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Henrik Vanger le había pagado cinco millones de coronas por el trabajo efectuado. Irónicamente, uno de los objetivos era encontrar a Harriet Vanger.
– En ese caso, la decisión está en vuestras manos -dijo Harriet-. El contrato estipula que podéis dejar de contar con la familia Vanger a partir de hoy. Yo jamás habría redactado un contrato tan descuidado como el que formalizó Henrik.
– Podríamos comprar tu parte si nos viéramos obligados a ello -contestó Erika-. Por lo tanto, la cuestión es saber qué quieres hacer tú. Diriges un grupo industrial. Dos, para ser exactos. Todo nuestro presupuesto equivale al dinero que movéis vosotros mientras os tomáis un café. ¿Qué interés tienes tú en malgastar tu tiempo en algo tan insignificante como Mille
Harriet Vanger contempló a la presidenta de su junta directiva con una dulce mirada. Permaneció en silencio durante un largo rato. Luego miró a Mikael y contestó:
– Desde el mismo día en que nací siempre he sido propietaria de algo. Y me paso los días dirigiendo un grupo donde hay más intrigas que en una novela de amor de cuatrocientas páginas. Cuando empecé a participar en vuestra junta, lo hice para cumplir con unas obligaciones que no podía declinar. Pero ¿sabéis una cosa? A lo largo de estos dieciocho meses he descubierto que me encuentro más a gusto en esta junta directiva que en todas las demás.
Mikael movió la cabeza en un gesto reflexivo. Harriet miró a Christer.
– La junta directiva de Mille
Tomó un poco de agua Ramlösa del vaso y fijó la mirada en Erika.
– Lo que no queda muy claro es qué es exactamente ese algo. Los objetivos están un poco difusos. No sois un partido político ni una organización defensora de unos determinados intereses. No le debéis lealtad a nadie, excepto a vosotros mismos. Pero señaláis las carencias de la sociedad y no os importa meteros endiabladamente con personas públicas que os caen mal. A menudo queréis influir y cambiar las cosas. Aunque todos fingís ser unos cínicos y unos nihilistas, es sólo vuestra propia moral la que dirige la revista. En varias ocasiones he comprobado que se trata de una moral bastante especial. No sé cómo llamarlo, pero Mille
Se calló y permaneció en silencio tanto tiempo que Erika no pudo reprimir una risita.
– Eso suena muy bien. Pero sigues sin contestar a la pregunta.
– Me encuentro a gusto en vuestra compañía y me ha sentado estupendamente formar parte de esta junta directiva. Esto es de lo más loco y raro que me ha sucedido en la vida. Si queréis que me quede, por mí, encantada.
– Perfecto -dijo Christer-. Pero le hemos dado mil vueltas y estamos completamente de acuerdo: vamos a romper el contrato hoy mismo y comprar tu parte.
Harriet se quedó con los ojos abiertos.
– ¿Queréis deshaceros de mí?
– Cuando firmamos el contrato estábamos con la soga al cuello. No teníamos elección. Y desde entonces no hemos dejado de contar los días que faltaban para poder comprar la parte de Henrik Vanger.
Erika abrió una carpeta y puso sobre la mesa unos papeles que le pasó a Harriet Vanger, junto con un cheque por valor de, exactamente, el importe que Harriet había mencionado. Hojeó el contrato. Sin pronunciar palabra cogió un bolígrafo de la mesa y firmó.
– Bueno -dijo Erika-, pues no ha sido tan difícil. Quiero agradecerle a Henrik Vanger el tiempo que nos ha dedicado y la aportación realizada a Mille
– Lo haré -contestó Harriet Vanger con voz neutra. No mostró sus sentimientos ni con un simple gesto, pero estaba tan herida como profundamente decepcionada por el hecho de que la hubieran llevado a decir que quería permanecer en la dirección para luego desprenderse de ella tan alegremente. «Joder, no hacía falta que me hicieran pasar por eso.»
– Pero también quisiera que te interesaras por un contrato completamente distinto -dijo Erika Berger.
Sacó un nuevo juego de documentos y, desplazándolos sobre la mesa, se lo acercó.
– Nos preguntábamos si, esta vez a título personal, te gustaría ser socia de Mille
Harriet arqueó las cejas.
– ¿Por qué un procedimiento tan complicado?
– Porque tarde o temprano tenía que hacerse -respondió Christer Malm-. Podríamos haber renovado el antiguo contrato por un año más hasta la próxima reunión o hasta que tuviéramos una tremenda pelea en la junta directiva y te echáramos. Pero siempre se trataba de un contrato que, de un modo u otro, había que resolver.
Harriet apoyó la cara en una mano y lo miró inquisitivamente. Luego a Mikael y, acto seguido, a Erika.
– El contrato que firmamos con Henrik se debió a necesidades económicas -dijo Erika-. Contigo firmamos porque nos da la gana. Y, a diferencia del viejo contrato, no resultará tan fácil echarte en un futuro.
