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Pero Fermat no disponía de ningún ordenador y la solución de Andrew Wiles se basaba en unas matemáticas que ni siquiera se habían inventado cuando el francés formuló su teorema. Él nunca pudo realizar esa prueba que Andrew Wiles presentó. Naturalmente, la solución de Fermat era completamente distinta.

Se quedó tan perpleja que tuvo que sentarse en un tocón. Dejó la mirada perdida al frente mientras verificaba la ecuación.

«Era eso lo que había querido decir. No es de extrañar que los matemáticos se tiraran de los pelos.» Luego soltó una risita.

«Un filósofo habría tenido más posibilidades de resolver este enigma.»

A Lisbeth le habría encantado conocer a Fermat. Un chulo cabrón.

Al cabo de un rato se levantó y continuó su avance a través del bosque. Al acercarse, el establo quedó entre ella y la casa principal.