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Mimmi tenía treinta y un años. Le gustaba vestirse como un fantoche, con ropa de charol, y frecuentar clubes que ofrecían performances en las que incluso actuaba de vez en cuando. Lisbeth no había vuelto a ningún club desde los dieciséis años.

Compaginándolo con sus estudios, Mimmi trabajaba un día por semana como vendedora de Domino Fashion, situada en una de las bocacalles de Sveavägen. Su clientela estaba compuesta por personas muy necesitadas de uniformes de enfermera, de prendas de látex o disfraces de bruja de cuero negro. Domino no sólo fabricaba los trajes, también los diseñaba. Junto con unas amigas, Mimmi era copropietaria de la tienda, cosa que, al mes, le permitía redondear modestamente -con unos cuantos miles de coronas- su préstamo estudiantil. Lisbeth Salander había visto a Mimmi un par de años atrás mientras actuaba en un extraño espectáculo del Festival del Orgullo Gay y más tarde, esa misma noche, la conoció en una carpa de cerveza. Mimmi llevaba un extraño vestido amarillo limón de plástico que enseñaba más de lo que ocultaba. A Lisbeth le costó lo suyo apreciar el erotismo de ese atuendo, pero estaba tan borracha que le entraron unas repentinas ganas de ligarse a una chica disfrazada de cítrico. Para su asombro, el limón le lanzó una mirada, soltó una carcajada, la besó desenfadadamente y le dijo: «Tú eres lo que yo quiero». Se fueron a casa de Lisbeth y disfrutaron del sexo toda la noche.

– Soy como soy -dijo Lisbeth-. Me fui para alejarme de todo y de todos. Debería haberme despedido.

– Pensé que te había ocurrido algo. Pero durante los meses anteriores a tu partida tampoco mantuvimos mucho contacto que digamos.

– Estaba ocupada.

– Eres tan misteriosa… Como nunca hablas de ti e ignoro dónde trabajas no sabía a quién llamar cuando no me cogías el móvil.

– Ahora mismo no trabajo en nada. Además, tú eres igual que yo. Querías sexo pero no te interesaba mucho una relación. ¿A que no?

Mimmi miró a Lisbeth.

– Es verdad -admitió finalmente.

– Y conmigo pasó lo mismo. Nunca te he prometido nada.

– Has cambiado -dijo Mimmi.

– No mucho.

– Pareces mayor. Más madura. Tienes otra ropa. Y te has metido relleno en el sujetador.

Lisbeth no dijo nada. Se movió inquieta. Mimmi acababa de tocar un tema que le daba mucho corte y que le costaba explicar. Mimmi la había visto desnuda, así que se daría cuenta de que se había producido un cambio. Al final bajó la mirada y murmuró:

– Me he puesto tetas.

– ¿Qué has dicho?

Lisbeth levantó la mirada y alzó la voz, inconsciente de que estaba adquiriendo un tono desafiante.

– Me fui a una clínica de Italia, me operaron y me pusieron unos pechos de verdad. Por eso desaparecí. Luego seguí viajando. Ahora he vuelto.

– ¿Me estás tomando el pelo?

Lisbeth miró a Mimmi con unos ojos inexpresivos.

– Pero qué tonta soy. Tú no bromeas nunca, doctor Spöck.

– No pienso disculparme. Te he sido sincera. Si quieres que me vaya, no tienes más que decírmelo.

– ¿En serio te has puesto tetas?

Lisbeth movió la cabeza afirmativamente. De pronto, Mimmi Wu soltó una carcajada. La cara de Lisbeth se ensombreció.

– Sea como sea, no quiero que te marches sin dejarme verlas. Por favor. Please.

– Mimmi, siempre me ha gustado acostarme contigo. Te traía sin cuidado a lo que yo me dedicara, y si estaba ocupada, te buscabas a otra. Y te importa una mierda lo que la gente piense de ti.

