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– Lisbeth, tu fijación por tu ego y tu cuerpo no tienen límites. Entérate de que a mí me gustaba acostarme contigo no por tu aspecto sino por cómo te comportabas. Me pareces tremendamente sexy.

– Tú también a mí. Por eso he vuelto.

– ¿No por amor? -preguntó Mimmi con una fingida voz herida.

Lisbeth negó con la cabeza.

– ¿Sales con alguien?

Antes de asentir, Mimmi dudó un instante.

– Quizá. En cierto sentido, sí. Posiblemente. Es un poco complicado.

– No pretendo meter las narices donde no me llaman.

– Ya lo sé. Pero no me importa contártelo. Es una mujer de la facultad, algo mayor que yo. Está casada desde hace veinte años y nos vemos a espaldas del marido. Urbanización, chalé y todo eso. Una bollera dentro del armario.

Lisbeth asintió.

– Su marido viaja bastante, así que quedamos de vez en cuando. Llevamos desde el otoño y ya empiezo a aburrirme un poco. Pero está realmente buena. Y luego, por supuesto, salgo con la misma pandilla de siempre.

– Lo que me interesaba realmente era saber si podía volver a visitarte.

Mimmi asintió.:

– Me gustaría mucho.

– ¿Aunque volviera a desaparecer otros seis meses?

– Pero da señales de vida. Quiero saber si estás viva o no. Yo, por lo menos, me acuerdo de tu cumpleaños.

– ¿Sin exigencias?

Mimmi suspiró y sonrió.

– ¿Sabes?, lo cierto es que tú eres una bollera con la que podría vivir. Me dejarías en paz cuando quisiera.

Lisbeth guardó silencio.

– Aparte de que, en realidad, tú no eres bollera. Al menos no una auténtica bollera. Tal vez seas bisexual. Más que nada creo que eres sexual: te gusta el sexo y te importa una mierda el género. Eres un caótico factor entrópico.

– No sé lo que soy -dijo Lisbeth-. Pero he vuelto a Estocolmo y me van fatal las relaciones. Si he de serte sincera, aquí no conozco a nadie. Tú eres la primera persona con la que hablo desde mi regreso.

Mimmi la examinó con semblante serio.

– ¿En serio quieres conocer gente? Eres la persona más solitaria e inaccesible que conozco.

Permanecieron un instante en silencio.

– Pero tus nuevas tetas están de miedo.

Puso los dedos bajo un pezón y le estiró la piel.

– Te quedan bien. Ni demasiado grandes ni demasiados pequeñas.

Lisbeth suspiró aliviada al ver que, por lo menos, las críticas eran favorables.

– Y al tocarlas parecen auténticas.

Le apretó una con tanta fuerza que Lisbeth se quedó sin aliento y abrió la boca. Se miraron. Luego Mimmi se inclinó y le dio un profundo beso. Lisbeth respondió y la abrazó. El café se estaba enfriando.