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– Pero escucha esto. En 1998, una sociedad anónima fue inscrita en el registro de la Propiedad Industrial y Comercial. Se llama KAB Import AB y el domicilio social es un apartado de correos de Gotemburgo. Se dedican a importar componentes electrónicos. El presidente de la junta directiva se llama Karl Axel Bodin, o sea KAB, y nació en 1941.
– No me suena.
– A mí tampoco. La cúpula directiva se compone, además, de un auditor que participa en unas veinte sociedades a las que les lleva las cuentas. Parece ser uno de esos tipos que se encargan de la declaración de la renta de empresas pequeñas. Ésta, sin embargo, parece haber sido, desde el principio, una sociedad durmiente.
– Vale.
– El tercer miembro de la junta directiva es un tal R. Niederma
– Bien, Malin. Muy bien. Aparte del apartado de correos, ¿tenemos alguna otra dirección?
– No, aunque he conseguido rastrear a Karl Axel Bodin. Está empadronado en el oeste de Suecia y su dirección es Buzón 192, Gosseberga. Lo he buscado y, al parecer, es una granja ubicada cerca de Nossebro, al noreste de Gotemburgo.
– ¿Qué sabemos de él?
– Hace dos años declaró a Hacienda unos ingresos de doscientas sesenta mil coronas. Según el contacto que tenemos en la policía, no tiene antecedentes penales. Posee licencia de armas para una escopeta de cazar alces y para otra de perdigones. Tiene dos coches, un Ford y un Saab, ambos con unos cuantos años ya. No está en la lista del cobrador del Estado. Es soltero y dice ser agricultor.
– Un hombre anónimo sin problemas con la justicia.
Mikael reflexionó unos segundos. Tenía que tomar una decisión.
– Otra cosa. Dragan Armanskij, de Milton Security, te ha llamado varias veces.
– Vale. Gracias, Malin. Ahora le llamo.
– Mikael, ¿todo va bien?
– No, no del todo. Te llamaré.
Sabía que lo que hacía estaba mal. Como ciudadano, debería coger el teléfono y llamar a Bublanski. Pero si lo hacía, se vería obligado o a contarle la verdad sobre Lisbeth Salander o a acabar en un lío, aprisionado entre medias verdades y cosas que habían sido calladas. Sin embargo, ése no era el verdadero problema.
Lisbeth iba a la caza de Niederma
Si Mikael llamaba a la policía y le contaba que sabía dónde se escondía Niederma
Y, sin duda, Lisbeth Salander opondría una violenta resistencia.
Mikael sacó papel y bolígrafo y redactó una lista de cosas que no podía, o no quería, revelar a la policía.
Al principio escribió: «La dirección».
Lisbeth le había dedicado un gran esfuerzo a hacerse con una dirección secreta. Allí tenía su vida y sus secretos. No pensaba venderla.
Luego, escribió «Bjurman» y añadió un signo de interrogación.
Miró por el rabillo del ojo el disco que estaba sobre la mesa. Bjurman había violado a Lisbeth. Casi la había matado y, además, había abusado con saña de su posición de administrador. No cabía duda, merecía que le pusiera en evidencia como el cerdo que era. Pero se le presentaba un dilema ético. Lisbeth no lo había denunciado. ¿Realmente querría aparecer en los medios de comunicación a causa de una investigación policial de la cual se filtrarían a la prensa los detalles más íntimos en cuestión de horas? Ella nunca se lo perdonaría. La película constituiría una prueba y las fotos que se extraerían quedarían de lo más bonito en las portadas de los periódicos vespertinos.
Mikael reflexionó un rato y llegó a la conclusión de que era asunto de Lisbeth decidir cómo actuar. Aunque si él había sido capaz de dar con su piso, también la policía, tarde o temprano, haría lo mismo. Colocó el disco en un compartimento de su maletín.
A continuación, escribió «El informe de Björck». El informe de 1991 había sido clasificado como secreto. Arrojaba luz sobre todo lo ocurrido. Nombraba a Zalachenko y explicaba el papel desempeñado por Björck, cosa que, unida a la lista de puteros del ordenador de Dag Svensson, garantizaría que a Björck le esperaran unas cuantas y tensas horas frente a Bublanski. Gracias a la correspondencia, Peter Teleborian también acabaría pringándose de mierda.
La carpeta conduciría a la policía hasta Gosseberga, pero él les llevaba, por lo menos, unas horas de ventaja.
Al final, abrió el Word y escribió, por puntos, todos los datos importantes que había averiguado durante las últimas veinticuatro horas a través de las conversaciones con Björck y con Palmgren, y mediante el material que había encontrado en casa de Lisbeth. El trabajo le llevó una hora y pico. Lo grabó en un Cd junto a su propia investigación.
Se preguntó si debería ponerse en contacto con Dragan Armanskij y, al final, optó por no hacerlo. Ya tenía suficientes cosas entre manos.
Mikael fue a la redacción de Mille
– Se llama Zalachenko -dijo Mikael sin ni siquiera saludar-. Es un viejo asesino profesional de los servicios secretos soviéticos. Desertó en 1976 y le dieron permiso de residencia en Suecia y un sueldo de la Säpo. Después de la caída de la Unión Soviética, como tantos otros, se convirtió en un gánster a jornada completa y, ahora, anda metido en trafficking, armas y drogas.
Erika Berger dejó su bolígrafo.
– Vale. ¿Por qué no me sorprende que aparezca la KGB en la historia?
