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– ¿Por qué no te compras un coche? -se quejó, no obstante, cuando Mikael se abrochó el cinturón de seguridad.

– Porque a diferencia de ti, yo vivo a cuatro pasos de mi trabajo y sólo necesito el coche aproximadamente una vez al año. Además, hoy no podría haberlo cogido porque tu marido me ha invitado a aguardiente de Skåne.

– Empieza a asuecarse. Hace diez años te habría servido algún licor italiano.

Aprovecharon el trayecto para dedicarse a charlar de hermano a hermana. Aparte de una tía paterna un poco plasta, dos tías maternas algo menos plastas y algunos primos lejanos, Mikael y A

A

– ¿Cómo estás? -preguntó A

– Bueno, bien.

– Entonces, ¿cuál es el problema?

– ¿El problema?

– Te conozco, Micke. Has estado como ausente toda la noche.

Mikael permaneció un rato en silencio.

– Es una historia complicada. De momento tengo dos problemas. Uno tiene que ver una chica que conocí hace dos años, que me ayudó con el asunto We

Mikael le contó la agresión sufrida por Lisbeth en Lundagatan.

– ¿Has puesto una denuncia a la policía? -preguntó A

– No.

– ¿Por qué?

– Esta chica es una persona excepcionalmente celosa con su vida privada. Fue ella a quien atacaron. Es ella la que ha de poner la denuncia.

Algo que, sospechaba Mikael, no estaba en el primer punto del orden del día de la agenda de Lisbeth Salander.

– Cabezota -dijo A

– En Mille

Atónita, A

– ¡Consultarme a mí! -exclamó-. Anda, eso sí que es una novedad.

– La historia va de trafficking y violencia contra las mujeres. Tú eres abogada y sabes de eso. Es cierto que no te ocupas de casos de libertad de prensa, pero me encantaría que leyeras el texto antes de mandarlo a imprenta. Se trata de unos cuantos artículos para la revista pero también de un libro, así que tienes lectura para rato.

A

– ¿Sabes, Mikael? En toda mi vida sólo he estado realmente cabreada contigo una vez.

– ¿Ah, sí? -contestó Mikael, asombrado.

– Cuando te demandó We

– ¿Por qué? Metí la pata.

– Has metido la pata muchas veces. Pero en aquella ocasión te hacía falta un abogado y la única a la que no recurriste fue a mí. Te quedaste allí solito, tragándote toda la mierda que te cayó en el juicio y en los medios de comunicación. Ni siquiera te defendiste. Creí morir.

– Fueron unas circunstancias especiales. No podrías haber hecho nada.

– Ya, pero no lo entendí hasta un año más tarde, cuando Mille

– No podrías haber hecho nada para ganar el juicio.

– No te enteras, hermanito. Yo también entiendo que se trataba de un caso perdido. Leí la sentencia. Pero el quid de la cuestión es que no acudiste a mí para pedir ayuda. Algo tan simple como: «Hola, hermanita; necesito un abogado». Por eso nunca me presenté en los juzgados.

Mikael meditó sobre el tema.

– Sorry. Debería haberlo hecho, supongo.

– Supones bien.

– Ese año estaba fatal. No tenía fuerzas para hablar con nadie. Sólo quería dejarlo todo y morirme.

– Algo que, por cierto, no fue precisamente lo que hiciste.

– Perdóname.

De pronto A

– No está mal. Una disculpa al cabo de dos años. De acuerdo. No me importa leer esos textos. ¿Corre prisa?

– Sí. Pronto vamos a imprenta. Gira a la izquierda, aquí.

A

– Sólo me llevará un minuto -dijo Mikael.

Cruzó la calle corriendo y marcó el código del portal. Nada más acceder al edificio se dio cuenta de que pasaba algo. Oyó unas indignadas voces resonando en la escalera y subió andando hasta la casa de Dag Svensson y Mia Bergman, en el tercer piso. Hasta que no llegó no se dio cuenta de que todo aquel jaleo procedía de allí. Cinco vecinos se encontraban en el rellano. La puerta de la casa de Dag y Mia estaba entreabierta.

– ¿Qué pasa? -preguntó más por curiosidad que por preocupación.

Las voces cesaron. Cinco pares de ojos lo contemplaron. Tres mujeres y dos hombres, todos rondando la edad de la jubilación. Una de ellas llevaba camisón.

– Han sonado como tiros. -El hombre que contestó tenía unos setenta años y vestía una bata marrón.

– ¿Tiros? -repitió Mikael con cara de tonto.

– Ahora mismo. En ese piso. Hace un minuto. La puerta estaba abierta.