– Para nosotros supone un considerable cambio -añadió Mikael en voz baja.
Fue su única contribución a la discusión.
– Simplemente nos parece que, aparte de las garantías económicas que implica llevar el apellido Vanger, aportas algo a Mille
Harriet se acercó el contrato y lo estudió detenidamente, línea a línea, durante cinco minutos. Al final levantó la mirada.
– ¿Y estáis de acuerdo los tres?
Tres cabezas asintieron afirmativamente. Harriet cogió el bolígrafo y firmó. Desplazó el cheque hasta el otro lado de la mesa. Mikael lo hizo trizas.
Los socios de Mille
Eran ya las siete y media cuando Harriet Vanger se levantó. Pidió excusas y dijo que quería irse al hotel y meterse en la cama. Erika Berger se iba a casa, donde la esperaba su marido, y la acompañó un trecho. Se despidieron en Slussen. Mikael y Christer se quedaron un rato más, hasta que este último se disculpó diciendo que él también debía irse a casa.
Harriet Vanger cogió un taxi hasta el hotel Sheraton y subió a su habitación, en la séptima planta. Se desnudó, se dio un baño y luego se puso el albornoz del hotel. Acto seguido se sentó en la ventana y miró hacia Riddarholmen. Abrió un paquete de Dunhill y encendió un pitillo. Fumaba de tres a cuatro cigarrillos por día, lo cual era tan poco que prácticamente se consideraba a sí misma no fumadora; así podía disfrutar de unas caladas sin tener remordimientos.
A las nueve llamaron a la puerta. Abrió y dejó entrar a Mikael Blomkvist.
– ¡Cabrón! -le soltó Harriet.
Mikael sonrió y la besó en la mejilla.
– Por un momento pensé que realmente queríais echarme.
– Nunca lo habríamos hecho de esa manera. ¿Entiendes por qué queríamos reformular el contrato?
– Sí. Es razonable.
Mikael le abrió el albornoz, le puso una mano sobre el pecho y se lo apretó sensualmente.
– Cabrón -repitió ella.
Lisbeth Salander se detuvo delante de una puerta con una placa donde se leía el nombre de «Wu». Desde la calle, había visto luz en su ventana y ahora oía música al otro lado de la puerta. El nombre era correcto. Por consiguiente, Lisbeth Salander sacó la conclusión de que Miriam Wu seguía viviendo en el estudio de Tomtebogatan, en Sankt Eriksplan. Era viernes por la noche y Lisbeth casi habría preferido que Mimmi hubiera salido por ahí y que las luces del apartamento estuvieran apagadas. Las únicas preguntas que quedaban por responder eran si Mimmi querría todavía saber algo de ella y si estaba sola y disponible.
Llamó al timbre.
Mimmi abrió la puerta y arqueó las cejas asombrada. Luego se apoyó contra el marco de la puerta y se llevó una mano a la cadera.
– ¡Salander! Pensaba que estabas muerta o algo así.
– Más bien algo así -dijo Lisbeth.
– ¿Qué quieres?
– Esa pregunta admite muchas respuestas.
Miriam Wu echó un vistazo al rellano de la escalera antes de volver a fijar la mirada en Lisbeth.
– Inténtalo con alguna.
– Bueno, averiguar si sigues sola y si quieres compañía esta noche.
Durante unos segundos, Mimmi pareció quedarse perpleja antes de soltar una carcajada.
– Sólo conozco a una sola persona a la que, después de un silencio de año y medio, se le ocurriría llamar a la puerta de mi casa y preguntarme si quiero follar.
– ¿Quieres que me vaya?
Mimmi dejó de reírse. Permaneció callada unos segundos.
– Lisbeth… Dios mío, me lo estás diciendo en serio.
Lisbeth aguardaba.
Al final, Mimmi suspiró y abrió la puerta.
– Entra. Lo menos que puedo hacer es invitarte a un café.
Lisbeth entró y se sentó en uno de los dos taburetes de una especie de comedor que Mimmi había instalado en la entrada, justo al lado de la puerta. El estudio medía veinticuatro metros cuadrados y se componía de una pequeña habitación y un vestíbulo más o menos amueblable, donde, en un rincón, estaba situada la cocina americana, a la que Mimmi suministraba el agua desde el cuarto de baño mediante una manguera.
Mientras Mimmi preparaba café, Lisbeth la miró de reojo. La madre de Miriam Wu procedía de Hong Kong; su padre era sueco, de Boden. Lisbeth sabía que seguían casados y que vivían en París. Mimmi estudiaba sociología en Estocolmo. Tenía una hermana mayor que cursaba estudios de antropología en Estados Unidos. Los genes de la madre se apreciaban en un pelo corto de color azabache y en unos rasgos ligeramente orientales. El padre había contribuido con unos ojos azul claro que le daban a Mimmi un aspecto peculiar. Tenía una boca ancha y unos hoyuelos que no había sacado de ninguno de sus progenitores.