con la luz, se volvían negro azabache. Se dio cuenta de que se había equivocado con su edad. Era mayor de lo que había pensado.
– Quiero saber por qué vas por ahí preguntando sobre Zala, Alexander Zala -dijo Lisbeth Salander-. Y, sobre todo, quiero saber exactamente qué sabes de él.
«Alexander Zala», pensó Dag Svensson, perplejo. Hasta ahora nadie había mencionado su nombre de pila.
Dag Svensson examinó a la chica que se encontraba sentada frente a él. Ella levantó la taza de café y bebió un sorbo sin dejar de mirarlo. Sus ojos resultaban completamente fríos. De pronto sintió un ligero malestar.
A diferencia de Mikael y los demás adultos del grupo -y a pesar de ser la persona que cumplía años-, A