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Capítulo 6 Domingo, 23 de enero – Sábado, 29 de enero

Lisbeth Salander tomó el ascensor desde el aparcamiento hasta el quinto piso, la más alta de las tres plantas de oficinas de las que Milton Security disponía en Slussen. Abrió la puerta del ascensor con la copia pirata de la llave maestra que había hecho varios años atrás. Nada más salir al oscuro pasillo consultó automáticamente su reloj: las 03.10 de la madrugada del domingo. Los que estaban de guardia se encontraban en la central de alarmas, situada en el tercer piso; Lisbeth sabía que, con toda probabilidad, se hallaría completamente sola en la planta.

Como siempre, le asombraba que una empresa de seguridad tan seria tuviera carencias tan evidentes en sus propios sistemas de seguridad.

Un año después, pocas cosas habían cambiado en aquel pasillo. Empezó visitando su propio despacho, un cubículo situado tras una pared de cristal donde en su día la instalara Dragan Armanskij. La puerta no estaba cerrada con llave. No tardó muchos segundos en constatar que allí dentro todo seguía igual, a excepción de una pequeña caja con papeles para tirar que alguien había colocado junto a la puerta. El cuarto se hallaba equipado con una mesa, una silla de oficina, una papelera y una desnuda estantería. El material informático se componía de un irrisorio PC Toshiba de 1997 cuyo disco duro resultaba ridiculamente pequeño.

Lisbeth no encontró indicio alguno que indicara que Dragan Armanskij había cedido el despacho a otra persona. Lo interpretó como una buena señal pero, al mismo tiempo, era consciente de que eso no significaba gran cosa. El cuarto era un espacio perdido de apenas cuatro metros cuadrados a los que difícilmente se les podría dar algún uso.

Cerró la puerta y, en silencio, recorrió el pasillo asegurándose de que no hubiera ninguna ave nocturna trabajando en algún despacho. Estaba sola. Se detuvo junto a la máquina de café, pulsó un botón y apareció un vaso de plástico con un cappuccino que cogió antes de continuar hasta el despacho de Dragan Armanskij y abrir la puerta con la llave pirata.

Como siempre, el despacho de Armanskij estaba exasperadamente limpio y ordenado. Dio una vuelta por la habitación y echó un vistazo a la estantería antes de sentarse a su mesa y encender el ordenador.

Sacó un cede del bolsillo interior de su flamante cazadora de ante y lo introdujo en el equipo. Arrancó un programa que se llamaba Asphyxia 1.3 y que ella misma había diseñado. Su única función consistía en actualizar el Internet Explorer del disco duro de Armanskij con una versión más moderna. Le llevó unos cinco minutos.

Cuando terminó, sacó el cede del ordenador y lo reinició con la nueva versión de Internet Explorer. El programa presentaba el mismo aspecto y se comportaba exactamente igual que la versión original, pero era un poco más grande y un microsegundo más lento. Todas las configuraciones eran idénticas al original, inclusive la fecha de instalación. No se apreciaba ninguna huella del nuevo programa.

Escribió una dirección ftp de un servidor de Holanda y le apareció una ventana. Hizo clic en la casilla de copy, escribió «Armanskij/MiltSec» y le dio al OK. Inmediatamente el ordenador empezó a copiar el disco duro de Armanskij en el servidor de Holanda. Un reloj le indicó que el proceso iba a tardar treinta y cuatro minutos.

Mientras duraba la transmisión de datos, sacó una copia de la llave de la mesa de trabajo de Armanskij que éste escondía en un jarrón de la estantería. Dedicó la siguiente media hora a ponerse al día con las carpetas que Armanskij guardaba en el cajón superior de la derecha, donde siempre colocaba los asuntos en trámite y los urgentes. Cuando el ordenador hizo «clin», indicando así que la transmisión había llegado a su fin, Lisbeth dejó las carpetas en el mismo orden en que las había encontrado.

Luego apagó el ordenador y la luz de la mesa de trabajo, y se llevó el vaso vacío del cappuccino. Abandonó Milton Security por el mismo camino por el que había entrado. Eran las 04.12 cuando se metió en el ascensor.

Volvió a Mosebacke andando. Se sentó delante de su PowerBook y se conectó al servidor de Holanda, donde puso en marcha una copia de Asphyxia 1.3. Cuando el programa se inició, se abrió una ventana que le solicitó un disco duro. Tenía cuarenta alternativas entre las que elegir, de modo que fue descendiendo en la lista que le apareció en la pantalla. Pasó el disco duro de NilsEBjurman, al que solía echarle un vistazo aproximadamente cada dos meses. Se detuvo un segundo en MikBlom/laptop y MikBlom/office. Llevaba más de un año sin tocarlos y pensó en borrarlos. Sin embargo, por una cuestión de principios, decidió conservarlos: ya que había pirateado los ordenadores, sería una tontería borrar la información y tal vez verse obligada a repetir el proceso algún día. Lo mismo sucedía con un icono llamado We

Podría haber clonado su disco duro con anterioridad, pero no se molestó en hacerlo ya que, como empleada de Milton, tenía acceso a aquella información que Armanskij quería ocultarle al mundo. El objetivo de la intrusión informática no era malintencionado. Simplemente deseaba saber en qué andaba trabajando la empresa y cómo marchaban las cosas. Hizo clic e inmediatamente se abrió una carpeta que contenía un nuevo icono llamado Armanskij HD. Comprobó que el disco duro se podía abrir y constató que todos los archivos estaban en su sitio.

