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Capítulo 11 Miércoles, 23 de marzo – Jueves, 24 de marzo

Mikael Blomkvist puso la punta del bolígrafo rojo en un margen del manuscrito de Dag Svensson, trazó un signo de exclamación al que rodeó con un círculo y escribió las palabras «nota al pie». Quería la referencia de una de las afirmaciones.

Era miércoles, víspera del jueves de Pascua, y Mille

A Dag Svensson no se le había visto el pelo. Mikael se hallaba solo retocando su manuscrito. El libro iba a constar de doce capítulos, doscientas noventa páginas, conclusión a la que finalmente habían llegado. Dag Svensson había entregado la versión final de nueve de los doce capítulos y Mikael Blomkvist había analizado al dedillo cada palabra y devuelto el texto pidiendo aclaraciones o proponiendo cambios.

No obstante, Mikael consideraba a Dag Svensson un escritor muy hábil, de modo que su labor editora se limitaba principalmente a observaciones marginales. Tuvo que esforzarse para encontrar algo que realmente mereciera su crítica. Durante las semanas en que la pila de folios del manuscrito fue creciendo en la mesa de Mikael, sólo hubo desacuerdo acerca de un pasaje, de aproximadamente una página, que Mikael quería eliminar y por cuya conservación Dag luchó duramente. Pero se trataba de un detalle sin apenas importancia.

En resumen, Mille

Durante los últimos meses, Mikael había aprendido tres cosas acerca de Dag. Era un periodista meticuloso que apenas dejaba hilos sueltos. En sus textos brillaba por su ausencia aquella retórica pesada que caracteriza a tantos reportajes sociales y los convierte en altisonantes bodrios. Más que un reportaje, el libro era una declaración de guerra. Mikael sonrió serenamente. Dag Svensson tenía aproximadamente quince años menos, pero Mikael reconocía esa pasión que él mismo tuvo una vez, cuando emprendió su personal cruzada contra los pésimos periodistas de economía y redactó un libro que causó un gran escándalo y por el que todavía no lo habían perdonado en algunas redacciones.

El problema consistía en que el libro de Dag Svensson no podía tener fisuras. El reportero que da la cara de esa manera necesita o tener las espaldas totalmente cubiertas o renunciar a su publicación. Dag Svensson las tenía cubiertas al noventa y ocho por ciento. Existían puntos débiles que había que examinar más profundamente y afirmaciones que, en opinión de Mikael, no había documentado de una manera satisfactoria.

A eso de las cinco y media abrió el cajón de su mesa y sacó un cigarrillo. Erika Berger había prohibido terminantemente que se fumara allí, pero Mikael estaba solo y nadie iba a pisar la redacción durante el fin de semana. Siguió trabajando cuarenta minutos más antes de reunir las hojas y colocarlas encima de la mesa de Erika Berger para que las leyera. Dag Svensson le había prometido que a la mañana siguiente le enviaría por correo electrónico la versión final de los últimos tres capítulos, lo cual le daría a Mikael la posibilidad de repasar el material durante el fin de semana. Para el martes después de Pascua habían acordado una reunión en la que Dag, Erika, Mikael y la secretaria de redacción, Malin Eriksson, se reunirían para decidir la versión final del libro y de los artículos de Mille

Mikael consultó el reloj y, furtivamente, se fumó otro cigarrillo. Se sentó junto a la ventana y, bajando la mirada, se puso a contemplar Götgatan. Con la punta de la lengua rozó, pensativo, la herida de la parte interna de su labio. Había empezado a cicatrizar. Por enésima vez se preguntó lo que realmente había ocurrido en Lundagatan, ante el portal de Lisbeth Salander.

Lo único que sabía a ciencia cierta era que Lisbeth Salander estaba viva y que había vuelto a la ciudad.

En los últimos días, desde el incidente, había intentado contactar con ella a diario. Le había enviado correos a la dirección que usaba hacía ya más de un año pero no obtuvo respuesta alguna. Había paseado hasta Lundagatan. Había empezado a desesperarse.

Ahora, en la placa de la puerta figuraban los apellidos Salander-Wu. En Suecia había censadas doscientas treinta personas llamadas Wu, de las cuales más de ciento cuarenta residían en la provincia de Estocolmo. Ninguna, sin embargo, empadronada en Lundagatan. Mikael no tenía ni idea de quién sería ese tal Wu que se había instalado en casa de Salander. Tal vez se hubiera echado novio o alquilado la casa. Al llamar a la puerta, nadie abrió.

Al final se sentó y redactó una carta como las de antes.

Hola, Sally:

No sé lo que pasaría hace un año pero, a estas alturas, incluso un tío duro de mollera como yo se ha dado cuenta de que no quieres saber nada de mí. Es tu derecho y tu privilegio decidir con quién deseas relacionarte y no pienso darte la tabarra. Simplemente me gustaría decirte que sigo considerándote mi amiga, que echo de menos tu compañía y que me encantaría, si te apetece, tomarme un café contigo.

No sé en qué líos andas metida, pero el altercado de Lundagatan me pareció preocupante. Si necesitas ayuda, puedes llamarme a la hora que sea. Tengo, evidentemente, una gran deuda contigo.

