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Capítulo 31 Jueves, 7 de abril

Lisbeth Salander entró en el establo a través de la compuerta de un viejo canal de desagüe de excrementos; ya no había animales en la granja. Recorrió la estancia con la mirada y lo único que alcanzó a ver fueron tres coches: el Volvo blanco de Auto-Expert, un Ford que ya tenía unos cuantos años y un Saab algo más moderno. Al fondo había una rastra oxidada y otros aperos que daban fe de que, en su día, la granja estuvo en activo.

Permaneció en la penumbra del establo contemplando la casa principal. Había caído la noche y todas las luces de la planta baja se hallaban encendidas. No detectó ningún movimiento, pero le pareció ver el centelleante resplandor de un televisor. Consultó su reloj. Las siete y media. «Rapport.»

Le extrañaba que Zalachenko hubiera elegido instalarse en una casa tan solitaria. No encajaba con el hombre que ella recordaba. Nunca se habría imaginado encontrárselo en pleno campo en una casita blanca; si acaso, en una anónima urbanización apartada de chalés o en algún lugar de veraneo del extranjero. Durante su vida, debía de haberse granjeado más enemigos que Lisbeth Salander. Le incomodaba que el sitio pareciera tan desprotegido. Aunque daba por descontado que él tenía armas en la casa.

Tras un prolongado momento de duda, salió del establo a la penumbra crepuscular. Cruzó el patio a toda prisa. Al llegar a la casa, se detuvo y apoyó la espalda contra la fachada. De pronto, percibió una música débil. En silencio, rodeó la casa e intentó mirar de refilón por las ventanas, pero estaban demasiado altas.

Por instinto, a Lisbeth no le gustó la situación. Había pasado la primera mitad de su existencia inmersa en un terror constante por culpa del hombre que ahora se hallaba en esa casa. Durante la otra mitad, desde que fracasara en su intento de matarle, había estado esperando a que él apareciera nuevamente en su vida. Esta vez no pensaba cometer ningún error. Puede que Zalachenko fuera un viejo inválido, pero era un asesino bien entrenado que había sobrevivido a más de una batalla.

Además, debía tener en cuenta a Ronald Niederma

Habría preferido sorprender a Zalachenko al aire libre, en algún sitio del patio donde se encontrara indefenso. No le apetecía lo más mínimo hablar con él; le habría encantado disponer de un rifle con mira telescópica. No obstante, no era así y a él le costaba andar y apenas salía. Sólo lo había visto cuando fue hasta el leñero de la caseta y no parecía muy probable que, de pronto, se le ocurriese dar un paseo vespertino. Por lo tanto, si quería esperar una ocasión mejor, debería retirarse y pernoctar en el bosque. No llevaba saco de dormir, y a pesar de que la tarde era cálida, la noche sería fría. Ahora que, por fin, lo tenía a tiro, no quería arriesgarse a que se le volviese a escapar. Pensó en Miriam Wu y en su madre.

Lisbeth se mordió el labio inferior. Tenía que entrar en la casa, aunque fuese la peor de las alternativas. También podría llamar a la puerta y disparar a quien abriera para ir, de inmediato, a por el otro cabrón. Esa opción significaría que éste estaría en alerta y que tendría tiempo de coger un arma. «Análisis de consecuencias. ¿Qué alternativas había?»

De repente, distinguió el perfil de Niederma

«Los dos están en la habitación a la izquierda de la entrada.»

Lisbeth se decidió. Sacó la pistola del bolsillo de la cazadora, le quitó el seguro y, en silencio, subió hasta el porche. Sostenía el arma con la mano izquierda mientras, con la otra, bajaba la manivela de la puerta con suma lentitud. No estaba cerrada con llave. Frunció el ceño y dudó. La puerta disponía de dobles cerraduras de seguridad.

Zalachenko no habría dejado la puerta sin echarle el cerrojo. Se le puso la carne de gallina. Algo no cuadraba.

La entrada estaba a oscuras. A la derecha vio una escalera que subía hasta la planta superior. Tenía dos puertas de frente y una a la izquierda por cuya rendija superior se filtraba una luz. Se quedó quieta escuchando. Luego oyó una voz y el ruido de una silla arrastrándose en la habitación de la izquierda.

Dio dos rápidas zancadas, abrió de un tirón y dirigió el arma contra… la habitación estaba vacía.

Escuchó un crujir de ropa tras de sí y se volvió como un reptil. En el mismo instante en que intentó levantar la pistola para disparar, una de las enormes manos de Niederma

Pataleó unos segundos con los pies en el aire. Luego se volvió y dirigió una patada a la entrepierna de Niederma

«Mierda.»