Mimmi hizo un gesto de asentimiento. Se había dado cuenta de que era lesbiana ya en el instituto, y, tras unos torpes y penosos intentos, fue finalmente iniciada en los misterios del sexo a la edad de diecisiete años, cuando, por pura casualidad, acompañó a una amiga a una fiesta organizada por la Federación Nacional para la Igualdad Sexual de Gotemburgo. Desde entonces nunca se había planteado otro tipo de vida. En una sola ocasión, cuando tenía veintitrés años, intentó mantener relaciones sexuales con un hombre. Consumó el acto y, mecánicamente, hizo todo lo que se esperaba de ella. No le resultó placentero. También pertenecía a la minoría de esa minoría a la que no le interesaba lo más mínimo el matrimonio, la fidelidad ni esas idílicas noches en plan casero acurrucada en el sofá.

– Hace sólo unas semanas que regresé a Suecia. Quería saber si debía salir a ligar por ahí o si todavía estabas interesada.

Mimmi se levantó y se acercó a Lisbeth. Se inclinó y la besó levemente en la boca.

– Había pensado estudiar esta noche.

Desabotonó el botón superior de la blusa de Lisbeth.

– Pero qué diablos…

La volvió a besar y le desabotonó uno más.

– Tengo que verlas.

La volvió a besar.

– Bienvenida a casa.

Harriet Vanger se durmió a eso de las dos de la madrugada mientras Mikael Blomkvist permanecía despierto escuchando su respiración. Acabó por levantarse y le cogió un Dunhill del paquete del bolso. Se sentó desnudo en una silla, junto a la cama, y la miró.

Mikael no había planeado convertirse en el amante de Harriet Vanger. Nada más lejos; después del tiempo pasado en Hedestad sintió más bien la necesidad de mantenerse alejado de la familia Vanger. Había vuelto a encontrase con Harriet en las reuniones que la junta directiva celebró durante la pasada primavera, pero guardó una educada distancia. Cada uno conocía los secretos del otro y ambos poseían sus respectivas armas de presión. Aparte de las obligaciones de Harriet en la junta directiva de Mille

En Pentecostés, y por primera vez en varios meses, Mikael fue a su casita de Sandhamn para poder estar solo y sentarse en el muelle a leer novelas policíacas. El viernes por la tarde, a las pocas horas de su llegada, se dio un paseo hasta el quiosco para comprar tabaco y, de repente, se cruzó con Harriet. Ella había sentido la necesidad de alejarse de Hedestad y había reservado un fin de semana en el hotel de Sandhamn, un lugar que no visitaba desde que era niña. Tenía dieciséis años cuando huyó de Suecia y cincuenta y tres cuando volvió. Fue Mikael quien dio con su paradero.

Tras unas iniciales frases de saludo, Harriet, algo incómoda, guardó silencio. Mikael conocía su historia. Y ella sabía que él había violado sus propios principios con el único fin de ocultar los terribles secretos de la familia Vanger. Entre otras razones, lo hizo por ella.

Al cabo de un rato, Mikael la invitó a visitar su casa. Preparó café y estuvieron sentados en el embarcadero de delante conversando durante horas. Era la primera vez que hablaban en serio desde que ella volvió a Suecia. Mikael no tuvo más remedio que preguntar:

– ¿Qué hicisteis con lo que había en el sótano de Martin Vanger?

– ¿De verdad lo quieres saber?

Mikael asintió.

– Lo recogí yo misma. Quemé todo lo que se podía quemar. Mandé tirar la casa abajo. No podía vivir allí y tampoco quería venderla y dejar que otra persona la habitara. Para mí sólo estaba relacionada con el mal. Pienso construir una nueva casa en ese mismo terreno, una cabaña pequeña.

– ¿Nadie se sorprendió cuando ordenaste derribarla? Al fin y al cabo, se trataba de un chalé elegante y completamente moderno.

Sonrió.

– Dirch Frode difundió el rumor de que la casa tenía tantos problemas de humedad que iba a resultar más caro repararla.