También tengo tu bolso. Si quieres que te lo devuelva llámame. Si no deseas verme, dame una dirección a la que te lo pueda mandar. Ya que has dejado tan claro que no te apetece verme, no te buscaré.

Mikael

No recibió, claro está, respuesta alguna.

La mañana de la agresión de Lundagatan, cuando llegó a casa, vació el contenido del bolso sobre la mesa de la cocina. Había una cartera con un carné de identidad expedido en Correos y aproximadamente seiscientas coronas en metálico y doscientos dólares americanos, así como un abono mensual de Stockholms Lokaltrafik. También tenía un paquete de Marlboro Light abierto, tres mecheros Bic, una cajita de caramelos para la garganta, un paquete abierto de kleenex, un cepillo y pasta de dientes y tres tampones en un bolsillo lateral, un paquete de preservativos sin abrir con una etiqueta que indicaba que había sido comprado en el aeropuerto de Gatwick, en Londres, un cuaderno con tapas duras y negras de formato A5, cinco bolígrafos, un bote de gas lacrimógeno, una bolsita con pintalabios y maquillaje, una radio FM con auriculares pero sin pilas y el vespertino Aftonbladet del día anterior.

El objeto más fascinante del bolso era un martillo que había en un compartimento exterior, de fácil acceso. Sin embargo, el ataque se había producido de manera tan sorprendente que Lisbeth no tuvo tiempo de echar mano ni al martillo ni al espray lacrimógeno. Al parecer, usó las llaves como puño americano. En ellas quedaban rastros de sangre y de piel.

Su llavero tenía seis llaves. Tres de ellas eran las típicas de casa: la del portal, la del piso y la de la cerradura de seguridad. Sin embargo, no eran las de Lundagatan.

Mikael abrió y pasó las páginas del cuaderno. Reconocía la parca pero pulcra escritura de Lisbeth y tardó poco en constatar que no se trataba precisamente del diario secreto de una niña. Aproximadamente unas tres cuartas partes del cuaderno estaban llenas de una serie de garabatos que parecían fórmulas matemáticas. Arriba de todo, en la primera página, había una ecuación que incluso Mikael reconocía:

(x3 + y3 = z3)

A Mikael siempre se le habían dado bien las matemáticas. Terminó el instituto con sobresaliente en esa asignatura, algo que, sin embargo, para nada quería decir que fuera un buen matemático, sólo que fue capaz de asimilar los contenidos de las clases. Pero las páginas del cuaderno de Lisbeth contenían garabatos que Mikael no entendía ni tampoco pretendía comprender. Una de las ecuaciones se extendía a lo largo de dos páginas y terminaba con tachaduras y cambios. Le costó decidir, incluso, si se trataba de fórmulas y cálculos matemáticos serios pero, ya que conocía las peculiaridades de Lisbeth Salander, suponía que las ecuaciones eran correctas y que seguramente tendrían algún significado.

Repasó el cuaderno de nuevo un buen rato. Las ecuaciones le resultaban tan comprensibles como si lo hubiesen puesto ante unos signos chinos. Pero entendía lo que ella quería hacer: (x3 + y3 = z3). A Lisbeth le fascinaba el enigma de Fermat, todo un clásico del que hasta Mikael Blomkvist había oído hablar. Suspiró profundamente.

La última página contenía una anotación muy parca y críptica que no tenía nada que ver con las matemáticas pero que, aun así, parecía una fórmula.

(Blondie + Magge) = NEB

Estaba subrayada y rodeada con un círculo, pero no explicaba nada. A pie de página figuraba el número de teléfono de la empresa de alquiler de coches Auto-Expert de Eskilstuna.

Mikael no hizo intento alguno por interpretar la anotación. Llegó a la conclusión de que esos apuntes no eran más que garabatos que habría hecho mientras pensaba en algo.

Mikael Blomkvist apagó el cigarrillo y se puso la americana, conectó la alarma de la redacción y se fue andando hasta la terminal de Slussen, donde cogió el autobús que lo llevó hasta la reserva yuppie de Stäket, en Lä

Erika Berger inició sus vacaciones de Pascua haciendo footing: un recorrido de tres kilómetros lleno de rabia e inquietud que terminó en el muelle de los barcos de vapor de Saltsjöbaden. Durante los últimos meses había descuidado sus sesiones de gimnasio y se sentía rígida y en baja forma. Regresó a casa andando. Su marido tenía que pronunciar una conferencia en una exposición del Moderna Muséet y no llegaría a casa hasta -como muy pronto- alrededor de las ocho, justo cuando Erika tenía pensado abrir una botella de vino, encender la sauna y seducir a su marido. Por lo menos así se distraería y dejaría de darle vueltas al tema que tanto la preocupaba.

Cuatro días antes el director general de uno de los grupos mediáticos más grandes de Suecia la había invitado a comer. Cuando estaban en la ensalada, él, con voz seria, le comunicó su intención de contratarla como editora jefe del Svenska Morgonposten, el periódico más grande de la empresa, conocido en la jerga periodística como el Gran Dragón.

– La junta directiva ha barajado varios nombres y estamos de acuerdo en que tú serías una persona muy valiosa para el periódico. Te queremos a ti.