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Mikael Blomkvist tuvo el tiempo justo de coger el X2000 de las 17.10 h. Compró el billete en el tren con su tarjeta de crédito. Aunque era tarde, se sentó en el vagón restaurante vacío para comer.
Sentía una insistente inquietud en el estómago, temía no llegar a tiempo. Esperaba que Lisbeth Salander lo llamara, aunque sabía que no lo iba a hacer.
En 1991, ella había intentado matar a Zalachenko. Ahora, después de todos esos años, él le estaba devolviendo el golpe.
Holger Palmgren había hecho un análisis correcto de ella. Lisbeth Salander tenía la sólida convicción, basada en sus experiencias, de que no merecía la pena hablar con las autoridades.
Mikael miró de reojo el maletín de su ordenador. Se había llevado el Colt que halló en el cajón del escritorio de Lisbeth. No estaba seguro de por qué lo había hecho, pero presintió que no debía dejarla en el piso. Admitió que no era un razonamiento particularmente lógico.
Cuando el tren pasó el puente de Arsta, encendió el móvil y llamó a Bublanski.
– ¿Qué quieres? -preguntó Bublanski, irritado.
– Acabar -dijo Mikael.
– ¿Acabar qué?
– Toda esta mierda. ¿Quieres saber quién mató a Dag, a Mia y a Bjurman?
– Si dispones de esa información, me gustaría que la compartieras.
– El asesino se llama Ronald Niederma
Bublanski permaneció callado durante un buen rato. Luego, suspiró de manera exagerada. Mikael le oyó pasar una hoja y hacer clic con un bolígrafo.
– ¿Y estás seguro de eso?
– Sí.
– Vale. ¿Y dónde se encuentran Niederma
– Aún no lo sé. Te aseguro que tan pronto como me entere, te lo contaré. Dentro de un momento, Erika Berger te va a mandar por mensajero el informe de una investigación policial de 1991. En cuanto tenga lista la copia. Allí encontrarás toda la información imaginable sobre Zalachenko y Lisbeth Salander.
– ¿Qué quieres decir?
– Zalachenko es el padre de Lisbeth. Es un asesino profesional ruso, un desertor de la guerra fría.
– ¿Asesino profesional ruso? -repitió Bublanski, escéptico.
– Un pequeño grupo de iniciados de la Säpo lo ha protegido y ha borrado sus huellas cada vez que ha cometido algún delito.
Mikael oyó cómo Bublanski cogía una silla y se sentaba.
– Creo que será mejor que vengas a prestar una declaración formal.
– Sorry. No tengo tiempo.
– ¿Perdón?
– Ahora mismo me pillas fuera de Estocolmo. Pero me pondré en contacto contigo en cuanto haya encontrado a Zalachenko.
– Blomkvist, no hace falta que pruebes nada. Yo también dudo de la culpabilidad de Salander.
– Te recuerdo que yo sólo soy un simple detective aficionado que no tiene ni idea del trabajo policial.
Sabía que era muy infantil; sin embargo, colgó sin despedirse. A continuación, llamó a A
– Hola, hermanita.
– Hola, ¿qué hay?
– Bueno, quizá mañana necesite un buen abogado.
A
– ¿Qué has hecho esta vez?
– Nada grave todavía, pero es posible que me detengan por obstaculizar una investigación policial o por algo similar. Aunque no te he llamado por eso; de todos modos, no me podrías representar.
– ¿Por qué no?
– Porque quiero que te encargues de la defensa de Lisbeth Salander, y hacer las dos cosas resulta imposible.
Mikael le contó brevemente de qué iba la historia. A
– ¿Y puedes aportar documentación para probar todo eso? -preguntó.
– Sí.
– Tengo que pensármelo. Lo que Lisbeth necesita es un abogado penal…
– Tú serás perfecta.
– Mikael…
– Oye, hermanita, ¿no eras tú la que se cabreó conmigo porque no te pedí ayuda cuando la necesité?
Cuando terminaron de hablar, Mikael se quedó reflexionando un rato. Luego, volvió a coger el móvil y llamó a Holger Palmgren. No tenía ningún motivo en particular para hacerlo; no obstante, consideró que debía informar al viejo de que estaba siguiendo algunas pistas y de que esperaba que la historia acabara en las próximas horas.
El problema era que Lisbeth Salander también seguía sus propias pistas.
Sin desviar la mirada de la granja, Lisbeth Salander estiró un brazo para coger una manzana de la mochila. Estaba tumbada justo en el linde del bosque, con la alfombrilla del Corolla a modo de esterilla improvisada. Se había cambiado de ropa. Ahora llevaba unos pantalones verdes de material resistente con bolsillos en la pernera, un grueso jersey y una cazadora corta forrada.
Gosseberga se encontraba a unos cuatrocientos metros de la carretera y estaba compuesta por distintas construcciones. El edificio principal se hallaba a ciento veinte metros de Lisbeth. Se trataba de una casa de madera blanca, normal y corriente, de dos plantas. A unos setenta metros de ésta, había una caseta junto a un establo. A través de una de las abiertas puertas del establo, se divisaba la parte delantera de un coche blanco. Creía que se trataba de un Volvo, pero había una distancia considerable y no estaba segura.