Luego, Ronald Niederma

Ella también sintió cómo el fuerte latigazo eléctrico atravesaba el brazo con el que Niederma

Niederma

En ese momento, ella intuyó un movimiento en una puerta del fondo de la estancia. Volvió la cabeza.

Lentamente, él avanzó hacia la luz.

Se ayudaba de un bastón; Lisbeth vio la prótesis que le asomaba por la pernera.

Su mano izquierda era un muñón atrofiado al que le faltaban un par de dedos.

Alzó la mirada y contempló su cara. La mitad izquierda era un patchwork de cicatrices dejadas por las quemaduras. No tenía cejas y su oreja no era más que un resto de cartílago. Estaba calvo. Lo recordaba como un hombre atlético y viril, de pelo moreno rizado. Medía un metro sesenta y cinco y estaba demacrado.

– Hola, papá -dijo Lisbeth con un tono inexpresivo.

Alexander Zalachenko observó a su hija con la misma expresión ausente.

Ronald Niederma

La mirada de Lisbeth se centró en la pantalla del televisor que quedaba tras él. Zalachenko pulsó un botón y, al instante, reconoció en la imagen verdosa la zona situada tras el establo y el trozo del camino que accedía a la casa. Una cámara de rayos infrarrojos. Sabían que venía.

– Había empezado a creer que no te ibas a atrever a salir -dijo Zalachenko-. Te llevamos vigilando desde las cuatro. Has activado casi todas las alarmas de alrededor de la casa.

– Detectores de movimiento -constató Lisbeth.

– Dos en el camino de acceso y cuatro al otro lado del prado. Instalaste tu punto de observación justo en el sitio donde habíamos puesto la alarma. Las mejores vistas de la granja se tienen desde allí. Por lo general, los que se suelen acercar son alces o ciervos (a veces, alguna persona buscando bayas), pero no es muy frecuente que alguien aparezca moviéndose con sigilo y un arma en la mano.

Guardó silencio durante un momento.

– ¿Realmente creías que Zalachenko iba a estar completamente desprotegido en una pequeña casa en el campo?

Lisbeth se masajeó el cuello e hizo amago de levantarse.

– Quédate en el suelo -dijo Zalachenko con severidad.

Nieder ma

Zalachenko estiró la mano derecha, la que le quedaba sana. Niederma

– Es sólo para que no se te ocurra hacer ninguna tontería. En el mismo instante en que intentes levantarte, te dispararé a bocajarro.

Lisbeth se relajó. Le daría tiempo a meterle dos balas, tal vez tres, antes de que ella pudiera alcanzarlo, y lo más seguro es que empleara una munición que le haría desangrarse en un par de minutos.

– ¡Joder, qué pinta tienes! -comentó Zalachenko, señalando el aro de la ceja de Lisbeth-. Pareces una puta.

Lisbeth le clavó la mirada.

– Aunque has sacado mis ojos -dijo él.

– ¿Te duele? -le preguntó ella, señalando la prótesis con un movimiento de cabeza.

Zalachenko la contempló un largo rato.

– No. Ya no.

Lisbeth asintió con la cabeza.

– Tienes muchas ganas de matarme -dijo él.

Ella no le contestó. De repente, él se rió.

– Me he acordado mucho de ti durante todos estos años. Prácticamente cada vez que me miraba al espejo.

– Deberías haber dejado en paz a mi madre.

Zalachenko se rió.

– Tu madre era una puta.

Los ojos de Lisbeth brillaron negros como el azabache.

– No era una puta. Trabajaba de cajera en un supermercado para intentar llegar a fin de mes.

Zalachenko se volvió a reír.

– Móntate las películas que quieras. Yo sé que era una puta. Le faltó tiempo para quedarse preñada e intentar que me casara con ella. Como si yo me casara con putas.

Lisbeth no dijo nada. Miró la punta de la pistola con la esperanza de que él desviara la atención un instante.

– La bomba incendiaria fue una idea muy astuta. Te odié. Pero luego no le di más importancia. No merecía la pena malgastar energías contigo. Si hubieses dejado las cosas como estaban, yo no habría movido un dedo.

– Y una mierda. Bjurman te contrató para matarme.

– Eso no tiene nada que ver. Se trataba de un simple acuerdo comercial, él necesitaba una película que tú tenías y yo llevo un pequeño negocio.

– Y pensaste que yo te daría la película.