Se quedó leyendo los informes de Armanskij, sus balances económicos y su correo electrónico hasta las siete de la mañana. Finalmente asintió con actitud meditativa y apagó el ordenador. Entró en el cuarto de baño, se lavó los dientes y luego fue al dormitorio, donde se desnudó tirando la ropa al suelo. Se metió en la cama y durmió hasta las doce y media del mediodía.

El último viernes de enero la junta directiva de Mille

Comenzaron a las cuatro y acabaron poco más de una hora después. Una gran parte del tiempo se dedicó a presentar el estado de cuentas y el informe de la auditoría. La junta pudo constatar que, en comparación con la crisis que les había afectado hacía dos años, Mille

A propuesta de Erika Berger, se decidió crear un fondo de un millón de coronas como colchón para futuras crisis, destinar doscientas cincuenta mil coronas no sólo a las más que necesarias reformas del local, sino también a adquirir nuevos ordenadores y otros equipamientos técnicos. Asimismo, se asignaron trescientas mil coronas a un aumento general de los sueldos y a ofrecerle al colaborador Henry Cortez un puesto a jornada completa. Con la cantidad restante se propuso conceder un dividendo de cincuenta mil coronas a cada uno de los socios, así como una bonificación de cien mil repartida a partes iguales entre los cuatro colaboradores fijos, independientemente de que trabajaran a tiempo parcial o completo. El jefe de marketing, So

La idea de Mikael Blomkvist de que el presupuesto destinado a los freelance se redujera para, de ese modo, permitir la contratación de otro reportero a tiempo parcial, dio lugar a una breve discusión. Mikael tenía en mente a Dag Svensson, quien así podría utilizar Mille

Tras una breve discusión sobre la futura orientación de la revista y sus planes de desarrollo, Erika Berger fue reelegida como presidenta de la junta para el año siguiente. Acto seguido, se levantó la sesión.

Malin Eriksson no dijo ni una sola palabra en toda la reunión. Hizo un cálculo mental y constató que los colaboradores iban a recibir una bonificación de veinticinco mil coronas, es decir: una cantidad equivalente a más de un mes de sueldo. No vio razón alguna para protestar contra esa decisión.

Nada más terminar la junta, Erika Berger convocó a los socios a una reunión extraordinaria. Eso significaba que Erika, Mikael, Christer y Harriet debían quedarse. Los demás abandonaron la sala. En cuanto la puerta se cerró, Erika declaró abierta la sesión.

– Tenemos un solo punto en el orden del día. Harriet, en el acuerdo alcanzado con Henrik Vanger decidimos que su participación como socio de la revista sería de dos años. Y el contrato vence ahora. Hemos de ver, por lo tanto, qué va a ocurrir con tu parte o, mejor dicho, con la de Henrik.

Harriet hizo un gesto de asentimiento.

– Todos sabemos que la participación de Henrik se debió a un acto impulsivo provocado por una situación muy especial -dijo Harriet-. Ahora las circunstancias son otras. ¿Qué proponéis?

Christer Malm rebulló inquieto en la silla. Era el único de la sala que ignoraba en qué consistía aquella situación especial. Sabía que Mikael y Erika le ocultaban la historia, pero Erika le había explicado que se trataba de un asunto sumamente personal que concernía tan sólo a Mikael, y que éste, bajo ningún concepto, quería abordar. Christer no era tan tonto como para no darse cuenta de que el silencio de Mikael tenía algo que ver con Hedestad y Harriet Vanger. También constató que no necesitaba saberlo para tomar una decisión en la cuestión principal, y respetaba lo suficiente a Mikael para no hacer una montaña del asunto.

– Los tres hemos hablado del tema y llegado a un acuerdo común -dijo Erika para, acto seguido, realizar una pausa y mirar a Harriet a los ojos-. Antes de comunicarte las razones de nuestra conclusión nos gustaría conocer tu punto de vista.

Harriet Vanger miró, uno a uno, a Erika, Christer y Mikael, en quien acabó deteniéndose. Pero fue incapaz de deducir nada de sus rostros.

– Si queréis comprar mi parte, os va a costar más de tres millones de coronas, más intereses, que es lo que la familia Vanger ha invertido en Mille

– Sí -respondió Mikael, sonriendo.