A la derecha, entre Lisbeth y la casa principal, había un barrizal que se extendía cerca de doscientos metros hasta una pequeña laguna. El camino de acceso dividía en dos el barrizal y se adentraba en una zona boscosa en dirección a la carretera. Junto al camino, había otro edificio que parecía ser una vieja granja abandonada cuyas ventanas estaban cubiertas por unas telas claras. Al norte de la casa principal, un pequeño bosque hacía las veces de cortina protectora contra los vecinos más cercanos, un grupo de casas que se hallaba a casi seiscientos metros de distancia. Por lo tanto, la granja que Lisbeth tenía ante sus ojos estaba relativamente aislada.
Se encontraba cerca del lago Anten, en un ondulado paisaje de suaves lomas, cuyos numerosos campos se alternaban con pequeñas poblaciones y compactas áreas boscosas. El mapa de carreteras no ofrecía ninguna descripción detallada de la zona; a ella le había bastado con seguir al Renault negro que salió de Gotemburgo por la E 20 y, luego, giró hacia el oeste en dirección a Sollebru
Nunca había oído hablar de Gosseberga. Por lo que alcanzó a entender, el nombre hacía referencia a la casa y al establo que ahora tenía ante sus ojos. En el buzón que se hallaba junto a la carretera y que ella había visto al pasar rezaba «192 – K. A. Bodin». El nombre no le decía nada.
Bordeó el edificio y eligió con cuidado un lugar de observación. Tenía de espaldas el sol de la tarde. Desde que se instalara en el sitio, a las tres y media, sólo había ocurrido una cosa. A las cuatro, el conductor del Renault salió de la casa. En la puerta, intercambió unas palabras con una persona que Lisbeth no llegó a ver. Luego, se fue y no volvió. Por lo demás, no percibió ningún otro movimiento en la granja. Esperó, pacientemente, vigilando el edificio a través de unos pequeños prismáticos Minolta de ocho aumentos.
Irritado, Mikael Blomkvist tamborileó con los dedos en la mesa del vagón restaurante. El X2000 estaba parado en Katrineholm. Llevaba allí más de una hora a causa de alguna misteriosa avería que, según los altavoces, había que reparar. La compañía SJ lamentaba el retraso.
Suspiró, frustrado, y se acercó a llenar su taza de café. Quince minutos más tarde, el tren arrancó dando un tirón. Miró el reloj, las ocho.
Debería haber cogido un avión o alquilado un coche. La sensación de que no llegaría a tiempo iba en aumento.
Alrededor de las seis, alguien encendió la luz de una habitación de la planta baja y, acto seguido, la del porche. Lisbeth vislumbró unas siluetas en lo que ella suponía que era la cocina, a la derecha de la entrada; sin embargo, no consiguió apreciar ningún rostro.
De repente, se abrió la puerta y salió Ronald Niederma
Volvió a salir pasados unos minutos. Le acompañaba un hombre mayor, bajo y flaco que cojeaba y se apoyaba en un bastón. Estaba demasiado oscuro para percibir sus facciones con nitidez, pero Lisbeth sintió cómo un gélido frío le recorrió la nuca.
«Daaadyyy, I am heeeree…»
Los siguió con la mirada mientras andaban por el extenso camino de acceso. Se detuvieron junto a la caseta, donde Niederma
Una vez hubieron entrado, Lisbeth Salander permaneció quieta durante varios minutos más. A continuación bajó los prismáticos y retrocedió unos diez metros hasta que quedó oculta tras los árboles. Abrió su mochila, sacó un termo, se sirvió café y se metió en la boca un terrón de azúcar que empezó a chupar. Se comió un sándwich de queso que había comprado en una gasolinera, ese mismo día, de camino a Gotemburgo. Se sumió en sus pensamientos.
Más tarde, extrajo de la mochila la P-83 polaca de So
Lisbeth empezó la maniobra de aproximación a la casa dando un rodeo por el bosque. Había recorrido cerca de ciento cincuenta metros cuando, de repente, se detuvo en seco.
En el margen de su ejemplar de Arithmetica, Pierre de Fermat había garabateado las palabras: «Tengo una prueba verdaderamente maravillosa para esta afirmación, pero el margen es demasiado estrecho para contenerla».
El cuadrado se había convertido en un cubo (x3 + y3 = z3) y los matemáticos habían dedicado siglos a dar respuesta al enigma de Fermat. Para llegar a resolverlo, en la década de los noventa, Andrew Wiles hubo de luchar durante diez años con el programa informático más avanzado del mundo.
Y, de pronto, Lisbeth lo comprendió. La respuesta fue de una sencillez que la desarmó por completo. Un juego de cifras que se alineaban en serie y, de súbito, se colocaron en su sitio formando una fórmula que más bien debía verse como un jeroglífico.