Dirch Frode era el abogado de la familia Vanger.

– ¿Cómo está Frode?

– Va a cumplir setenta años dentro de poco. Lo mantengo ocupado.

Cenaron juntos y, de repente, Mikael se dio cuenta de que Harriet le estaba contando los detalles más íntimos y privados de su vida. Cuando la interrumpió para preguntarle por qué, ella meditó la respuesta durante un instante y contestó que, probablemente, él era la única persona en todo el mundo al que no querría ocultarle nada. Además, resultaba difícil resistirse a un pequeño mocoso del que había cuidado hacía más de cuarenta años.

En toda su vida sólo había mantenido relaciones sexuales con tres hombres. Primero su padre y luego su hermano. Mató al primero y huyó del segundo. Sin saber muy bien cómo, sobrevivió, conoció a un hombre y rehizo su vida.

– Era tierno y cariñoso. Seguro y honrado. Fui feliz con él. Pasamos juntos más de veinte años antes de que enfermara.

– No te has vuelto a casar. ¿Por qué no?

Se encogió de hombros.

– Era madre de dos niños en Australia y propietaria de una gran industria ganadera. No podía permitirme hacer una escapadita para pasar un fin de semana romántico. Pero nunca he echado en falta el sexo.

Permanecieron callados durante un rato.

– Es tarde. Debería regresar al hotel.

Mikael hizo un gesto de conformidad.

– ¿Quieres seducirme?

– Sí -contestó él.

Mikael se levantó, la cogió de la mano, entraron en la casita y subieron al loft. De repente ella lo detuvo.

– No sé muy bien cómo comportarme -dijo Harriet-. Esto no es algo que haga todos los días.

Pasaron el fin de semana juntos y luego se vieron una noche cada tres meses, coincidiendo con las reuniones de la junta de Mille

Dos horas más tarde, Mimmi estaba preparando café mientras Lisbeth yacía desnuda y sudorosa sobre las sábanas. Contemplando a Mimmi a través de la puerta abierta se fumó un cigarrillo. Envidiaba su cuerpo. Tenía unos músculos impresionantes. Iba al gimnasio tres días por semana, de los cuales uno lo dedicaba al boxeo thai o a alguna de esas mierdas parecidas al kárate, lo cual le había dado un cuerpo insultantemente bien musculado.

Simplemente, estaba buenísima. No era una belleza como la de las modelos, pero resultaba muy atractiva. Le encantaba provocar y desafiar. Cuando se vestía de fiesta podía hacer que cualquier persona se interesara por ella.

Lisbeth no entendía por qué Mimmi se tomaba la molestia de hacerle caso a una gallina enclenque como ella.

Pero se alegraba de que así fuera. El sexo con Mimmi era tan liberador que lo único que hacía Lisbeth era relajarse, disfrutar, dar y recibir.

Mimmi volvió con dos tazones que puso en un taburete. Se metió de nuevo en la cama, se inclinó y mordisqueó uno de los pezones de Lisbeth.

– Vale, no están mal -comentó.

Lisbeth no dijo nada. Miró los pechos de Mimmi, que tenía ante sí. También resultaban bastante pequeños pero, en su cuerpo, parecían completamente naturales.

– Sinceramente, Lisbeth, estás la hostia de buena.

– Es una tontería. Los pechos no cambian nada, pero ahora, por lo menos, tengo.

– Estás demasiado obsesionada con tu cuerpo.

– Habló la que se entrena como una loca.

– Porque disfruto con ello. Me da un subidón casi como el del sexo. Deberías probarlo.

– Yo boxeo -dijo.

– Chorradas. Tú solías boxear, como mucho, una vez cada dos meses porque te ponía darles una paliza a aquellos chavales bordes. Eso no es hacer ejercicio para encontrarse bien.

Lisbeth se encogió de hombros. Mimmi se sentó a horcajadas sobre ella.