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Inmediatamente sintió que un cambio radical había ocurrido -o estaba a punto de ocurrir- en su vida. Quizá se tratara del miedo que le producía disponer de miles de millones y no tener que preocuparse del dinero. Quizá fuera que, finalmente, el mundo de los adultos se había acabado imponiendo en su vida. O quizá era la conciencia de que la muerte de su madre ponía punto final a su infancia.
Durante su largo viaje se había deshecho de varios piercings. Por razones puramente médicas, relacionadas con la operación, en la clínica de Ginebra le quitaron el aro de uno de sus pezones. Luego se deshizo del que lucía en el labio inferior. En Granada se desprendió del que llevaba en el labio izquierdo de la vulva; le provocaba rozaduras y, además, ya ni siquiera se acordaba muy bien de por qué se hizo un piercing ahí.
Abrió la boca y destornilló el hierro que, durante siete años, le había estado atravesando la lengua. Lo depositó en un cuenco del estante situado junto al lavabo. De repente la invadió una sensación de vacío en la boca. Exceptuando los aritos del lóbulo, sólo le quedaban dos piercings: uno en la ceja izquierda y otro brillante en el ombligo.
Finalmente entró en el dormitorio y se metió bajo su recién adquirido edredón. Descubrió que la cama que había comprado era enorme y que ella sólo ocupaba una pequeña parte. Se sentía como si estuviera en la línea de banda de un campo de fútbol. Se envolvió con el edredón y se quedó pensativa durante un largo rato.