Mikael se abrió camino y llamó al timbre al mismo tiempo que entraba.

– ¿Dag? ¿Mia? -gritó.

No hubo respuesta.

De repente sintió que un gélido frío le recorría la nuca. Olía a pólvora. Luego se acercó a la puerta del salón-comedor. Lo primero que vio, Diosmioporfavor, fue a Dag Svensson de bruces en medio de un enorme charco de sangre ante la mesa donde él y Erika habían cenado hacía unos meses.

Mikael se acercó a toda prisa a Dag, mientras sacaba bruscamente el móvil y marcaba el 112 de SOS Alarm. Contestaron en seguida.

– Me llamo Mikael Blomkvist. Necesito una ambulancia y también a la policía.

Les dio la dirección.

– ¿De qué se trata?

– Un hombre. Parece haber recibido un disparo en la cabeza y no da señales de vida.

Mikael se inclinó e intentó tomarle el pulso en el cuello. Luego le descubrió un cráter en la parte posterior de la cabeza y se dio cuenta de que estaba pisando una parte considerable de lo que había sido la masa encefálica de Dag Svensson. Retiró la mano despacio.

Ninguna ambulancia del mundo podría salvar la vida de Dag Svensson.De pronto descubrió los añicos de una de las tazas de café que Mia Bergman había heredado de su abuela y que con tanto cariño guardaba. Se levantó súbitamente y miró a su alrededor.

– ¡Mia! -gritó.

El vecino de la bata marrón había entrado en la casa siguiendo a Mikael. Este se dio la vuelta en la puerta del salón y lo señaló con el dedo.

– ¡Quédese ahí! -gritó-. Vuelva a la escalera.

Al principio dio la impresión de intentar protestar, pero obedeció. Mikael permaneció quieto durante quince segundos. Luego bordeó el charco de sangre y pasó con mucho cuidado por delante de Dag Svensson, hasta llegar a la puerta del dormitorio.

Mia Bergman se hallaba tumbada de espaldas en el suelo, a los pies de la cama. NonononoMiatambie

Mikael se percató de que tenía el móvil agarrado convulsivamente, con la central de emergencias todavía en línea, y de que estaba conteniendo la respiración. Inspiró profundamente y se acercó el móvil a la oreja.

– Necesitamos a la policía. Han disparado a dos personas. Creo que están muertas. Dense prisa.

Oyó que la voz de SOS Alarm decía algo pero no fue capaz de discernir las palabras. De repente le pareció que algo le pasaba en el oído. A su alrededor reinaba un silencio absoluto. Al intentar hablar no oyó el sonido de su propia voz. Bajó el móvil y salió del piso caminando hacia atrás. Al llegar al rellano de la escalera, se dio cuenta de que todo el cuerpo le temblaba y de que el corazón le palpitaba de un modo anormal. Sin pronunciar palabra se abrió camino entre el petrificado grupo de vecinos y se sentó. Como a lo lejos, oyó que le hacían preguntas. «¿Qué ha pasado? ¿Se han hecho daño? ¿Ha ocurrido algo?» Era como si el sonido de sus voces le llegara a través de un túnel.

Mikael estaba como anestesiado. Se dio cuenta de que se encontraba en estado de shock. Metió la cabeza entre las rodillas. Luego se puso a pensar. «Dios mío, los han asesinado. Acaban de matarlos a tiros. El asesino puede estar todavía en la casa… no, lo habría visto. El apartamento sólo tiene cincuenta y cinco metros cuadrados.» No podía dejar de temblar. Dag yacía tumbado boca abajo, de modo que no vio su cara. Pero la imagen del rostro destrozado de Mia se le había quedado grabada en la retina.

De repente recobró la audición, como si alguien hubiese ajustado el volumen. Se levantó rápidamente y miró al vecino de la bata marrón.

– Oiga -le dijo-. Póngase aquí y asegúrese de que nadie entre en el apartamento. La policía y la ambulancia están de camino. Voy a bajar a abrirles la puerta.

Mikael saltó los escalones de tres en tres. Una vez en la planta baja echó un vistazo, por casualidad, a la escalera que conducía al sótano y se detuvo en seco. Descendió un peldaño. A medio tramo había un revólver. Mikael constató que parecía ser un Colt 45 Magnum, la misma arma que se utilizó para matar a Olof Palme.

Controló el impulso de cogerla. En su lugar, se acercó a la puerta de entrada y la colocó para que quedara abierta. Luego salió a la calle y permaneció quieto en la noche. Hasta que no oyó un corto pitido de claxon no se acordó de que su hermana lo estaba esperando. Cruzó.