– No, la KGB, no; el GRU, el servicio de inteligencia militar.
– O sea, que esto va en serio.
Mikael asintió.
– ¿Insinúas que es él quien mató a Dag y Mia?
– No él. Mandó a alguien, a ese Ronald Niederma
– ¿Puedes probar todo eso?
– Más o menos. Algunas cosas son suposiciones. Pero Bjurman fue asesinado porque le pidió a Zalachenko que se ocupara de Lisbeth.
Mikael le explicó lo que había visto en la película que Lisbeth guardaba en el cajón de su mesa de trabajo.
– Zalachenko es su padre. Oficialmente, Bjurman trabajó para la Säpo a mediados de los años setenta y fue uno de los que recibieron a Zalachenko cuando éste desertó. Luego, se hizo abogado, así como guarro a jornada completa, e hizo favores a un reducido grupo dentro de la Säpo. Seguro que hay un círculo muy íntimo de amiguetes que se ven de vez en cuando en la sauna para dirigir el mundo y guardar el secreto sobre Zalachenko. Yo diría que los demás miembros de la Säpo nunca han oído hablar de él. Lisbeth era un peligro porque podía hacer saltar el secreto por los aires. De modo que la encerraron en la clínica psiquiátrica infantil.
– No puede ser…
– Sí -dijo Mikael-, es cierto que se dieron una serie de circunstancias y que Lisbeth tampoco era muy fácil de tratar, ni entonces ni ahora, pero desde que tenía doce años ha representado una amenaza para la seguridad nacional.
Hizo un rápido resumen de la historia.
– Son muchas cosas para asimilar -dijo Erika-. ¿Y Dag y Mia?
– Fueron asesinados porque Dag encontró el vínculo que unía a Bjurman con Zalachenko.
– ¿Y qué va a pasar ahora? Habrá que contárselo a la policía, ¿no?
– Algunas partes, aunque no todo. He descargado toda la información esencial en este Cd. Es una copia de seguridad, por si acaso. Lisbeth va a la caza de Zalachenko. Voy a intentar encontrarla. Nada de lo que hay en el contenido de este disco puede salir a la luz.
– Mikael, esto no me gusta. No podemos ocultar información en la investigación de un asesinato.
– Y no lo vamos a hacer. Pienso llamar a Bublanski. Creo que Lisbeth va camino de Gosseberga. No obstante, la buscan por un triple asesinato y, si avisamos a la policía, mandarán a la fuerza de intervención nacional armados hasta los dientes con munición de caza. El riesgo de que ella oponga resistencia es bastante elevado. Podría pasar cualquier cosa.
Se detuvo y sonrió sin ningún atisbo de alegría.
– Ante todo debemos mantener alejada a la policía por el bien de la fuerza de intervención nacional, para que no resulte demasiado diezmada. Primero, he de dar con Lisbeth.
Erika Berger parecía escéptica.
– No pienso revelar los secretos de Lisbeth. Que Bublanski los encuentre solito, sin mi ayuda. Necesito que me hagas un favor. Esta carpeta contiene la investigación que Björck llevó a cabo en 1991, así como correspondencia entre éste y Teleborian. Quiero que hagas una copia y se la mandes por mensajero a Bublanski o a Modig. Yo salgo para Gotemburgo dentro de veinte minutos.
– Mikael…
– Ya lo sé. Pero en esta batalla pienso estar al lado de Lisbeth hasta el final.
Erika Berger apretó los labios y no dijo nada. Luego asintió con la cabeza. Mikael se acercó a la puerta.
– Ten cuidado -dijo Erika cuando ya había desaparecido.
Pensó que debería haberlo acompañado. Habría sido lo más decente. Aún no le había contado que tenía intención de dejar Mille
El apartado de correos se encontraba en una oficina postal ubicada en el seno de un centro comercial. Lisbeth no conocía Gotemburgo y no sabía en qué lugar exacto se hallaba. Al final, dio con la oficina y se instaló en un café desde cuyo ventanal podría controlar el apartado a través de la rendija que quedaba entre unos pósteres que anunciaban el Svensk Kassatjänst, el nuevo servicio de correos sueco.
Irene Nesser lucía un maquillaje más discreto que Lisbeth Salander. Llevaba unos ridículos collares y leía un ejemplar de Crimen y castigo que había comprado en una librería situada unas calles más al norte. Se tomó su tiempo y, a intervalos regulares, pasaba de página. Había iniciado la vigilancia a la hora del almuerzo; ignoraba con qué frecuencia solían ir a buscar la correspondencia, si a diario o, tal vez, cada dos semanas, si ya se habrían ido ese día o si todavía era posible que apareciera alguien. Pero no tenía ninguna otra pista. Se tomó un caffè latte mientras esperaba.
Casi se había adormilado con los ojos abiertos cuando, de pronto, vio que abrían el apartado. Por el rabillo del ojo consultó la hora. Las dos menos cuarto. «Una suerte loca.»
Lisbeth se levantó apresuradamente y se acercó al ventanal, desde donde vio cómo un hombre vestido con una cazadora negra de cuero abandonaba la zona de los apartados. Salió tras él. Se trataba de un hombre joven y delgado, de unos veinte años. Dobló la esquina, se acercó a un Renault y abrió la puerta. Lisbeth Salander memorizó la matrícula y fue corriendo a su Corolla, estacionado cien metros más abajo en esa misma calle. Lo alcanzó cuando el hombre enfiló por Li